
Una simple chispa abre las puertas del infierno en Ávila. La cerilla la enciende el choque entre el martillo picador de una máquina pesada contra las rocas de las montañas de Burgohondo. Así comenzó el incendio más grande de la historia de España, liquidando unas 50.000 hectáreas en el sur abulense con un perímetro de unos 180 kilómetros y unos 50 de punta a punta, más de 100 en coche, entre los vértices de la superficie afectada. Dentro de esas fronteras, el horror: devastación medioambiental, socioeconómica, material y emocional. Mismo miedo, mismo humo, misma impotencia del miércoles 22 al martes 28 de julio. Las llamas han ennegrecido parajes de alto valor ecológico y embargado los pulmones de bomberos y voluntarios desfondados. EL PAÍS ha seguido al fuego mientras este desafiaba pueblos o consumía bosques con una misma tónica: medio rural abandonado, brigadistas precarios, desorganización y el trasfondo del cambio climático.




Las llamas arrasan el sur abulense tras iniciarse en Burgohondo y abrasar unas 50.000 hectáreas en cinco días
Una simple chispa abre las puertas del infierno en Ávila. La cerilla la enciende el choque entre el martillo picador de una máquina pesada contra las rocas de las montañas de Burgohondo. Así comenzó el incendio más grande de la historia de España, liquidando unas 50.000 hectáreas en el sur abulense con un perímetro de unos 180 kilómetros y unos 50 de punta a punta, más de 100 en coche, entre los vértices de la superficie afectada. Dentro de esas fronteras, el horror: devastación medioambiental, socioeconómica, material y emocional. Mismo miedo, mismo humo, misma impotencia del miércoles 22 al martes 28 de julio. Las llamas han ennegrecido parajes de alto valor ecológico y embargado los pulmones de bomberos y voluntarios desfondados. EL PAÍS ha seguido al fuego mientras este desafiaba pueblos o consumía bosques con una misma tónica: medio rural abandonado, brigadistas precarios, desorganización y el trasfondo del cambio climático.
Miércoles 22: el chispazo

Calor, mucho calor. Como el día antes, como la semana antes, como el día después, como la semana después. La Junta de Castilla y León (PP) prohíbe actividades de riesgo de incendio en parajes sensibles, desde barbacoas a trabajos mecánicos. Quizá el operario, contratado por una cooperativa de ganaderos, se creyó impune o infravaloró el peligro. Erró. El mecherazo accidental prendió en la vegetación desértica. El caballo de fuego galopó rumbo al noreste y sureste, espoleado por el viento, para engullir el festín de árboles y matorrales sin escudo hídrico.
El frente se desboca. Un bombero cita una columna “negra, negra, negra”, con un creciente frente anaranjado. Allí acudió una unidad de El Barco de Ávila pero no el turno de tarde, indignado días después uno de sus miembros por pasar la tarde jugando al bádminton: “Había empezado el incendio más grande de la historia de España, la patrulla de mañana lo pasó putas, casi con atrapamientos, y a nosotros nos dejaron en la base, que me lo expliquen”. “El operativo es una farsa, pierden una millonada”, despacha. Otros compañeros se refugiaron bajo su vehículo, gravemente dañado, porque les enganchaba el fuego. La Guardia Civil arrestó al infractor pero nadie pudo detener el fruto incandescente de su irresponsabilidad
Jueves 23: buitres negros en el Valle de Iruelas

El volcán de fuego se desparrama casi en paralelo al río Alberche, un estrecho capilar rumbo a un mar interior: el embalse del Burguillo. Al incendio le da igual el pantano, es más, encuentra en los pinos alrededor copas por donde volar, quemando aquello a sus pies, donde las ramas caídas, el matorral seco y la desatención humana engordan su poder. El agua no lo limita: el fuego adquiere tácticas bélicas y envía emisarios del mal. Las pavesas y las cenizas levitan y salvan la presa; las piñas ejercen de bombas de racimo y anticipan el tormento del Valle de Iruelas. De esta joya medioambiental destacaban los buitres negros, de breve enhorabuena ante la masiva carnaza de corzos a la parrilla y sobre la que planearán durante días pero comprometidos a futuro: sus nidos y sus crías también arden.
La velocidad del flanco se aprecia en el camping Valle de Iruelas, flameado con soplete. Las hojas, algunas aún verdosas, corroboran ese ritmo; abajo solo quedan esqueletos de enseres o de casas prefabricadas. Varios campamentos juveniles huyeron sin dudar a Cebreros. Allí, el viernes, la monitora de prácticas Ainhoa de Abajo, de 19 años, expresará su impotencia: “Vimos el humo y nos pusimos pim-pam, pim-pam. Había algún niño llorando, es normal. Yo tenía un 20% de batería y le decía a mi madre ‘Hola, sigo viva”. Las llamas llegaron, al anochecer, a El Tiemblo (4.500 habitantes), a 20 kilómetros en línea recta. Sus vecinos fueron evacuados a Cebreros (3.500). Durmieron en un pabellón mientras algunas de sus casas se quemaban.
Viernes 24: pueblos fantasma, pueblos tensos

