Al tirarme al agua desde la escaleras de la pasarela de Jondal me di cuenta de que me cayeron las gafas. Enseguida se confundieron entre las rocas. Mi hija y el Padre Litus volvieron a la mesa y yo me quedé solo, mirando, y entre las rocas una chica muy blanca y delgada y sus piernas parecían los muslitos de codorniz de Ferran Adrià para Semon. Mientras me preguntó el nombre y de dónde era pasó su mano por mi espalda quemada y cuando le pregunté lo mismo respondió: « Barcelona is very nice, I’m only from Paris» «. Y en ese «only from Paris» vi su entrega sumisa, como si pudiera doblegar para mí su hermosa y gran ciudad y ésta fuera su prueba de su amor. Me miró y su mirada me devolvió al carcamal que soy, la espalda quemada, las gafas perdidas, cliente de un súper restaurante. ‘Sugar daddy’. No era una buscona, de verdad que no lo era. Tenía la mirada como cuando las planchadoras tienden la colada a secar en las casas que tienen campos de lavanda. Se puso a buscar mis gafas cerca de dónde yo las buscaba, rozando su cuerpo con el mío pero sin que fuera obvio que lo hacía. Ella debía tener diecinueve años, tal vez veinte, pero no sé si era más alta o más baja que yo porque todo el rato se agachaba para continuar buscando; y lo poco que me dijo fue agachada y muy cerca, y entonces se iba incorporando al ritmo de la frase y las última palabras me la decía casi al oído.Sin gafas sólo la veía a ella y cuando miraba hacia la mesa de mi familia veía borroso. Entonces pensé en los hombres que en esta misma playa habrán dejado de buscar sus gafas para vivir ni que sea un tiempo con sus ojos de cerca, tan cerca de una chica muy hermosa que te mira con tanta dulzura que hasta te podría hacer creer que lo que ves borroso es porque no existió nunca «y sólo somos tú y yo». Yo también di por perdidas la gafas, pero por todo lo contrario, y cuando de vuelta en mi mesa expliqué lo que me había pasado, mi mujer buscó en su bolso y encontró sus gafas de buceo -un poco absurdo llevarlas a Jondal, pensé- y volví a la pasarela, y «only Paris» todavía estaba, y se alegró al verme, y mientras me estiré en el agua para buscar mejor, ella acarició mi espalda como si fuera la de un lenguado adiestrado. Me costó, pero entre dos roquitas recuperé mis Oliver Peoples verde tortuga, progresivas y fotocromáticas, me senté en la escalera y le dije a la chica – que había celebrado con saltitos y abracitos el tesoro recuperado – que muchas gracias por la ayuda y la compañía, y que me iba con mis amigos y mi familia.En la ducha, me quité la sal, y también la sal de las gafas de buceo de mi mujer, que tan bien me habían funcionado. Mientras lo hacía pensé en lo ridículas que tantas veces me parecen sus precauciones, y en la burla que mi hija y yo hacemos del exagerado equipaje con que siempre carga aunque sólo dure una noche el viaje. Pensé en estas gafas y en tantos momentos en que yo me pongo triste o me bloqueo, y ella sin hacer alardes ni presumir, sabe tomar las riendas y llevarme de nuevo al estado de ánimo que necesito para ser de nuevo yo, mientras ella al fondo parece que no hace nada.Sobre Only Paris vi que se juntaba con los de la mesa de un jugador del Barça. Muchas chicas revoloteando a su alrededor, dándole conversación, también a sus amigos. Algunas no tenían sitio y se quedaron de pie. Enseguida la casa puso remedio a la situación, y uno de los camareros me dijo, muy bajito, para que sólo yo lo oyera: « Con el Barça siempre es lo mismo, hay más fulanas que sillas ». Al tirarme al agua desde la escaleras de la pasarela de Jondal me di cuenta de que me cayeron las gafas. Enseguida se confundieron entre las rocas. Mi hija y el Padre Litus volvieron a la mesa y yo me quedé solo, mirando, y entre las rocas una chica muy blanca y delgada y sus piernas parecían los muslitos de codorniz de Ferran Adrià para Semon. Mientras me preguntó el nombre y de dónde era pasó su mano por mi espalda quemada y cuando le pregunté lo mismo respondió: « Barcelona is very nice, I’m only from Paris» «. Y en ese «only from Paris» vi su entrega sumisa, como si pudiera doblegar para mí su hermosa y gran ciudad y ésta fuera su prueba de su amor. Me miró y su mirada me devolvió al carcamal que soy, la espalda quemada, las gafas perdidas, cliente de un súper restaurante. ‘Sugar daddy’. No era una buscona, de verdad que no lo era. Tenía la mirada como cuando las planchadoras tienden la colada a secar en las casas que tienen campos de lavanda. Se puso a buscar mis gafas cerca de dónde yo las buscaba, rozando su cuerpo con el mío pero sin que fuera obvio que lo hacía. Ella debía tener diecinueve años, tal vez veinte, pero no sé si era más alta o más baja que yo porque todo el rato se agachaba para continuar buscando; y lo poco que me dijo fue agachada y muy cerca, y entonces se iba incorporando al ritmo de la frase y las última palabras me la decía casi al oído.Sin gafas sólo la veía a ella y cuando miraba hacia la mesa de mi familia veía borroso. Entonces pensé en los hombres que en esta misma playa habrán dejado de buscar sus gafas para vivir ni que sea un tiempo con sus ojos de cerca, tan cerca de una chica muy hermosa que te mira con tanta dulzura que hasta te podría hacer creer que lo que ves borroso es porque no existió nunca «y sólo somos tú y yo». Yo también di por perdidas