La semana pasada la Bolsa española volvía a batir los máximos históricos -y van unas cuantas veces en los últimos meses- y, quizá, la reflexión más pertinente sea tratar de entender por qué la mayoría de los inversores españoles se están perdiendo esta fiesta. Hasta ahora, la respuesta habitual cuando se plantea la oportunidad que hay en la Bolsa española es negar con la cabeza y repetir con tono sombrío «con la que está cayendo». Y es verdad que la cosa política esta revuelta, pero no más que en muchos sitios por ahí fuera. Sin embargo, aquí, las variables que marcan el devenir de la Bolsa, lo que en el argot se conoce como fundamentales, no pueden ser mejores. La economía va bien y mucho mejor que en el resto de los países que de forma un poco pomposa se califican como de nuestro entorno. Los resultados empresariales también están registrando el mejor comportamiento en mucho tiempo. Y las valoraciones son atractivas tanto en absoluto como, desde luego, en relativo. No se puede pedir más. Bueno, sí, que, como sucede, la exposición a Bolsa española sea baja. Y no es que sea baja, es que es bajísima, y más entre los inversores españoles. Pero todo esto, y pese a lo alto que está el volumen de la actualidad política, es sabido. A estas alturas y tras varios años de buen comportamiento, solo los muy enriscados no admiten lo que ven a diario con sus ojos. El problema ahora ha dejado de ser que no nos creamos que las cosas por aquí van bien y van a seguir yendo de la misma manera y que, por lo tanto, una buena forma de jugarlo es con acciones españolas. El problema, probablemente, es que después de lo que ha subido nos cuesta subirnos al carro: víctimas de nuestras emociones preferimos no hacer nada.Noticia relacionada opinion No No La vivienda y los salarios deslucen las cifras macro Yolanda GómezEsta situación la definen los expertos del comportamiento como sesgo del ‘statu quo’: mejor continuar como estamos. La falsa sensación de seguridad nos conduce a la inacción. Y en el caso de la Bolsa española el muro de las excusas por el lado de la política es enorme para seguir dejándonos llevar por la inercia. El ‘status quo’ rara vez se mantiene por ser la mejor opción, sino porque cambiar tiene costes. El coste de no cambiar resulta difuso y se reparte, mientras que el de cambiar es inmediato y concentrado. Por eso muchos que viven la realidad española a diario permanecen bloqueados aunque en su foro interno reconocen que es una decisión ineficiente. Y eso les pasa a ustedes y también con mucha probabilidad a sus asesores. Desde aquí solo queda animarles a que dejen a un lado los prejuicios, saquen la cabeza de la centrifugadora de nuestras miserias locales, alcen la mirada y no sigan dejando pasar esta gran oportunidad que representa ahora la Bolsa española. Decirles otra cosa en mi caso, y a riesgo de que luego me señalen, sería una negligencia. Un inversor español hoy no se puede permitir perderse la fiesta de la Bolsa española.La Fed sorprendeLa primera reunión de la Reserva Federal (Fed) presidida por Kevin Warsh, nuevo presidente a propuesta de Trump, ha traído unas cuantas sorpresas. La primera y más notable es que en contra de lo que podía parecer y en una muestra de clara independencia, lejos de bajar los tipos de referencia como muchos esperaban, ha dado señales de que el próximo movimiento podría ser al alza. Este inesperado cambio de tranco ha cogido a los mercados con el pie cambiado y ha tenido su reflejo en los distintos mercados y claramente en el de divisas, en el que el dólar se ha apreciado contra todas las otras monedas. Tras la última reunión se espera una subida de un cuarto de punto porcentual en la próxima reunión del mes de octubre. Este cambio de mensaje, aunque inesperado, ha sido bien recibido por los mercados. La credibilidad es el mayor activo de un banquero central. Y la independencia frente al Ejecutivo resulta fundamental y más en este caso con un máximo responsable tan bocazas. Otra sorpresa, aunque esta de menor calado, han sido los cambios que se han producido en la comunicación. El tamaño de los mensajes se ha reducido considerablemente y se han suprimido las guías