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  Cultura  La soprano Nadine Sierra impone su Julieta a la vorágine de una escenografía imposible
Cultura

La soprano Nadine Sierra impone su Julieta a la vorágine de una escenografía imposible

mayo 28, 2026
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Crítica de ópera ‘Romeo y Julieta’ *** Música y libreto Jules Barbier y Michel Carré, sobre la obra de Shakespeare. Dirección musical Carlo Rizzi. Dirección de escena Thomas Jolly. Escenografía Bruno de Lavenère. Vestuario SylvetteDequest. Iluminación Antoine Travert. Coreografía Josépha Madoki. Intérpretes Nadine Sierra, Javier Camarena, Roberto Tagliavini, Benjamin Appl, Héloïse Mas, Maciej Kwasnikowski, Laura Suárez, Elena Castresana, Maciej Kwasnikowski, Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Lugar Teatro Real, Madrid. Teniendo en cuenta que el Teatro Real ha programado trece funciones de ‘Romeo y Julieta’ de Charles Gounod , a repartir entre dos repartos y tres sopranos, es fácil imaginar que las consecuencias que se deriven acabarán por ser muy diversas. Por el momento, la primera representación de anoche puso a todos de acuerdo sobre la autoridad vocal de la soprano estadounidense Nadine Sierra, capaz de asumir con un desparpajo asombroso su vals de salida ‘Je veux vivre dans ce rêve’ y aún convertir el aria de cuarto acto, ‘Amour ranime mon courage’, en una formidable demostración de facultades. Servir con igual fortuna, limpieza, decisión, seguridad y jurisdicción lo expresivamente ágil y lo sustancialmente dramático, y hacerlo con una valentía y calidad semejantes, es una hazaña que coloca a su Julieta en una cima difícil de superar .La actuación de Nadine Sierra fue, con mucho, lo mejor de la noche, teniendo en cuenta que el tenor Javier Camarena navegó con desigual fortuna por el papel de Romeo. Comenzó con la voz estrangulada en la cavatina ‘Ah! lève-toi, soleil!’ para acabar dejando detalles de buena escuela y calidez vocal, particularmente en el dúo ‘Va! Je t’ai pardonné’, uno de los momentos aplaudidos de la noche. Junto a los dos solistas se presentó un grupo de buenos secundarios, destacando a Roberto Tagliavini, cuyo Frère Laurent sonó imponente y redondo. También se mostró vigoroso el polaco Maciej Kwasnikowski en su recreación de Tybalt, el barítono alemán Benjamin Appl ante un resuelto Mercutio, y la mezzo francesa Héloïse Mas, quien imprimió ligereza a la célebre arieta de Stéphano «Que fais-tu, blanche tourterelle». En la otra cara de la moneda queda la muy desajustada actuación de Laurent Naouri como Capulet.Tampoco tuvo anoche una buena recepción la actuación del director Carlo Rizzi, cuya prosaica versión no acabó de encontrar el equilibrio adecuado. Fue pitado tras el descanso, lo que llevó a reafirmarse en el gesto y el carácter, a veces algo sobredimensionado. Con todo, fue indudable la eficacia de su trabajo, pero también su corta visión de una partitura con posibilidades para un desarrollo expresivo más acabado y vibrante, lo que muy posiblemente habría ayudado a poner de manifiesto las mejores cualidades de un reparto bien asentado. Y todo ello se engloba en una producción que renueva con poderosa parafernalia el gusto por lo ‘kitsch’ al que se rinde la sociedad contemporánea, como muy bien han estudiado Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, atentos a mil ejemplos generados por la ‘sociedad del exceso’ en la que inevitablemente el mundo se sumerge. Deberían añadir a su amplio estudio la producción firmada por Thomas Jolly, excesiva por lo artificioso, arquitectónicamente recargada, exageradamente vestida, histéricamente resuelta y dispuesta a animar sentimientos muy superficiales. Agotadora, innecesaria e, incluso, molesta para los espectadores de los pisos superiores que protestaron en varias ocasiones a lo largo de la representación tras ser deslumbrados por los focos de la escena. A partir de una gigantesca escalinata inspirada en la del Palais Garnier de París, en constante giro, se acondicionan espacios muy diversos, a los que acompaña, en muchos casos, una coreografía particularmente nerviosa. Es el caso del ballet que precede a la marcha nupcial del cuarto acto, en este caso a telón bajado en constante ondulación.Las representaciones de ‘Romeo y Julieta’ que presenta estos días el Teatro Real se dedican a la memoria de Alfredo Kraus con motivo de su primera interpretación de Romeo en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, en 1987, y como anticipo a su centenario