Para los navajos (o diné, como se llaman a sí mismos estos indígenas americanos), los primeros pobladores del mundo fueron el pueblo insecto. En su mito de la creación, unos seres como insectos son los protagonistas de la emergencia hacia la Tierra actual, descendiendo de ellos todos los demás pueblos. Esta historia inspiró a un grupo de paleoentomólogos para ponerle nombre a un ser que salió del agua para vivir en la tierra hace unos 324 millones de año. Lo han llamado Chosa praecursor. La primera palabra identifica el género y viene de ch′osh, el término en navajo para referirse a los insectos. La segunda se refiere a la especie y, en latín, quiere decir predecesor o pionero.
La ‘Chosa praecursor‘ ayuda a escribir la historia de los primeros animales que salieron del agua hasta convertirse en los más abundantes del planeta
Para los navajos (o diné, como se llaman a sí mismos estos indígenas americanos), los primeros pobladores del mundo fueron el pueblo insecto. En su mito de la creación, unos seres como insectos son los protagonistas de la emergencia hacia la Tierra actual, descendiendo de ellos todos los demás pueblos. Esta historia inspiró a un grupo de paleoentomólogos para ponerle nombre a un ser que salió del agua para vivir en la tierra hace unos 324 millones de año. Lo han llamado Chosa praecursor. La primera palabra identifica el género y viene de ch′osh, el término en navajo para referirse a los insectos. La segunda se refiere a la especie y, en latín, quiere decir predecesor o pionero.
“Chosha no fue el primer insecto que pisó la Tierra”, aclara Erik Tihelka, paleobiólogo de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) y primer autor del estudio en detalle de este ser, publicado en Nature. En un principio, durante millones y millones de años, solo hubo vida compleja en el agua. Habrá que esperar a hace unos 405 millones de años para que algunos hexápodos (seis patas) se aventuraran en la superficie terrestre. “Ya lucen completamente terrestres: poseen extremidades prensiles y un intestino lleno de material vegetal terrestre y esporas de hongos”, añade Tihelka. La datación genética apunta a que divergieron de sus antepasados, los crustáceos marinos, varias decenas de millones de años antes. “Chosha vivió hace unos 324 millones de años. Llegó más tarde a esta historia por 80 millones de años o más”, completa.
Pero esta especie de protogamba (ver recreación abajo) es especial: “Aún conservaba el conjunto completo de herramientas ancestrales: patas articuladas y funcionales que recorrían su vientre, en nueve de sus once segmentos”, cuenta Tihelka. Ningún insecto vivo posee algo similar. “Esas patas son las mismas extremidades que un camarón usa como aletas para nadar. Los insectos vivos las han reducido a muñones inútiles, las han fusionado en un resorte de salto o las han perdido por completo”, añade el investigador. Su relevancia, por tanto, no está tanto en su antigüedad, “sino en ser nuestra mejor ventana para comprender la transición [hacia la vida terrestre]”. Todo apunta a que C. praecursor era un animal anfibio que no estaría aún totalmente adaptado a la tierra.
“En el proceso por el que los animales colonizaron la tierra han podido haber diversos intentos en el pasado, pero fructíferos han sido poquísimos”, recuerda el investigador de la Universidad de Barcelona y coautor del estudio, Jesús Lozano. Uno de esos casos de éxito fue el de los primeros tetrápodos terrestres, de los que provienen todos los vertebrados posteriores, humanos incluidos. “Lo interesante que tienen los artrópodos es que, como mínimo, tres de sus grupos: arácnidos (arañas, escorpiones,…), miriápodos (cienpiés y milpies) y hexápodos (que incluye a los insectos) han colonizado el medio terrestre de manera independiente», añade Lozano, especializado en paleobiología de invertebrados y el proceso de terrestrialización de estos animales. “El registro fósil indica que lo hicieron los primeros”, completa el investigador.
Como recuerda Lozano, “hace ya unos 30 años que se estableció que los hexápodos no son más que un linaje, increíblemente exitoso, de crustáceos que colonizaron la tierra”. Pero entre el primero, el de hace unos 405 millones de años, y los tiempos de C. praecursor pasan otros 80 millones que los expertos llaman el vacío de los insectos. Todo indica que deberían estar ahí, pero el registro fósil aún los esconde. “Nuestra opinión es que es un artefacto del registro fósil; creemos que tal vez hubo pocas posibilidades de preservación de ecosistemas terrestres durante esa época”, opina el científico español. Por eso reunieron y reanalizaron los ejemplares hallados (no más de cinco) de ese periodo, de los que se tiene aún muy poca información, para intentar llenar el vacío.
“El papel del fósil principal que mostramos, Chosa praecursor, es que acortamos ligeramente ese vacío de los hexápodos por un millón de años (no obstante, sigue quedando uno de muchísimos más años)”, destaca Lozano. Pero, para él, como para Tihelka, lo relevante es que demuestran que C. praecursor es un hexápodo y no un crustáceo, “concretamente un insecto, que posee tanto características específicas de insectos, como división del tórax o tipo de antenas, y de crustáceo, como son extremidades en el abdomen, que potencialmente se utilizaban para nadar”. Según creen, tenía vida terrestre y podía hacer incursiones en medio acuático. “Es posible que durante la evolución haya habido muchos experimentos fallidos de transición agua-tierra, y pocos hayan resultado exitosos”, termina.
Poco después de que aquel ser medio insecto, medio gamba, viviera en las cercanías de algún lago o poza de lo que hoy es el oeste de Texas, se produjo la definitiva explosión de los insectos, apareciendo por cientos en los estratos fósiles inmediatamente posteriores. De aquel tiempo son los primeros insectos alados. Hoy, con un millón de especies descritas y quizá veinte veces más por descubrir, es el mayor grupo de animales que hay, siendo también los que mayor biomasa suponen. Lo llamativo es que, habiendo surgido del mar, solo haya cinco especies marinas de entre tanto millón.
“Todas pertenecen a un único género, Halobates, conocido en inglés como patinadores marinos. Son parientes cercanos de los patinadores de estanque que se ven en cualquier estanque de España”, cuenta Tihelka, el primer autor. “Son animales extraordinarios. Viven permanentemente en la capa superficial del océano abierto, a cientos de kilómetros de tierra firme, sin tocarla jamás, completando allí todo su ciclo vital”, añade.
Como detalla Tihelka, estos seres diminutos tienen mucho que ver con las ballenas: “Abandonaron el mar, pasaron 400 millones de años teniendo un éxito espectacular en tierra y en agua dulce, y luego un pequeño grupo regresó. La familia de los patinadores marinos tiene solo unos 55 millones de años, así que este regreso ocurrió muy recientemente en términos de insectos. Las ballenas comenzaron a regresar al agua hace unos 50 millones de años. Los dos viajes son esencialmente contemporáneos”. Pero hay una gran diferencia, que destaca el científico: “Las ballenas se adentraron completamente. Los patinadores marinos solo llegaron hasta la superficie. Caminan sobre el mar; nunca entran en él”.
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