sobre la opinión de los distintos miembros de la Fed sobre los futuros movimientos de tipos. Volvemos a los tiempos en los que en lo tocante con la política monetaria, menos es más. Su máximo exponente fue probablemente Greenspan, quien en una actuación memorable respondió a un periodista tras una de las reuniones que le tocó presidir: «Si usted me ha entendido es que yo no me he explicado bien». Lo que subyace detrás de esta forma de hacer las cosas es que la mejor forma de no defraudar a los mercados es no generar ningún tipo de expectativas. Este planteamiento, como todos, tiene sus ventajas a e inconvenientes. La menor previsibilidad de la política monetaria probablemente se traduzca en mayor volatilidad en los mercados. Pero también, y esta es probablemente la mayor ventaja, evita que los responsables de los bancos centrales sean rehenes de su pasado. El tiempo dirá cómo de audaz o no ha sido este cambio pero de momento podemos felicitarnos que de saque el flamante presidente de la Reserva Federal ha dado con la puerta en la cara a Donald Trump a la primera de cambio.Los muy cafeterosLa semana pasada estuvo por Madrid una de las grandes defensoras de la oportunidad de inversión en la inteligencia artificial (IA), Cathie Woods. Para Woods, la IA representa una de las mayores oportunidades de inversión actuales, sustentada en tres fuerzas clave: la rápida reducción de costes, el crecimiento explosivo de la demanda y las limitaciones estructurales de oferta en infraestructura.En primer lugar, los costes de inferencia —es decir, el uso práctico de los modelos— están cayendo de forma acelerada, incluso más rápido que en etapas anteriores. Innovaciones recientes han demostrado que es posible ofrecer capacidades avanzadas de IA a una fracción del coste previamente asumido, lo que facilita su adopción masiva y abre nuevos modelos de negocio. Este descenso de costes coincide con un aumento muy significativo del uso. El volumen de procesamiento (‘tokens’) está creciendo exponencialmente, reflejando la expansión de aplicaciones reales tanto en empresas como en consumidores.En paralelo, se está desarrollando el mayor ciclo de inversión en infraestructura tecnológica de la historia. El gasto en centros de datos crece a tasas superiores al 50% anual en algunos periodos, impulsado por la necesidad de capacidad para entrenar y ejecutar modelos de IA. Sin embargo, la oferta de cómputo no logra seguir el ritmo, generando un entorno de escasez estructural que podría prolongarse varios años.Desde el punto de vista de valoración, aunque el mercado presenta signos de entusiasmo, los niveles actuales son más moderados que los observados durante la burbuja tecnológica del año 2000. Las grandes compañías tecnológicas cotizan a múltiplos elevados, pero respaldados por beneficios reales, a diferencia de muchas empresas del ciclo ‘dot-com’, lo que sugiere una base más sólida. En el ámbito de hardware, el ecosistema se está diversificando. Aunque Nvidia sigue siendo dominante, están ganando terreno soluciones alternativas como los chips personalizados, que ofrecen ventajas relevantes en costes y eficiencia. El potencial en consumo es especialmente relevante. La IA podría generar un mercado de cientos de miles de millones de dólares hacia 2030, impulsado por aplicaciones en publicidad, comercio electrónico -especialmente con agentes autónomos- y modelos de suscripción. Además, la adopción está siendo extraordinariamente rápida, superando el ritmo de tecnologías anteriores como internet. Plataformas con cientos de millones de usuarios evidencian que la IA ya es una herramienta de uso masivo.Por último, el entorno competitivo evoluciona rápidamente, con nuevos actores y avances que aumentan la presión en precios y aceleran la innovación, aunque los principales líderes mantienen ventaja en distribución y producto. En conjunto, la IA no parece una simple burbuja, sino una transformación estructural con capacidad de redefinir la economía digital en los próximos años. Lógicamente como en toda revolución habrá ganadores y algunos (muchos) que se queden por el camino. La dificultad está en distinguir los unos de los otros. La