del próximo año. Es fácil imaginar al tenor, cantante consagrado por su esculpida elegancia y contención aristocrática, abominando de esta producción. Crítica de ópera ‘Romeo y Julieta’ *** Música y libreto Jules Barbier y Michel Carré, sobre la obra de Shakespeare. Dirección musical Carlo Rizzi. Dirección de escena Thomas Jolly. Escenografía Bruno de Lavenère. Vestuario SylvetteDequest. Iluminación Antoine Travert. Coreografía Josépha Madoki. Intérpretes Nadine Sierra, Javier Camarena, Roberto Tagliavini, Benjamin Appl, Héloïse Mas, Maciej Kwasnikowski, Laura Suárez, Elena Castresana, Maciej Kwasnikowski, Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Lugar Teatro Real, Madrid. Teniendo en cuenta que el Teatro Real ha programado trece funciones de ‘Romeo y Julieta’ de Charles Gounod , a repartir entre dos repartos y tres sopranos, es fácil imaginar que las consecuencias que se deriven acabarán por ser muy diversas. Por el momento, la primera representación de anoche puso a todos de acuerdo sobre la autoridad vocal de la soprano estadounidense Nadine Sierra, capaz de asumir con un desparpajo asombroso su vals de salida ‘Je veux vivre dans ce rêve’ y aún convertir el aria de cuarto acto, ‘Amour ranime mon courage’, en una formidable demostración de facultades. Servir con igual fortuna, limpieza, decisión, seguridad y jurisdicción lo expresivamente ágil y lo sustancialmente dramático, y hacerlo con una valentía y calidad semejantes, es una hazaña que coloca a su Julieta en una cima difícil de superar .La actuación de Nadine Sierra fue, con mucho, lo mejor de la noche, teniendo en cuenta que el tenor Javier Camarena navegó con desigual fortuna por el papel de Romeo. Comenzó con la voz estrangulada en la cavatina ‘Ah! lève-toi, soleil!’ para acabar dejando detalles de buena escuela y calidez vocal, particularmente en el dúo ‘Va! Je t’ai pardonné’, uno de los momentos aplaudidos de la noche. Junto a los dos solistas se presentó un grupo de buenos secundarios, destacando a Roberto Tagliavini, cuyo Frère Laurent sonó imponente y redondo. También se mostró vigoroso el polaco Maciej Kwasnikowski en su recreación de Tybalt, el barítono alemán Benjamin Appl ante un resuelto Mercutio, y la mezzo francesa Héloïse Mas, quien imprimió ligereza a la célebre arieta de Stéphano «Que fais-tu, blanche tourterelle». En la otra cara de la moneda queda la muy desajustada actuación de Laurent Naouri como Capulet.Tampoco tuvo anoche una buena recepción la actuación del director Carlo Rizzi, cuya prosaica versión no acabó de encontrar el equilibrio adecuado. Fue pitado tras el descanso, lo que llevó a reafirmarse en el gesto y el carácter, a veces algo sobredimensionado. Con todo, fue indudable la eficacia de su trabajo, pero también su corta visión de una partitura con posibilidades para un desarrollo expresivo más acabado y vibrante, lo que muy posiblemente habría ayudado a poner de manifiesto las mejores cualidades de un reparto bien asentado. Y todo ello se engloba en una producción que renueva con poderosa parafernalia el gusto por lo ‘kitsch’ al que se rinde la sociedad contemporánea, como muy bien han estudiado Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, atentos a mil ejemplos generados por la ‘sociedad del exceso’ en la que inevitablemente el mundo se sumerge. Deberían añadir a su amplio estudio la producción firmada por Thomas Jolly, excesiva por lo artificioso, arquitectónicamente recargada, exageradamente vestida, histéricamente resuelta y dispuesta a animar sentimientos muy superficiales. Agotadora, innecesaria e, incluso, molesta para los espectadores de los pisos superiores que protestaron en varias ocasiones a lo largo de la representación tras ser deslumbrados por los focos de la escena. A partir de una gigantesca escalinata inspirada en la del Palais Garnier de París, en constante giro, se acondicionan espacios muy diversos, a los que acompaña, en muchos casos, una coreografía particularmente nerviosa. Es el caso del ballet que precede a la marcha nupcial del cuarto acto, en este caso a telón bajado en constante ondulación.Las representaciones de ‘Romeo y Julieta’ que presenta estos días el Teatro Real se dedican a la memoria de Alfredo Kraus con motivo de su primera interpretación de Romeo en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, en 1987, y como anticipo a su centenario del próximo año. Es fácil imaginar al tenor, cantante consagrado por su esculpida elegancia y contención aristocrática, abominando de esta producción.  