la gafas, pero por todo lo contrario, y cuando de vuelta en mi mesa expliqué lo que me había pasado, mi mujer buscó en su bolso y encontró sus gafas de buceo -un poco absurdo llevarlas a Jondal, pensé- y volví a la pasarela, y «only Paris» todavía estaba, y se alegró al verme, y mientras me estiré en el agua para buscar mejor, ella acarició mi espalda como si fuera la de un lenguado adiestrado. Me costó, pero entre dos roquitas recuperé mis Oliver Peoples verde tortuga, progresivas y fotocromáticas, me senté en la escalera y le dije a la chica – que había celebrado con saltitos y abracitos el tesoro recuperado – que muchas gracias por la ayuda y la compañía, y que me iba con mis amigos y mi familia.En la ducha, me quité la sal, y también la sal de las gafas de buceo de mi mujer, que tan bien me habían funcionado. Mientras lo hacía pensé en lo ridículas que tantas veces me parecen sus precauciones, y en la burla que mi hija y yo hacemos del exagerado equipaje con que siempre carga aunque sólo dure una noche el viaje. Pensé en estas gafas y en tantos momentos en que yo me pongo triste o me bloqueo, y ella sin hacer alardes ni presumir, sabe tomar las riendas y llevarme de nuevo al estado de ánimo que necesito para ser de nuevo yo, mientras ella al fondo parece que no hace nada.Sobre Only Paris vi que se juntaba con los de la mesa de un jugador del Barça. Muchas chicas revoloteando a su alrededor, dándole conversación, también a sus amigos. Algunas no tenían sitio y se quedaron de pie. Enseguida la casa puso remedio a la situación, y uno de los camareros me dijo, muy bajito, para que sólo yo lo oyera: « Con el Barça siempre es lo mismo, hay más fulanas que sillas ».
Al tirarme al agua desde la escaleras de la pasarela de Jondal me di cuenta de que me cayeron las gafas. Enseguida se confundieron entre las rocas. Mi hija y el Padre Litus volvieron a la mesa y yo me quedé solo, mirando, y entre … las rocas una chica muy blanca y delgada y sus piernas parecían los muslitos de codorniz de Ferran Adrià para Semon. Mientras me preguntó el nombre y de dónde era pasó su mano por mi espalda quemada y cuando le pregunté lo mismo respondió: «Barcelona is very nice, I’m only from Paris»«. Y en ese «only from Paris» vi su entrega sumisa, como si pudiera doblegar para mí su hermosa y gran ciudad y ésta fuera su prueba de su amor.
Me miró y su mirada me devolvió al carcamal que soy, la espalda quemada, las gafas perdidas, cliente de un súper restaurante. ‘Sugar daddy’. No era una buscona, de verdad que no lo era. Tenía la mirada como cuando las planchadoras tienden la colada a secar en las casas que tienen campos de lavanda. Se puso a buscar mis gafas cerca de dónde yo las buscaba, rozando su cuerpo con el mío pero sin que fuera obvio que lo hacía. Ella debía tener diecinueve años, tal vez veinte, pero no sé si era más alta o más baja que yo porque todo el rato se agachaba para continuar buscando; y lo poco que me dijo fue agachada y muy cerca, y entonces se iba incorporando al ritmo de la frase y las última palabras me la decía casi al oído.
Sin gafas sólo la veía a ella y cuando miraba hacia la mesa de mi familia veía borroso. Entonces pensé en los hombres que en esta misma playa habrán dejado de buscar sus gafas para vivir ni que sea un tiempo con sus ojos de cerca, tan cerca de una chica muy hermosa que te mira con tanta dulzura que hasta te podría hacer creer que lo que ves borroso es porque no existió nunca «y sólo somos tú y yo».
Yo también di por perdidas la gafas, pero por todo lo contrario, y cuando de vuelta en mi mesa expliqué lo que me había pasado, mi mujer buscó en su bolso y encontró sus gafas de buceo -un poco absurdo llevarlas a Jondal, pensé- y volví a la pasarela, y «only Paris» todavía estaba, y se alegró al verme, y mientras me estiré en el agua para buscar mejor, ella acarició mi espalda como si fuera la de un lenguado adiestrado. Me costó, pero entre dos roquitas recuperé mis Oliver Peoples verde tortuga, progresivas y fotocromáticas, me senté en la escalera y le dije a la chica –que había celebrado con saltitos y abracitos el tesoro recuperado– que muchas gracias por la ayuda y la compañía, y que me iba con mis amigos y mi familia.
En la ducha, me quité la sal, y también la sal de las gafas de buceo de mi mujer, que tan bien me habían funcionado. Mientras lo hacía pensé en lo ridículas que tantas veces me parecen sus precauciones, y en la burla que mi hija y yo hacemos del exagerado equipaje con que siempre carga aunque sólo dure una noche el viaje. Pensé en estas gafas y en tantos momentos en que yo me pongo triste o me bloqueo, y ella sin hacer alardes ni presumir, sabe tomar las riendas y llevarme de nuevo al estado de ánimo que necesito para ser de nuevo yo, mientras ella al fondo parece que no hace nada.
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Preslava Boneva
Sobre Only Paris vi que se juntaba con los de la mesa de un jugador del Barça. Muchas chicas revoloteando a su alrededor, dándole conversación, también a sus amigos. Algunas no tenían sitio y se quedaron de pie. Enseguida la casa puso remedio a la situación, y uno de los camareros me dijo, muy bajito, para que sólo yo lo oyera: «Con el Barça siempre es lo mismo, hay más fulanas que sillas».
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