semana pasada la Bolsa española volvía a batir los máximos históricos -y van unas cuantas veces en los últimos meses- y, quizá, la reflexión más pertinente sea tratar de entender por qué la mayoría de los inversores españoles se están perdiendo esta fiesta. Hasta ahora, la respuesta habitual cuando se plantea la oportunidad que hay en la Bolsa española es negar con la cabeza y repetir con tono sombrío «con la que está cayendo». Y es verdad que la cosa política esta revuelta, pero no más que en muchos sitios por ahí fuera. Sin embargo, aquí, las variables que marcan el devenir de la Bolsa, lo que en el argot se conoce como fundamentales, no pueden ser mejores. La economía va bien y mucho mejor que en el resto de los países que de forma un poco pomposa se califican como de nuestro entorno. Los resultados empresariales también están registrando el mejor comportamiento en mucho tiempo. Y las valoraciones son atractivas tanto en absoluto como, desde luego, en relativo. No se puede pedir más. Bueno, sí, que, como sucede, la exposición a Bolsa española sea baja. Y no es que sea baja, es que es bajísima, y más entre los inversores españoles. Pero todo esto, y pese a lo alto que está el volumen de la actualidad política, es sabido. A estas alturas y tras varios años de buen comportamiento, solo los muy enriscados no admiten lo que ven a diario con sus ojos. El problema ahora ha dejado de ser que no nos creamos que las cosas por aquí van bien y van a seguir yendo de la misma manera y que, por lo tanto, una buena forma de jugarlo es con acciones españolas. El problema, probablemente, es que después de lo que ha subido nos cuesta subirnos al carro: víctimas de nuestras emociones preferimos no hacer nada.Noticia relacionada opinion No No La vivienda y los salarios deslucen las cifras macro Yolanda GómezEsta situación la definen los expertos del comportamiento como sesgo del ‘statu quo’: mejor continuar como estamos. La falsa sensación de seguridad nos conduce a la inacción. Y en el caso de la Bolsa española el muro de las excusas por el lado de la política es enorme para seguir dejándonos llevar por la inercia. El ‘status quo’ rara vez se mantiene por ser la mejor opción, sino porque cambiar tiene costes. El coste de no cambiar resulta difuso y se reparte, mientras que el de cambiar es inmediato y concentrado. Por eso muchos que viven la realidad española a diario permanecen bloqueados aunque en su foro interno reconocen que es una decisión ineficiente. Y eso les pasa a ustedes y también con mucha probabilidad a sus asesores. Desde aquí solo queda animarles a que dejen a un lado los prejuicios, saquen la cabeza de la centrifugadora de nuestras miserias locales, alcen la mirada y no sigan dejando pasar esta gran oportunidad que representa ahora la Bolsa española. Decirles otra cosa en mi caso, y a riesgo de que luego me señalen, sería una negligencia. Un inversor español hoy no se puede permitir perderse la fiesta de la Bolsa española.La Fed sorprendeLa primera reunión de la Reserva Federal (Fed) presidida por Kevin Warsh, nuevo presidente a propuesta de Trump, ha traído unas cuantas sorpresas. La primera y más notable es que en contra de lo que podía parecer y en una muestra de clara independencia, lejos de bajar los tipos de referencia como muchos esperaban, ha dado señales de que el próximo movimiento podría ser al alza. Este inesperado cambio de tranco ha cogido a los mercados con el pie cambiado y ha tenido su reflejo en los distintos mercados y claramente en el de divisas, en el que el dólar se ha apreciado contra todas las otras monedas. Tras la última reunión se espera una subida de un cuarto de punto porcentual en la próxima reunión del mes de octubre. Este cambio de mensaje, aunque inesperado, ha sido bien recibido por los mercados. La credibilidad es el mayor activo de un banquero central. Y la independencia frente al Ejecutivo resulta fundamental y más en este caso con un máximo responsable tan bocazas. Otra sorpresa, aunque esta de menor calado, han sido los cambios que se han producido en la comunicación. El tamaño de los mensajes se ha reducido considerablemente y se han suprimido las guías