Pandemia de fuego. Mascarillas, calles vacías, guardias civiles, carreteras cortadas. Muchos pueblos de Ávila han quedado o evacuados, váyanse de aquí porque vienen el fuego y/o el humo, o confinados, no salgan de sus localidades. Moverse en coche supone incrustarse en convoyes de bomberos de toda procedencia geográfica o institucional. Un filtro gris se extiende por una extensión ingente y emana de El Tiemblo, a la que se accede regateando los controles policiales y esquivando a los corzos muertos.
Un padre y su hija se van en una furgoneta con El Fari en el retrovisor. “Se ha perdido todo… propiedades, descampados, a uno se le ha quemado un quad, yo me quedé en una finca para sacar un dumper”, recita el hombre, quien nunca creyó en semejante catástrofe “y menos aún que entrara en el pueblo”. “En 1995 ardió todo eso pero no bajó”, señala vagamente las cimas. Otros dos señores se mueven en una C-15, furgoneta rural oficial, tras el tenso jueves noche. Ahora queda evaluar daños siempre que estos no vayan a más, como un flanco que ronda Cebreros, detenido entre bomberos y voluntarios que emiten en directo en TikTok y replican bulos de estos días: “Nos quieren quemar” o “No dejan cuidar el monte”.
El polideportivo de Cebreros es un hormiguero. Imposible identificar frases con la gente corriendo y un helicóptero cargando agua en la piscina. Los nietos de José María Páez y Mercedes Martín, de 83 y 82 años, juegan con el móvil. “Hijo, no es la primera vez, en 2003 hubo uno enorme”, musita el abuelo. El enjambre grita. “¿Cómo va en Valdesanmartín?”. “¿Y la Mónica y Claudio?”. “¡Coged cuatro cosas imprescindibles!”. “Ya me he tomado las pastillas de la ansiedad, voy medio drogada”. Un Guardia Civil: “¡Los de Madrid, idos de vuelta!”. Una chica de Protección Civil llora porque su padre es bombero voluntario y no sabe de él. Luego llora de alivio al ubicarlo. De noche, o ronquidos o insomnes.
Sábado 25: el pirocúmulo

Carolina Lorenzo, de 30 años, arruga la nariz cuando se agacha a hacer fotos. Los ciervos muertos, abrasados, huelen a ciervo muerto, abrasado. Sus vientres se han hinchado y alguno reventado. “Oposito a jueza y fiscal y me he venido al Tiemblo a por paz”, afirma con ironía tras el paso de la guerra. “Es una chaladura…”, resume tras las llamaradas, tiznando hasta las pintadas por el ‘Chava’ Jiménez, héroe del pueblo sobre dos ruedas gracias a puertos sinuosos, elevadísimos, reptilianos, como el de Mijares. El coche sube a 40 kilómetros por hora, y gracias, y por la ventanilla se ve una colosal nube de humo formándose al otro lado del pico. Calma tensa. Mejor verlo que no verlo y que aparezca de repente. Abajo, en Mijares, cielo azul, toman cañas, ingenuos. En unas horas huirán. Hay unos kilómetros en la nacional 501, eje de evacuaciones estos días.
De nuevo el horizonte naranja, gris en Casavieja (1.500), frenéticos los bomberos y los vecinos, a quienes se les cae literalmente el cielo encima: el pirocúmulo se ha desplomado. Un incendio de sexta generación como este puede alterar las condiciones meteorológicas y que el hongo de humo se precipite cual bomba y dispare ascuas en vientos erráticos. Las pavesas zurcen al y la nube nociva hará escocer la garganta y los ojos durante días, también a los bomberos cuyas gafas servidas por la Junta no encajan bien con el casco. “¡Presión, porfa, que ya viene!”, brama un manguerista tras tenderle una emboscada al foco: riegan el entorno y lo dirigen hacia un punto más manejable: “¡Quedaos en una zona segura, en el cemento no se va a meter!”.
Domingo 26: ventana de oportunidad y cubas en el monte

