El último informe anual del Banco de España confirma cambios relevantes. El documento conserva su calidad técnica, aparato estadístico y cautelas suficientes para que nadie pueda despacharlo como progubernamental. El problema es otro: el marco ha cambiado. Con José Luis Escrivá, el Banco de España está más cómodo mirando hacia los peligros exteriores que hacia los demonios interiores. El informe de 2025 dedica una atención notable a los aranceles, la fragmentación comercial, China, Oriente Medio, la guerra de Irán, la geopolítica y la incertidumbre global. Todo eso es importante, pero el énfasis acaba produciendo un efecto político: los riesgos vienen de fuera, mientras los errores propios quedan diluidos.La omisión más llamativa es la presupuestaria. España lleva toda la legislatura sin presentar unos Presupuestos Generales del Estado. En cualquier nación desarrollada, eso sería una anomalía institucional de primer orden. En una economía con deuda elevada, déficit estructural persistente y nuevas presiones de gasto debería ser objeto de reproche severo por parte del banco central. La ausencia de presupuestos no es un detalle administrativo: es la confesión de que el Gobierno gobierna sin someter su política económica a una arquitectura anual completa, discutida y votada.El segundo silencio es aún más incómodo. Escrivá fue el autor político de la reforma de pensiones. Mientras Pablo Hernández de Cos mantuvo una línea crítica sobre sus efectos a largo plazo, el informe de 2025 rebaja ese debate casi hasta hacerlo desaparecer. En 2024 todavía aparecía, aunque de forma contenida, porque buena parte del informe estaba ya elaborada antes del relevo . En 2025, en cambio, el análisis estructural de la reforma se desvanece.Noticia relacionada opinion No No La vivienda y los salarios deslucen las cifras macro Yolanda GómezLa vivienda es el tercer punto débil. El informe acierta al identificar restricciones de oferta, déficits urbanísticos y rigideces administrativas. Pero el tratamiento resulta insuficiente ante lo que probablemente sea el mayor fracaso social y económico de este Gobierno: una política de vivienda que ha multiplicado anuncios y controles, mientras el acceso empeoraba para jóvenes y trabajadores móviles. El Banco de España describe el atasco, pero evita señalar con claridad que algunas decisiones públicas han agravado el problema. Diagnostica la fiebre, pero se cuida de nombrar al médico que está matando al paciente.El resultado es un informe técnicamente solvente y políticamente reclinado . Sobre todo porque administra interesadamente sus énfasis. Antes, el Banco de España incomodaba al Gobierno con método. Con Escrivá, sigue advirtiendo de riesgos, pero baja el volumen cuando estos apuntan al Ejecutivo que lo nombró. Esa es la cuestión de fondo. Los bancos centrales no pierden independencia de golpe, la pierden por decibelios: diciendo menos, ordenando distinto, mirando hacia otro lado. España no necesita un Banco de España convertido en oposición política. Pero tampoco necesita una entidad que descubra que las amenazas más graves siempre vienen de Washington o Pekín, y nunca de La Moncloa. La geopolítica importa. Irán importa. Pero también importan los presupuestos que no llegan, las pensiones que no cuadran y una vivienda que se ha convertido en una fábrica de frustración generacional. Mirar fuera es necesario. Mirar dentro es obligatorio. El último informe anual del Banco de España confirma cambios relevantes. El documento conserva su calidad técnica, aparato estadístico y cautelas suficientes para que nadie pueda despacharlo como progubernamental. El problema es otro: el marco ha cambiado. Con José Luis Escrivá, el Banco de España está más cómodo mirando hacia los peligros exteriores que hacia los demonios interiores. El informe de 2025 dedica una atención notable a los aranceles, la fragmentación comercial, China, Oriente Medio, la guerra de Irán, la geopolítica y la incertidumbre global. Todo eso es importante, pero el énfasis acaba produciendo un efecto político: los riesgos vienen de fuera, mientras los errores propios quedan diluidos.La omisión más llamativa es la presupuestaria. España lleva toda la legislatura sin presentar unos Presupuestos Generales del Estado. En cualquier nación desarrollada, eso sería una anomalía institucional de primer orden. En una economía con deuda elevada, déficit estructural persistente y nuevas presiones de gasto debería ser objeto de reproche severo por parte del banco central. La ausencia de presupuestos no es un detalle administrativo: es la confesión de que el Gobierno gobierna sin someter su política económica a una arquitectura anual completa, discutida y votada.El segundo silencio es aún más incómodo. Escrivá fue el autor político de la reforma de pensiones. Mientras Pablo Hernández de Cos mantuvo una línea crítica sobre sus efectos a largo plazo, el informe de 2025 rebaja ese debate casi hasta hacerlo desaparecer. En 2024 todavía aparecía, aunque de forma contenida, porque buena parte del informe estaba ya elaborada antes del relevo . En 2025, en cambio, el análisis