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Teniendo en cuenta que el Teatro Real ha programado trece funciones de ‘Romeo y Julieta’ de Charles Gounod, a repartir entre dos repartos y tres sopranos, es fácil imaginar que las consecuencias que se deriven acabarán por ser muy diversas. Por el momento, la … primera representación de anoche puso a todos de acuerdo sobre la autoridad vocal de la soprano estadounidense Nadine Sierra, capaz de asumir con un desparpajo asombroso su vals de salida ‘Je veux vivre dans ce rêve’ y aún convertir el aria de cuarto acto, ‘Amour ranime mon courage’, en una formidable demostración de facultades. Servir con igual fortuna, limpieza, decisión, seguridad y jurisdicción lo expresivamente ágil y lo sustancialmente dramático, y hacerlo con una valentía y calidad semejantes, es una hazaña que coloca a su Julieta en una cima difícil de superar.

La actuación de Nadine Sierra fue, con mucho, lo mejor de la noche, teniendo en cuenta que el tenor Javier Camarena navegó con desigual fortuna por el papel de Romeo. Comenzó con la voz estrangulada en la cavatina ‘Ah! lève-toi, soleil!’ para acabar dejando detalles de buena escuela y calidez vocal, particularmente en el dúo ‘Va! Je t’ai pardonné’, uno de los momentos aplaudidos de la noche. Junto a los dos solistas se presentó un grupo de buenos secundarios, destacando a Roberto Tagliavini, cuyo Frère Laurent sonó imponente y redondo. También se mostró vigoroso el polaco Maciej Kwasnikowski en su recreación de Tybalt, el barítono alemán Benjamin Appl ante un resuelto Mercutio, y la mezzo francesa Héloïse Mas, quien imprimió ligereza a la célebre arieta de Stéphano «Que fais-tu, blanche tourterelle». En la otra cara de la moneda queda la muy desajustada actuación de Laurent Naouri como Capulet.

Tampoco tuvo anoche una buena recepción la actuación del director Carlo Rizzi, cuya prosaica versión no acabó de encontrar el equilibrio adecuado. Fue pitado tras el descanso, lo que llevó a reafirmarse en el gesto y el carácter, a veces algo sobredimensionado. Con todo, fue indudable la eficacia de su trabajo, pero también su corta visión de una partitura con posibilidades para un desarrollo expresivo más acabado y vibrante, lo que muy posiblemente habría ayudado a poner de manifiesto las mejores cualidades de un reparto bien asentado. Y todo ello se engloba en una producción que renueva con poderosa parafernalia el gusto por lo ‘kitsch’ al que se rinde la sociedad contemporánea, como muy bien han estudiado Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, atentos a mil ejemplos generados por la ‘sociedad del exceso’ en la que inevitablemente el mundo se sumerge. Deberían añadir a su amplio estudio la producción firmada por Thomas Jolly, excesiva por lo artificioso, arquitectónicamente recargada, exageradamente vestida, histéricamente resuelta y dispuesta a animar sentimientos muy superficiales. Agotadora, innecesaria e, incluso, molesta para los espectadores de los pisos superiores que protestaron en varias ocasiones a lo largo de la representación tras ser deslumbrados por los focos de la escena. A partir de una gigantesca escalinata inspirada en la del Palais Garnier de París, en constante giro, se acondicionan espacios muy diversos, a los que acompaña, en muchos casos, una coreografía particularmente nerviosa. Es el caso del ballet que precede a la marcha nupcial del cuarto acto, en este caso a telón bajado en constante ondulación.

Las representaciones de ‘Romeo y Julieta’ que presenta estos días el Teatro Real se dedican a la memoria de Alfredo Kraus con motivo de su primera interpretación de Romeo en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, en 1987, y como anticipo a su centenario del próximo año. Es fácil imaginar al tenor, cantante consagrado por su esculpida elegancia y contención aristocrática, abominando de esta producción.

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