Valérie Perrin estaba sentada sobre las tumbas de sus suegros (está casada con el cineasta francés Claude Lelouch) cuando tuvo una especie de epifanía. La escritora pensó: «¿Y si vivir cerca de los difuntos fuera también estar cerca de la vida? Y los que se quedan, ¿no sienten más la vida en los cementerios? Al fin y al cabo, en ellos hay mucho amor». Ese fue el germen de ‘Cambiar el agua de las flores’ (Duomo), la novela que la consagró internacionalmente y que ha vendido 4 millones de ejemplares en todo el mundo.El libro sigue a Violette Toussaint, guardiana del cementerio de un pueblo de Borgoña. Parece el último lugar al que uno quiera ir a trabajar y a vivir cuando está pasando un duelo, pero Perrin va desvelando a lo largo de sus páginas que, tras esa decisión sorprendente, se esconde un gran relato sobre la humanidad y la magia en lo cotidiano . La historia captó la atención de Jean-Pierre Jeunet, director de ‘Amélie ‘, que estrenará su adaptación cinematográfica a finales de año. «La verdad es que no me sorprendió porque los dos tenemos un universo bastante común, sobre todo respecto a la poesía», precisa a ABC la escritora, que ve como, gracias al anuncio, ‘Cambiar el agua de las flores’ tiene una segunda vida editorial en Francia y en España.Noticia relacionada general No No En perspectiva La desaparición del cadáver Piedad BonnettComo Jeunet, la autora piensa que es importante que haya poesía y esa idea recorre su obra. «Ya tenemos la televisión, que nos da siempre noticias horrorosas. Quiero aportar esperanza. Al acabar un libro, quiero que haya ganas de continuar. La poesía es luz, es música, es arte, es belleza. La belleza está en todas partes si sabemos mirar ».Incluso en la muerte, sobre la que Perrin pone el foco. «Los jóvenes tienen otra relación con ella. Antes se iba a adornar las tumbas el Día de Todos los Santos . Sigue ocurriendo en ciudades y pueblos pequeños, pero mucho menos en las grandes urbes, donde ha habido un éxodo precisamente de las nuevas generaciones. Aunque los cementerios siguen estando allí, hoy están menos presentes en la vida cotidiana», explica.Violette se enfrenta a la muerte a diario, pero es en el cementerio donde se siente más viva que nunca, donde encuentra sentido y, al fin, la familia que nunca tuvo. La paradoja se vuelve circular en su huerto. «Existe una especie de renacimiento permanente en el hecho de cuidar la tierra, de hacer que vuelva a crecer y también de mantener lo que ya ha crecido. Y creo que eso es muy importante para las personas que han perdido a alguien», afirma la escritora.«Jamás habría podido imaginar que esta novela iba a recorrer todos los continentes«Violette sabe dónde está la tumba de cada uno, recuerda cómo fue su entierro (incluso lleva un registro de los discursos) y quién va a visitarle (los amantes no van los fines de semana, ni a primera ni a última hora). No se sobresalta ante los secretos y nada le parece extraño, por mucho que lo sea. «Cuando uno va al cementerio a visitar a sus seres queridos y ve un pájaro o un gato, tiene la sensación de que está recibiendo señales . La manera de vivir de Violette, su forma de estar siempre en el presente, nos muestra que hay que estar abierto a verlas y entenderlas», señala.Para escribir sus libros, Perrin se nutre de su imaginación y de las muchas personas que entrevista. En ‘Cambiar el agua de las flores’, encontró a una muy especial. Norbert Jolivet, recientemente fallecido, que fue sepulturero más de tres décadas en Gueugnon, donde la escritora creció, y que no asistía a entierros de niños porque siempre encontraba a un sustituto. Lo trasplantó literal y literariamente como mejor amigo de Violette. «Soy muy permeable a los acontecimientos exteriores y, si quiero muchísimo a alguien así en la vida, no hay razón para que no aparezca en mi novela. Fue un flechazo afectivo. Me dije: ‘Estará en mi novela; será el homenaje más hermoso que pueda rendirle. Permanecerá allí para siempre’».Tras esa aparente calma, Violette está marcada por la pérdida y la tragedia. Como en todos sus libros, la autora introduce una trama detectivesca en la que el lector queda atrapado. Lo que no esperaba es que fueran tantos. «Jamás habría podido imaginar que esta novela iba a recorrer todos los continentes. Ni en un cuento de hadas te atreves a fabular tanto sobre el destino de una novela. ‘Cambiar el agua de las flores’ ha tenido un destino extraordinario y aún no ha terminado». Valérie