estructural de la reforma se desvanece.Noticia relacionada opinion No No La vivienda y los salarios deslucen las cifras macro Yolanda GómezLa vivienda es el tercer punto débil. El informe acierta al identificar restricciones de oferta, déficits urbanísticos y rigideces administrativas. Pero el tratamiento resulta insuficiente ante lo que probablemente sea el mayor fracaso social y económico de este Gobierno: una política de vivienda que ha multiplicado anuncios y controles, mientras el acceso empeoraba para jóvenes y trabajadores móviles. El Banco de España describe el atasco, pero evita señalar con claridad que algunas decisiones públicas han agravado el problema. Diagnostica la fiebre, pero se cuida de nombrar al médico que está matando al paciente.El resultado es un informe técnicamente solvente y políticamente reclinado . Sobre todo porque administra interesadamente sus énfasis. Antes, el Banco de España incomodaba al Gobierno con método. Con Escrivá, sigue advirtiendo de riesgos, pero baja el volumen cuando estos apuntan al Ejecutivo que lo nombró. Esa es la cuestión de fondo. Los bancos centrales no pierden independencia de golpe, la pierden por decibelios: diciendo menos, ordenando distinto, mirando hacia otro lado. España no necesita un Banco de España convertido en oposición política. Pero tampoco necesita una entidad que descubra que las amenazas más graves siempre vienen de Washington o Pekín, y nunca de La Moncloa. La geopolítica importa. Irán importa. Pero también importan los presupuestos que no llegan, las pensiones que no cuadran y una vivienda que se ha convertido en una fábrica de frustración generacional. Mirar fuera es necesario. Mirar dentro es obligatorio.
El último informe anual del Banco de España confirma cambios relevantes. El documento conserva su calidad técnica, aparato estadístico y cautelas suficientes para que nadie pueda despacharlo como progubernamental. El problema es otro: el marco ha cambiado. Con José Luis Escrivá, el Banco de … España está más cómodo mirando hacia los peligros exteriores que hacia los demonios interiores. El informe de 2025 dedica una atención notable a los aranceles, la fragmentación comercial, China, Oriente Medio, la guerra de Irán, la geopolítica y la incertidumbre global. Todo eso es importante, pero el énfasis acaba produciendo un efecto político: los riesgos vienen de fuera, mientras los errores propios quedan diluidos.
La omisión más llamativa es la presupuestaria. España lleva toda la legislatura sin presentar unos Presupuestos Generales del Estado. En cualquier nación desarrollada, eso sería una anomalía institucional de primer orden. En una economía con deuda elevada, déficit estructural persistente y nuevas presiones de gasto debería ser objeto de reproche severo por parte del banco central. La ausencia de presupuestos no es un detalle administrativo: es la confesión de que el Gobierno gobierna sin someter su política económica a una arquitectura anual completa, discutida y votada.
El segundo silencio es aún más incómodo. Escrivá fue el autor político de la reforma de pensiones. Mientras Pablo Hernández de Cos mantuvo una línea crítica sobre sus efectos a largo plazo, el informe de 2025 rebaja ese debate casi hasta hacerlo desaparecer. En 2024 todavía aparecía, aunque de forma contenida, porque buena parte del informe estaba ya elaborada antes del relevo. En 2025, en cambio, el análisis estructural de la reforma se desvanece.
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La vivienda es el tercer punto débil. El informe acierta al identificar restricciones de oferta, déficits urbanísticos y rigideces administrativas. Pero el tratamiento resulta insuficiente ante lo que probablemente sea el mayor fracaso social y económico de este Gobierno: una política de vivienda que ha multiplicado anuncios y controles, mientras el acceso empeoraba para jóvenes y trabajadores móviles. El Banco de España describe el atasco, pero evita señalar con claridad que algunas decisiones públicas han agravado el problema. Diagnostica la fiebre, pero se cuida de nombrar al médico que está matando al paciente.
El resultado es un informe técnicamente solvente y políticamente reclinado. Sobre todo porque administra interesadamente sus énfasis. Antes, el Banco de España incomodaba al Gobierno con método. Con Escrivá, sigue advirtiendo de riesgos, pero baja el volumen cuando estos apuntan al Ejecutivo que lo nombró. Esa es la cuestión de fondo. Los bancos centrales no pierden independencia de golpe, la pierden por decibelios: diciendo menos, ordenando distinto, mirando hacia otro lado. España no necesita un Banco de España convertido en oposición política. Pero tampoco necesita una entidad que descubra que las amenazas más graves siempre vienen de Washington o Pekín, y nunca de La Moncloa. La geopolítica importa. Irán importa. Pero también importan los presupuestos que no llegan, las pensiones que no cuadran y una vivienda que se ha convertido en una fábrica de frustración generacional. Mirar fuera es necesario. Mirar dentro es obligatorio.
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