«Vengan, vengan a visitar esta casa», decía Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867; Menton, 1928). Contenedor de multitudes, aún con ganas de picotear en la política, autor de culebrones, primer ‘best seller’ español, conquistador de Hollywood, editor populista; en los últimos años de su vida había encontrado cierta tranquilidad en una casa paradisiaca en Menton, Francia, a un pasito de Italia. «Menton es el lugar más poético de la Costa Azul . Las personas que suelen frecuentar sitios como Niza o Montecarlo tal vez lo encuentren algo triste y mortecino, pero los artistas y escritores hallarán aquí el rincón que andan buscando». Con lo que ganó por la venta de derechos cinematográficos de novelas como ‘Sangre en la arena’ o ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’, el escritor valenciano compró en 1922 la carísima residencia de Fontana Rosa . Allí pasaba Blasco Ibáñez las mañanas, de 6 a 11: «Hora en la que salgo a dar mi único paseo del día». Trabajaba por la tarde, pero si esperaba alguna visita deseada, suspendía «con el mayor gusto» lo que tuviera que hacer. «Si viene usted en tren, no baje en la estación de Menton –indicaba–. Siga adelante hasta llegar a la estación siguiente, Menton-Garavan, que es la última de Francia y está junto a la frontera de Italia. Así tendrá usted que marchar muy poco, pues Fontana Rosa está junto a la estación Menton-Garavan. Sus andenes llegan a los límites de mi jardín».Convirtió Fontana Rosa, hoy declarado monumento nacional francés, en un santuario literario. Hacía muchos años se había dedicado a editar clásicos para todos los bolsillos –«yo voy a dar de leer a los españoles»–, y decidió coronar el portón de entrada con los retratos de Cervantes, Balzac y Dickens. El jardín –un jardín de «árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y peces»– lo decoró con bustos de Zola, Flaubert, Dostoievski, Víctor Hugo, Pushkin, Balzac y Cervantes, que ocupa el lugar de honor entre azulejos que narran las aventuras de Don Quijote.Agitador socialA Blasco Ibáñez le gustaba sentarse a leer en el jardín, en bancos de piedra decorados con cinco rosas, símbolo de la logia masónica a la que pertenecía. Antimilitarista, anticlerical, antimonárquico, fue siempre un agitador. Encontró en los periódicos un trampolín para la política, como los tertulianos de ahora. Él fue a las Cortes para decir las verdades. Entusiasta republicano, en la catarsis del 98 fue diputado durante siete legislaturas. Y aún desde su retiro en Menton conspiró para regresar a España como presidente de la República, pero él siempre fue más un personaje que un político intrigante. De la política se desengañó más de una vez; de la novela, nunca, escribe Francisco Caudet. Cultivó el folletín y la novela social, y fue leído como pocos. Había aprendido el lenguaje del pueblo y lo volcó en sus obras. Escribía deprisa, en tres meses tenía hecho el libro. No sé inventar, decía, a mí no se me ocurre nada con una página en blanco. Yo sé fotografiar. Frente a los Baroja, Azorín y Unamuno incapaces de encontrar lectores, Blasco Ibáñez sí lo hizo. A borbotones. Esto le valió la etiqueta de escritor superficial, facilón. «Fórmulas viejas de relleno», decía Baroja, «retórica altisonante».Le colgaron la etiqueta de escritor superficial, facilón. «Fórmulas viejas de relleno», decía Baroja, «retórica altisonante»Siempre fue un ‘best seller’, pero en sus últimos años lo fue aún más. «Mis novelas se venden más que hace tres años, y no juzgo prudente decir por qué. Hace tres años, su tiraje inicial era de 34.000 ejemplares; ahora es de 40.000. Me refiero a mis novelas en lengua española. Y debo decir que, según mis cálculos, una cuarta parte o algo más queda en España, y el resto se difunde por toda la América española, y también por los Estados Unidos, donde tengo numerosos lectores que saben español y no aguardan a que las novelas se publiquen en inglés», dijo poco antes de morir. Su salto a Hollywood fue su última conquista. Tras un fracaso empresarial en Argentina, arruinado, encontró en