sobre la opinión de los distintos miembros de la Fed sobre los futuros movimientos de tipos. Volvemos a los tiempos en los que en lo tocante con la política monetaria, menos es más. Su máximo exponente fue probablemente Greenspan, quien en una actuación memorable respondió a un periodista tras una de las reuniones que le tocó presidir: «Si usted me ha entendido es que yo no me he explicado bien». Lo que subyace detrás de esta forma de hacer las cosas es que la mejor forma de no defraudar a los mercados es no generar ningún tipo de expectativas. Este planteamiento, como todos, tiene sus ventajas a e inconvenientes. La menor previsibilidad de la política monetaria probablemente se traduzca en mayor volatilidad en los mercados. Pero también, y esta es probablemente la mayor ventaja, evita que los responsables de los bancos centrales sean rehenes de su pasado. El tiempo dirá cómo de audaz o no ha sido este cambio pero de momento podemos felicitarnos que de saque el flamante presidente de la Reserva Federal ha dado con la puerta en la cara a Donald Trump a la primera de cambio.Los muy cafeterosLa semana pasada estuvo por Madrid una de las grandes defensoras de la oportunidad de inversión en la inteligencia artificial (IA), Cathie Woods. Para Woods, la IA representa una de las mayores oportunidades de inversión actuales, sustentada en tres fuerzas clave: la rápida reducción de costes, el crecimiento explosivo de la demanda y las limitaciones estructurales de oferta en infraestructura.En primer lugar, los costes de inferencia —es decir, el uso práctico de los modelos— están cayendo de forma acelerada, incluso más rápido que en etapas anteriores. Innovaciones recientes han demostrado que es posible ofrecer capacidades avanzadas de IA a una fracción del coste previamente asumido, lo que facilita su adopción masiva y abre nuevos modelos de negocio. Este descenso de costes coincide con un aumento muy significativo del uso. El volumen de procesamiento (‘tokens’) está creciendo exponencialmente, reflejando la expansión de aplicaciones reales tanto en empresas como en consumidores.En paralelo, se está desarrollando el mayor ciclo de inversión en infraestructura tecnológica de la historia. El gasto en centros de datos crece a tasas superiores al 50% anual en algunos periodos, impulsado por la necesidad de capacidad para entrenar y ejecutar modelos de IA. Sin embargo, la oferta de cómputo no logra seguir el ritmo, generando un entorno de escasez estructural que podría prolongarse varios años.Desde el punto de vista de valoración, aunque el mercado presenta signos de entusiasmo, los niveles actuales son más moderados que los observados durante la burbuja tecnológica del año 2000. Las grandes compañías tecnológicas cotizan a múltiplos elevados, pero respaldados por beneficios reales, a diferencia de muchas empresas del ciclo ‘dot-com’, lo que sugiere una base más sólida. En el ámbito de hardware, el ecosistema se está diversificando. Aunque Nvidia sigue siendo dominante, están ganando terreno soluciones alternativas como los chips personalizados, que ofrecen ventajas relevantes en costes y eficiencia. El potencial en consumo es especialmente relevante. La IA podría generar un mercado de cientos de miles de millones de dólares hacia 2030, impulsado por aplicaciones en publicidad, comercio electrónico -especialmente con agentes autónomos- y modelos de suscripción. Además, la adopción está siendo extraordinariamente rápida, superando el ritmo de tecnologías anteriores como internet. Plataformas con cientos de millones de usuarios evidencian que la IA ya es una herramienta de uso masivo.Por último, el entorno competitivo evoluciona rápidamente, con nuevos actores y avances que aumentan la presión en precios y aceleran la innovación, aunque los principales líderes mantienen ventaja en distribución y producto. En conjunto, la IA no parece una simple burbuja, sino una transformación estructural con capacidad de redefinir la economía digital en los próximos años. Lógicamente como en toda revolución habrá ganadores y algunos (muchos) que se queden por el camino. La dificultad está en distinguir los unos de los otros.