Perrin estaba sentada sobre las tumbas de sus suegros (está casada con el cineasta francés Claude Lelouch) cuando tuvo una especie de epifanía. La escritora pensó: «¿Y si vivir cerca de los difuntos fuera también estar cerca de la vida? Y los que se quedan, ¿no sienten más la vida en los cementerios? Al fin y al cabo, en ellos hay mucho amor». Ese fue el germen de ‘Cambiar el agua de las flores’ (Duomo), la novela que la consagró internacionalmente y que ha vendido 4 millones de ejemplares en todo el mundo.El libro sigue a Violette Toussaint, guardiana del cementerio de un pueblo de Borgoña. Parece el último lugar al que uno quiera ir a trabajar y a vivir cuando está pasando un duelo, pero Perrin va desvelando a lo largo de sus páginas que, tras esa decisión sorprendente, se esconde un gran relato sobre la humanidad y la magia en lo cotidiano . La historia captó la atención de Jean-Pierre Jeunet, director de ‘Amélie ‘, que estrenará su adaptación cinematográfica a finales de año. «La verdad es que no me sorprendió porque los dos tenemos un universo bastante común, sobre todo respecto a la poesía», precisa a ABC la escritora, que ve como, gracias al anuncio, ‘Cambiar el agua de las flores’ tiene una segunda vida editorial en Francia y en España.Noticia relacionada general No No En perspectiva La desaparición del cadáver Piedad BonnettComo Jeunet, la autora piensa que es importante que haya poesía y esa idea recorre su obra. «Ya tenemos la televisión, que nos da siempre noticias horrorosas. Quiero aportar esperanza. Al acabar un libro, quiero que haya ganas de continuar. La poesía es luz, es música, es arte, es belleza. La belleza está en todas partes si sabemos mirar ».Incluso en la muerte, sobre la que Perrin pone el foco. «Los jóvenes tienen otra relación con ella. Antes se iba a adornar las tumbas el Día de Todos los Santos . Sigue ocurriendo en ciudades y pueblos pequeños, pero mucho menos en las grandes urbes, donde ha habido un éxodo precisamente de las nuevas generaciones. Aunque los cementerios siguen estando allí, hoy están menos presentes en la vida cotidiana», explica.Violette se enfrenta a la muerte a diario, pero es en el cementerio donde se siente más viva que nunca, donde encuentra sentido y, al fin, la familia que nunca tuvo. La paradoja se vuelve circular en su huerto. «Existe una especie de renacimiento permanente en el hecho de cuidar la tierra, de hacer que vuelva a crecer y también de mantener lo que ya ha crecido. Y creo que eso es muy importante para las personas que han perdido a alguien», afirma la escritora.«Jamás habría podido imaginar que esta novela iba a recorrer todos los continentes«Violette sabe dónde está la tumba de cada uno, recuerda cómo fue su entierro (incluso lleva un registro de los discursos) y quién va a visitarle (los amantes no van los fines de semana, ni a primera ni a última hora). No se sobresalta ante los secretos y nada le parece extraño, por mucho que lo sea. «Cuando uno va al cementerio a visitar a sus seres queridos y ve un pájaro o un gato, tiene la sensación de que está recibiendo señales . La manera de vivir de Violette, su forma de estar siempre en el presente, nos muestra que hay que estar abierto a verlas y entenderlas», señala.Para escribir sus libros, Perrin se nutre de su imaginación y de las muchas personas que entrevista. En ‘Cambiar el agua de las flores’, encontró a una muy especial. Norbert Jolivet, recientemente fallecido, que fue sepulturero más de tres décadas en Gueugnon, donde la escritora creció, y que no asistía a entierros de niños porque siempre encontraba a un sustituto. Lo trasplantó literal y literariamente como mejor amigo de Violette. «Soy muy permeable a los acontecimientos exteriores y, si quiero muchísimo a alguien así en la vida, no hay razón para que no aparezca en mi novela. Fue un flechazo afectivo. Me dije: ‘Estará en mi novela; será el homenaje más hermoso que pueda rendirle. Permanecerá allí para siempre’».Tras esa aparente calma, Violette está marcada por la pérdida y la tragedia. Como en todos sus libros, la autora introduce una trama detectivesca en la que el lector queda atrapado. Lo que no esperaba es que fueran tantos. «Jamás habría podido imaginar que esta novela iba a recorrer todos los continentes. Ni en un cuento de hadas te atreves a fabular tanto sobre el destino de una novela. ‘Cambiar el agua de las flores’ ha tenido un destino extraordinario y aún no ha terminado».