el cine su nueva arcadia. Para alguien acostumbrado a conectar con el pueblo, no le fue difícil entender que la industria del cine era el lugar que debía habitar. Con ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’ llegó a la cima. En seis meses había vendido 300.000 ejemplares. Ya solo escribía que fueran fácilmente adaptables a la pantalla grande; en esto también fue un precursor. En Fontana Rosa instaló una sala de cine y una filmoteca personal. Su biblioteca alcanzó los 10.000 volúmenes. Solo se han podido recuperar unos 3.000, que se conservan en la biblioteca municipal de Menton.Interior de Fontana Rosa ABCA los yanquis les dio lo que querían de él, escándalos incluidos. Cuando lo entrevistaban, contaba que se había batido en duelo varias veces, que había estado en la cárcel. Le gustaba montar polémicas, como cuando dijo que los americanos no eran tan libres como creían y que, en el hogar, la mujer dominaba al hombre. Blasco Ibáñez compartió su estancia en Fontana Rosa con su segunda mujer, Elena Ortúzar, nieta del presidente de Chile. Allí murió, en una habitación de la villa, cuando faltaban unas horas para cumplir 61 años. «Algo sobrenatural anima cuanto me rodea, como si durante la noche se hubiesen trastornado los ritmos y los valores de la vida. El jardín me habla». «Vengan, vengan a visitar esta casa», decía Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867; Menton, 1928). Contenedor de multitudes, aún con ganas de picotear en la política, autor de culebrones, primer ‘best seller’ español, conquistador de Hollywood, editor populista; en los últimos años de su vida había encontrado cierta tranquilidad en una casa paradisiaca en Menton, Francia, a un pasito de Italia. «Menton es el lugar más poético de la Costa Azul . Las personas que suelen frecuentar sitios como Niza o Montecarlo tal vez lo encuentren algo triste y mortecino, pero los artistas y escritores hallarán aquí el rincón que andan buscando». Con lo que ganó por la venta de derechos cinematográficos de novelas como ‘Sangre en la arena’ o ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’, el escritor valenciano compró en 1922 la carísima residencia de Fontana Rosa . Allí pasaba Blasco Ibáñez las mañanas, de 6 a 11: «Hora en la que salgo a dar mi único paseo del día». Trabajaba por la tarde, pero si esperaba alguna visita deseada, suspendía «con el mayor gusto» lo que tuviera que hacer. «Si viene usted en tren, no baje en la estación de Menton –indicaba–. Siga adelante hasta llegar a la estación siguiente, Menton-Garavan, que es la última de Francia y está junto a la frontera de Italia. Así tendrá usted que marchar muy poco, pues Fontana Rosa está junto a la estación Menton-Garavan. Sus andenes llegan a los límites de mi jardín».Convirtió Fontana Rosa, hoy declarado monumento nacional francés, en un santuario literario. Hacía muchos años se había dedicado a editar clásicos para todos los bolsillos –«yo voy a dar de leer a los españoles»–, y decidió coronar el portón de entrada con los retratos de Cervantes, Balzac y Dickens. El jardín –un jardín de «árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y peces»– lo decoró con bustos de Zola, Flaubert, Dostoievski, Víctor Hugo, Pushkin, Balzac y Cervantes, que ocupa el lugar de honor entre azulejos que narran las aventuras de Don Quijote.Agitador socialA Blasco Ibáñez le gustaba sentarse a leer en el jardín, en bancos de piedra decorados con cinco rosas, símbolo de la logia masónica a la que pertenecía. Antimilitarista, anticlerical, antimonárquico, fue siempre un agitador. Encontró en los periódicos un trampolín para la política, como los tertulianos de ahora. Él fue a las Cortes para decir las verdades. Entusiasta republicano, en la catarsis del 98 fue diputado durante siete legislaturas. Y aún desde su retiro en Menton conspiró para regresar a España como presidente de la República, pero él siempre fue más un personaje que un político intrigante. De la política se desengañó más de una vez; de la novela, nunca, escribe Francisco Caudet. Cultivó el folletín y