La semana pasada la Bolsa española volvía a batir los máximos históricos -y van unas cuantas veces en los últimos meses- y, quizá, la reflexión más pertinente sea tratar de entender por qué la mayoría de los inversores españoles se están perdiendo esta fiesta.
Hasta … ahora, la respuesta habitual cuando se plantea la oportunidad que hay en la Bolsa española es negar con la cabeza y repetir con tono sombrío «con la que está cayendo». Y es verdad que la cosa política esta revuelta, pero no más que en muchos sitios por ahí fuera. Sin embargo, aquí, las variables que marcan el devenir de la Bolsa, lo que en el argot se conoce como fundamentales, no pueden ser mejores. La economía va bien y mucho mejor que en el resto de los países que de forma un poco pomposa se califican como de nuestro entorno. Los resultados empresariales también están registrando el mejor comportamiento en mucho tiempo. Y las valoraciones son atractivas tanto en absoluto como, desde luego, en relativo. No se puede pedir más. Bueno, sí, que, como sucede, la exposición a Bolsa española sea baja. Y no es que sea baja, es que es bajísima, y más entre los inversores españoles.
Pero todo esto, y pese a lo alto que está el volumen de la actualidad política, es sabido. A estas alturas y tras varios años de buen comportamiento, solo los muy enriscados no admiten lo que ven a diario con sus ojos. El problema ahora ha dejado de ser que no nos creamos que las cosas por aquí van bien y van a seguir yendo de la misma manera y que, por lo tanto, una buena forma de jugarlo es con acciones españolas. El problema, probablemente, es que después de lo que ha subido nos cuesta subirnos al carro: víctimas de nuestras emociones preferimos no hacer nada.
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Esta situación la definen los expertos del comportamiento como sesgo del ‘statu quo’: mejor continuar como estamos. La falsa sensación de seguridad nos conduce a la inacción. Y en el caso de la Bolsa española el muro de las excusas por el lado de la política es enorme para seguir dejándonos llevar por la inercia.
El ‘status quo’ rara vez se mantiene por ser la mejor opción, sino porque cambiar tiene costes. El coste de no cambiar resulta difuso y se reparte, mientras que el de cambiar es inmediato y concentrado. Por eso muchos que viven la realidad española a diario permanecen bloqueados aunque en su foro interno reconocen que es una decisión ineficiente. Y eso les pasa a ustedes y también con mucha probabilidad a sus asesores.
Desde aquí solo queda animarles a que dejen a un lado los prejuicios, saquen la cabeza de la centrifugadora de nuestras miserias locales, alcen la mirada y no sigan dejando pasar esta gran oportunidad que representa ahora la Bolsa española. Decirles otra cosa en mi caso, y a riesgo de que luego me señalen, sería una negligencia. Un inversor español hoy no se puede permitir perderse la fiesta de la Bolsa española.
La Fed sorprende
La primera reunión de la Reserva Federal (Fed) presidida por Kevin Warsh, nuevo presidente a propuesta de Trump, ha traído unas cuantas sorpresas. La primera y más notable es que en contra de lo que podía parecer y en una muestra de clara independencia, lejos de bajar los tipos de referencia como muchos esperaban, ha dado señales de que el próximo movimiento podría ser al alza. Este inesperado cambio de tranco ha cogido a los mercados con el pie cambiado y ha tenido su reflejo en los distintos mercados y claramente en el de divisas, en el que el dólar se ha apreciado contra todas las otras monedas. Tras la última reunión se espera una subida de un cuarto de punto porcentual en la próxima reunión del mes de octubre.
Este cambio de mensaje, aunque inesperado, ha sido bien recibido por los mercados. La credibilidad es el mayor activo de un banquero central. Y la independencia frente al Ejecutivo resulta fundamental y más en este caso con un máximo responsable tan bocazas.