El horno baja un par de grados, de día y de noche, brindando cierto optimismo contra la bestia. Los bomberos lo llaman “ventana de oportunidad” porque “el último tren” suena demasiado duro: sería terrible desperdiciar estos días favorables, con menos viento, con otra ola de calor en ciernes. La humareda sigue intensa en el eje de Ávila con Madrid, donde sus incendios coinciden, ya debilitados. Mejor, porque por allí ha volcado un buldócer y hay un batallón de la Unidad Militar de Emergencias intentando izarla.
Saltan algunos mecherazos en las pocas masas aún lastre estos días. Un señor que observa a medio camino con dos perrillos se resigna: “Otra vez igual”. Una carroceta de bomberos se combina con chavales del pueblo. “¡Javi, para atrás!”, exclaman cuando la lengua se aproxima. “¡Derry, vamos, Derry!”, exhortan cuando las llamas trepan varios metros a los pinos, muchos de ellos móvil en mano. Su objetivo, salvar el famoso castañar, con árboles centenarios, el orgullo del pueblo. Lo consiguen.
Lunes 27: ovejas antiincendios

Las dos Navaluengas. En una hay una explanada abarrotada de coches de periodistas, carpas con comida, camiones del puesto de mando y políticos con cara muy seria escuchar a los jefes del operativo. En otra hay encerrados unas cuantas ovejas, cabras y caballos. Un ganadero para el coche de los periodistas, modo autostop, porque se le han olvidado las llaves de la cancilla. Suba, suba. Gonzalo Muñoz, de 44 años, explica en el trayecto que ya no queda ganado sino turismo o segundas residencias: “Las últimas vacas, ovejas y yeguas son las mías”.
El hombre, agotado, lleva paja hacia su terreno, perfectamente esquilmado por los rumiantes, bomberos sin manguera a tiempo completo. “¡Donde han estado las ovejas no ha entrado el fuego, se lo digo a todo el mundo para que se entere!”, insiste, recordando cuando antes “estaba la sierra limpia, había 5.000 cabras, y ahora quedan las 350 mías y 90 vacas”. Merma notable en el asalvajado bosque, lleno de combustible para el fuego. Ávila ha perdido la normalidad y en un chalet de Calas del Burguillo solo se libra una piscina con una cebra dibujada, blanca y negra como su entorno. Extraña surcar pueblos con carteles en sábanas pintadas con “Kintos 26” o celebrando una boda previa al fuego.
Martes 28: rebrotes y amenazas

16.27. Un humillo asoma en un hueco de Piedralaves donde el fuego aún no ha actuado. Suspiro en el puesto de Protección Civil. Habrá que ir pese al agotamiento. Suben unos bomberos de León y vecinos, unos llevando una cuba que va perdiendo agua en una camioneta. La comitiva llega a un rebrote arriba de un merendero, cerca de un cartel de la Junta prometiendo inversiones para “mejorar la resiliencia contra el fuego”. Resiliencia la suya: se tapan la boca como pueden y el escuadrón del azadón levanta el terreno para ahogar el avance del fuego. Uno presume de arma: “Es la batidora de quitar mierda de las gallinas”. “¡Que abras la lanza!”, “¡El objetivo es que no toque las copas y vuelva a volar!”, gritan, para activar la manguera ante una lengua desbocada.
El azote del calor, del humo, del viento, los ojos llorosos, la garganta raspada, los rostros tiznados, la adrenalina y la impotencia retrotraen a los inicios de la crisis, con focos como este a mansalva. Ahora quedan los últimos y toca ir replegando recursos. La nube venenosa queda atrás, pero sigue expandiéndose en un radio de cientos de kilómetros, una amenaza olfativa y visual avisando de que quienes lo ven o huelen desde lejos pueden ser los siguientes. Queda mucho verano. Al día siguiente, más incendios en Zamora y León. Vuelve la espiral.