la novela social, y fue leído como pocos. Había aprendido el lenguaje del pueblo y lo volcó en sus obras. Escribía deprisa, en tres meses tenía hecho el libro. No sé inventar, decía, a mí no se me ocurre nada con una página en blanco. Yo sé fotografiar. Frente a los Baroja, Azorín y Unamuno incapaces de encontrar lectores, Blasco Ibáñez sí lo hizo. A borbotones. Esto le valió la etiqueta de escritor superficial, facilón. «Fórmulas viejas de relleno», decía Baroja, «retórica altisonante».Le colgaron la etiqueta de escritor superficial, facilón. «Fórmulas viejas de relleno», decía Baroja, «retórica altisonante»Siempre fue un ‘best seller’, pero en sus últimos años lo fue aún más. «Mis novelas se venden más que hace tres años, y no juzgo prudente decir por qué. Hace tres años, su tiraje inicial era de 34.000 ejemplares; ahora es de 40.000. Me refiero a mis novelas en lengua española. Y debo decir que, según mis cálculos, una cuarta parte o algo más queda en España, y el resto se difunde por toda la América española, y también por los Estados Unidos, donde tengo numerosos lectores que saben español y no aguardan a que las novelas se publiquen en inglés», dijo poco antes de morir. Su salto a Hollywood fue su última conquista. Tras un fracaso empresarial en Argentina, arruinado, encontró en el cine su nueva arcadia. Para alguien acostumbrado a conectar con el pueblo, no le fue difícil entender que la industria del cine era el lugar que debía habitar. Con ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’ llegó a la cima. En seis meses había vendido 300.000 ejemplares. Ya solo escribía que fueran fácilmente adaptables a la pantalla grande; en esto también fue un precursor. En Fontana Rosa instaló una sala de cine y una filmoteca personal. Su biblioteca alcanzó los 10.000 volúmenes. Solo se han podido recuperar unos 3.000, que se conservan en la biblioteca municipal de Menton.Interior de Fontana Rosa ABCA los yanquis les dio lo que querían de él, escándalos incluidos. Cuando lo entrevistaban, contaba que se había batido en duelo varias veces, que había estado en la cárcel. Le gustaba montar polémicas, como cuando dijo que los americanos no eran tan libres como creían y que, en el hogar, la mujer dominaba al hombre. Blasco Ibáñez compartió su estancia en Fontana Rosa con su segunda mujer, Elena Ortúzar, nieta del presidente de Chile. Allí murió, en una habitación de la villa, cuando faltaban unas horas para cumplir 61 años. «Algo sobrenatural anima cuanto me rodea, como si durante la noche se hubiesen trastornado los ritmos y los valores de la vida. El jardín me habla».
«Vengan, vengan a visitar esta casa», decía Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867; Menton, 1928). Contenedor de multitudes, aún con ganas de picotear en la política, autor de culebrones, primer ‘best seller’ español, conquistador de Hollywood, editor populista; en los últimos años de su … vida había encontrado cierta tranquilidad en una casa paradisiaca en Menton, Francia, a un pasito de Italia. «Menton es el lugar más poético de la Costa Azul. Las personas que suelen frecuentar sitios como Niza o Montecarlo tal vez lo encuentren algo triste y mortecino, pero los artistas y escritores hallarán aquí el rincón que andan buscando».
Con lo que ganó por la venta de derechos cinematográficos de novelas como ‘Sangre en la arena’ o ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’, el escritor valenciano compró en 1922 la carísima residencia de Fontana Rosa. Allí pasaba Blasco Ibáñez las mañanas, de 6 a 11: «Hora en la que salgo a dar mi único paseo del día». Trabajaba por la tarde, pero si esperaba alguna visita deseada, suspendía «con el mayor gusto» lo que tuviera que hacer.
«Si viene usted en tren, no baje en la estación de Menton –indicaba–. Siga adelante hasta llegar a la estación siguiente, Menton-Garavan, que es la última de Francia y está junto a la frontera de Italia. Así tendrá usted que marchar muy poco, pues Fontana Rosa está junto a la estación Menton-Garavan. Sus andenes llegan a los límites de mi jardín».