Otra sorpresa, aunque esta de menor calado, han sido los cambios que se han producido en la comunicación. El tamaño de los mensajes se ha reducido considerablemente y se han suprimido las guías sobre la opinión de los distintos miembros de la Fed sobre los futuros movimientos de tipos. Volvemos a los tiempos en los que en lo tocante con la política monetaria, menos es más. Su máximo exponente fue probablemente Greenspan, quien en una actuación memorable respondió a un periodista tras una de las reuniones que le tocó presidir: «Si usted me ha entendido es que yo no me he explicado bien». Lo que subyace detrás de esta forma de hacer las cosas es que la mejor forma de no defraudar a los mercados es no generar ningún tipo de expectativas.
Este planteamiento, como todos, tiene sus ventajas a e inconvenientes. La menor previsibilidad de la política monetaria probablemente se traduzca en mayor volatilidad en los mercados. Pero también, y esta es probablemente la mayor ventaja, evita que los responsables de los bancos centrales sean rehenes de su pasado.
El tiempo dirá cómo de audaz o no ha sido este cambio pero de momento podemos felicitarnos que de saque el flamante presidente de la Reserva Federal ha dado con la puerta en la cara a Donald Trump a la primera de cambio.
Los muy cafeteros
La semana pasada estuvo por Madrid una de las grandes defensoras de la oportunidad de inversión en la inteligencia artificial (IA), Cathie Woods. Para Woods, la IA representa una de las mayores oportunidades de inversión actuales, sustentada en tres fuerzas clave: la rápida reducción de costes, el crecimiento explosivo de la demanda y las limitaciones estructurales de oferta en infraestructura.
En primer lugar, los costes de inferencia —es decir, el uso práctico de los modelos— están cayendo de forma acelerada, incluso más rápido que en etapas anteriores. Innovaciones recientes han demostrado que es posible ofrecer capacidades avanzadas de IA a una fracción del coste previamente asumido, lo que facilita su adopción masiva y abre nuevos modelos de negocio.
Este descenso de costes coincide con un aumento muy significativo del uso. El volumen de procesamiento (‘tokens’) está creciendo exponencialmente, reflejando la expansión de aplicaciones reales tanto en empresas como en consumidores.
En paralelo, se está desarrollando el mayor ciclo de inversión en infraestructura tecnológica de la historia. El gasto en centros de datos crece a tasas superiores al 50% anual en algunos periodos, impulsado por la necesidad de capacidad para entrenar y ejecutar modelos de IA. Sin embargo, la oferta de cómputo no logra seguir el ritmo, generando un entorno de escasez estructural que podría prolongarse varios años.
Desde el punto de vista de valoración, aunque el mercado presenta signos de entusiasmo, los niveles actuales son más moderados que los observados durante la burbuja tecnológica del año 2000. Las grandes compañías tecnológicas cotizan a múltiplos elevados, pero respaldados por beneficios reales, a diferencia de muchas empresas del ciclo ‘dot-com’, lo que sugiere una base más sólida.
En el ámbito de hardware, el ecosistema se está diversificando. Aunque Nvidia sigue siendo dominante, están ganando terreno soluciones alternativas como los chips personalizados, que ofrecen ventajas relevantes en costes y eficiencia.
El potencial en consumo es especialmente relevante. La IA podría generar un mercado de cientos de miles de millones de dólares hacia 2030, impulsado por aplicaciones en publicidad, comercio electrónico -especialmente con agentes autónomos- y modelos de suscripción. Además, la adopción está siendo extraordinariamente rápida, superando el ritmo de tecnologías anteriores como internet. Plataformas con cientos de millones de usuarios evidencian que la IA ya es una herramienta de uso masivo.
Por último, el entorno competitivo evoluciona rápidamente, con nuevos actores y avances que aumentan la presión en precios y aceleran la innovación, aunque los principales líderes mantienen ventaja en distribución y producto. En conjunto, la IA no parece una simple burbuja, sino una transformación estructural con capacidad de redefinir la economía digital en los próximos años. Lógicamente como en toda revolución habrá ganadores y algunos (muchos) que se queden por el camino. La dificultad está en distinguir los unos de los otros.
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