Valérie Perrin estaba sentada sobre las tumbas de sus suegros (está casada con el cineasta francés Claude Lelouch) cuando tuvo una especie de epifanía. La escritora pensó: «¿Y si vivir cerca de los difuntos fuera también estar cerca de la vida? Y los que … se quedan, ¿no sienten más la vida en los cementerios? Al fin y al cabo, en ellos hay mucho amor». Ese fue el germen de ‘Cambiarás el agua de las flores’ (Duomo), la novela que la consagró internacionalmente y que ha vendido 4 millones de ejemplares en todo el mundo.
El libro sigue a Violette Toussaint, guardiana del cementerio de un pueblo de Borgoña. Parece el último lugar al que uno quiera ir a trabajar y a vivir cuando está pasando un duelo, pero Perrin va desvelando a lo largo de sus páginas que, tras esa decisión sorprendente, se esconde un gran relato sobre la humanidad y la magia en lo cotidiano.
La historia captó la atención de Jean-Pierre Jeunet, director de ‘Amélie‘, que estrenará su adaptación cinematográfica a finales de año. «La verdad es que no me sorprendió porque los dos tenemos un universo bastante común, sobre todo respecto a la poesía», precisa a ABC la escritora, que ve como, gracias al anuncio, ‘Cambiarás el agua de las flores’ tiene una segunda vida editorial en Francia y en España.
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Como Jeunet, la autora piensa que es importante que haya poesía y esa idea recorre su obra. «Ya tenemos la televisión, que nos da siempre noticias horrorosas. Quiero aportar esperanza. Al acabar un libro, quiero que haya ganas de continuar. La poesía es luz, es música, es arte, es belleza. La belleza está en todas partes si sabemos mirar».
Incluso en la muerte, sobre la que Perrin pone el foco. «Los jóvenes tienen otra relación con ella. Antes se iba a adornar las tumbas el Día de Todos los Santos. Sigue ocurriendo en ciudades y pueblos pequeños, pero mucho menos en las grandes urbes, donde ha habido un éxodo precisamente de las nuevas generaciones. Aunque los cementerios siguen estando allí, hoy están menos presentes en la vida cotidiana», explica.
Violette se enfrenta a la muerte a diario, pero es en el cementerio donde se siente más viva que nunca, donde encuentra sentido y, al fin, la familia que nunca tuvo. La paradoja se vuelve circular en su huerto. «Existe una especie de renacimiento permanente en el hecho de cuidar la tierra, de hacer que vuelva a crecer y también de mantener lo que ya ha crecido. Y creo que eso es muy importante para las personas que han perdido a alguien», afirma la escritora.
«Jamás habría podido imaginar que esta novela iba a recorrer todos los continentes«
Violette sabe dónde está la tumba de cada uno, recuerda cómo fue su entierro (incluso lleva un registro de los discursos) y quién va a visitarle (los amantes no van los fines de semana, ni a primera ni a última hora). No se sobresalta ante los secretos y nada le parece extraño, por mucho que lo sea. «Cuando uno va al cementerio a visitar a sus seres queridos y ve un pájaro o un gato, tiene la sensación de que está recibiendo señales. La manera de vivir de Violette, su forma de estar siempre en el presente, nos muestra que hay que estar abierto a verlas y entenderlas», señala.
Para escribir sus libros, Perrin se nutre de su imaginación y de las muchas personas que entrevista. En ‘Cambiarás el agua de las flores’, encontró a una muy especial. Norbert Jolivet, recientemente fallecido, que fue sepulturero más de tres décadas en Gueugnon, donde la escritora creció, y que no asistía a entierros de niños porque siempre encontraba a un sustituto. Lo trasplantó literal y literariamente como mejor amigo de Violette. «Soy muy permeable a los acontecimientos exteriores y, si quiero muchísimo a alguien así en la vida, no hay razón para que no aparezca en mi novela. Fue un flechazo afectivo. Me dije: ‘Estará en mi novela; será el homenaje más hermoso que pueda rendirle. Permanecerá allí para siempre’».
Tras esa aparente calma, Violette está marcada por la pérdida y la tragedia. Como en todos sus libros, la autora introduce una trama detectivesca en la que el lector queda atrapado. Lo que no esperaba es que fueran tantos. «Jamás habría podido imaginar que esta novela iba a recorrer todos los continentes. Ni en un cuento de hadas te atreves a fabular tanto sobre el destino de una novela. ‘Cambiar el agua de las flores’ ha tenido un destino extraordinario y aún no ha terminado».
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