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Fátima Uribarri
Convirtió Fontana Rosa, hoy declarado monumento nacional francés, en un santuario literario. Hacía muchos años se había dedicado a editar clásicos para todos los bolsillos –«yo voy a dar de leer a los españoles»–, y decidió coronar el portón de entrada con los retratos de Cervantes, Balzac y Dickens. El jardín –un jardín de «árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y peces»– lo decoró con bustos de Zola, Flaubert, Dostoievski, Víctor Hugo, Pushkin, Balzac y Cervantes, que ocupa el lugar de honor entre azulejos que narran las aventuras de Don Quijote.
Agitador social
A Blasco Ibáñez le gustaba sentarse a leer en el jardín, en bancos de piedra decorados con cinco rosas, símbolo de la logia masónica a la que pertenecía. Antimilitarista, anticlerical, antimonárquico, fue siempre un agitador. Encontró en los periódicos un trampolín para la política, como los tertulianos de ahora. Él fue a las Cortes para decir las verdades. Entusiasta republicano, en la catarsis del 98 fue diputado durante siete legislaturas. Y aún desde su retiro en Menton conspiró para regresar a España como presidente de la República, pero él siempre fue más un personaje que un político intrigante.
De la política se desengañó más de una vez; de la novela, nunca, escribe Francisco Caudet. Cultivó el folletín y la novela social, y fue leído como pocos. Había aprendido el lenguaje del pueblo y lo volcó en sus obras. Escribía deprisa, en tres meses tenía hecho el libro. No sé inventar, decía, a mí no se me ocurre nada con una página en blanco. Yo sé fotografiar. Frente a los Baroja, Azorín y Unamuno incapaces de encontrar lectores, Blasco Ibáñez sí lo hizo. A borbotones. Esto le valió la etiqueta de escritor superficial, facilón. «Fórmulas viejas de relleno», decía Baroja, «retórica altisonante».
Le colgaron la etiqueta de escritor superficial, facilón. «Fórmulas viejas de relleno», decía Baroja, «retórica altisonante»
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Siempre fue un ‘best seller’, pero en sus últimos años lo fue aún más. «Mis novelas se venden más que hace tres años, y no juzgo prudente decir por qué. Hace tres años, su tiraje inicial era de 34.000 ejemplares; ahora es de 40.000. Me refiero a mis novelas en lengua española. Y debo decir que, según mis cálculos, una cuarta parte o algo más queda en España, y el resto se difunde por toda la América española, y también por los Estados Unidos, donde tengo numerosos lectores que saben español y no aguardan a que las novelas se publiquen en inglés», dijo poco antes de morir.
Su salto a Hollywood fue su última conquista. Tras un fracaso empresarial en Argentina, arruinado, encontró en el cine su nueva arcadia. Para alguien acostumbrado a conectar con el pueblo, no le fue difícil entender que la industria del cine era el lugar que debía habitar. Con ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’ llegó a la cima. En seis meses había vendido 300.000 ejemplares. Ya solo escribía que fueran fácilmente adaptables a la pantalla grande; en esto también fue un precursor. En Fontana Rosa instaló una sala de cine y una filmoteca personal. Su biblioteca alcanzó los 10.000 volúmenes. Solo se han podido recuperar unos 3.000, que se conservan en la biblioteca municipal de Menton.
(ABC)
A los yanquis les dio lo que querían de él, escándalos incluidos. Cuando lo entrevistaban, contaba que se había batido en duelo varias veces, que había estado en la cárcel. Le gustaba montar polémicas, como cuando dijo que los americanos no eran tan libres como creían y que, en el hogar, la mujer dominaba al hombre. Blasco Ibáñez compartió su estancia en Fontana Rosa con su segunda mujer, Elena Ortúzar, nieta del presidente de Chile. Allí murió, en una habitación de la villa, cuando faltaban unas horas para cumplir 61 años. «Algo sobrenatural anima cuanto me rodea, como si durante la noche se hubiesen trastornado los ritmos y los valores de la vida. El jardín me habla».
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