Rugía de expectación Las Ventas. Monumental el ambiente en los tendidos, que consumieron sus entradas como una llama voraz: fue la Corrida de la Prensa la primera en colgar el cartel de ‘No hay billetes’ de este histórico San Isidro en la taquilla. Se anunciaba una tarde de Reyes. Don Felipe presidió el centenario festejo desde una barrera, codo a codo con Victorino, el ganadero de la A Coronada. Andrés, con apellido de Roca real, venía dispuesto a reinar como máxima figura. Espoleado salió tras la Puerta Grande al poso de Diego Urdiales, pura armonía y torería, hasta cortar una oreja del quinto de Juan Pedro Domecq. Qué buena corrida envió desde Lo Álvaro, con un lote con las excelencias de la bravura entregada. En la bolita del riojano caería. Un concierto a la verónica ofreció Urdiales, con el pecho por delante, con una despaciosidad que enamoraba, sobre todo las del pitón derecho, por donde Bullanguero se desplazaba con mayor profundidad. Qué alegría ver un quite por el palo clásico del toreo. Bárbaro el runrún cuando se plantó Roca en un mixto por chicuelinas y tafalleras, cambiándole el sentido, a modo de espaldina imposible. Hasta arrebujarse con la media. Qué calidad se adivinaba en el juampedro, brindado a Felipe VI, como todos los de la primera parte. Pronto y en la mano, a lo Chenel, se puso a torear el riojano con el humillador colorado, que incluso planeaba. Lo oxigenó para administrar su fondo, con durabilidad a la postre. Giraba Diego sobre los talones en redondo mientras hundía el mentón. Sentido, disfrutando. «¡Bien, chaval!», gritaban a un maestro que ya peina canas, al que le recriminaron la colocación mientras derramaba las esencias de su torería. No falló con su arma letal -¡cómo los mata!- y paseó una oreja con ligeras protestas de un toro delicatessen.— Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones — automaticoSi aquel fue de ole, el cuarto portaba una categoría extraordinaria. Como el monumento a la verónica levantado por Urdiales, que partió gargantas y camisas. Profundos los lances, con la pureza de un mar en calma, olvidando dónde empezaba el cielo y acababa la tierra. ¡Qué locura! Se frotaba los ojos el gentío ante aquella tercera maravilla. Al carajo la bronca que se formó en el 5. Y a los tendidos brindó el de Arnedo, que ya rumiaba la gloria por la excelsa condición de Mapaná. De culebra venenosa nada: era el toro soñado, de dos orejas. Toreramente se dobló con el ejemplar, con el broche de una trincherilla de añejo aroma. Fue una obra de plena naturalidad, con la sabiduría de las distancias, con el ritmo tomado a este 182, que se arrancaba de lejos y embestía con hondura. Compás, verticalidad y bellezas, made in Diego, a babor y estribor. En los medios puso la coda con la mano de la cuchara, aprovechando el bravo fondo de Mapaná, uno de los grandes toros de la feria. Se desprendió el acero ahora, pero la faena reunió más aquilatado peso que la anterior y cortó el trofeo que lo aupaba a hombros. Qué torera estampa la del matador aguardando la muerte del toro. Sonreía Urdiales, sabedor de que en el nuevo pañuelo blanco se encontraba el edén de Madrid. Suyo fue. Roca Rey brindó su primera faena a Felipe VI Tania SieiraHervía la ambición de Roca Rey, postrado de rodillas y sacándose el viaje por detrás en dos pendulares de escalofrío al buen quinto. Tenía clase Secuestrador, al que le faltaba el poder que le sobra al peruano. Se masticaba esa expectación que brota cada vez que el Cóndor pisa la arena. Inteligente, midiendo los tiempos, paciente hasta cuajar en los finales -tras la variedad de la capeína y el farol- una serie diestra cosidísima, con la muleta puesta, dispuesta y dominadora. Soberbia, la más aplastante de la tarde. Se ralentizó el limeño, que se anotó un aviso antes de montar la espada. Ni el pinchazo frenó una oreja con las protestas de un sector del sol. Ya hubiese firmado el espadazo anterior, hasta los gavilanes, con un tercero pariente de Ferdinando, escarbador y con la cara entre las manos.Feria de San Isidro Monumental de las Ventas Jueves, 28 de mayo de 2026. Decimoctavo festejo. Corrida de la Prensa. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados y de buen juego; destacaron los extraordinarios 2º y 4º, el de más profunda bravura. Diego Urdiales, de turquesa y oro: estocada (oreja); estocada desprendida (oreja tras aviso) Andrés Roca Rey, de berenjena y oro: estocada (silencio tras aviso); pinchazo y estocada (oreja tras aviso). Bruno Aloi, de blanco y oro: pinchazo, estocada baja enhebrada, dos pinchazos y estocada trasera (silencio tras aviso); pinchazo y estocada (silencio). dos Mucho escarbó y tardeó el de la ceremonia de confirmación de Bruno Aloi, pero luego repetía. Correcto, sin apenas decir nada, anduvo el mexicano, que no pudo remontar en el último pese a voluntad.Cuando el reloj rondaba las diez, Urdiales abandonaba la plaza a hombros en procesión mientras sus manos acariciaban la anochecida de Madrid. Qué bello es el toreo, qué lujo su torería. Y el Rey la vio. Rugía de expectación Las Ventas. Monumental el ambiente en los tendidos, que consumieron sus entradas como una llama voraz: fue la Corrida de la Prensa la primera en colgar el cartel de ‘No hay billetes’ de este histórico San Isidro en la taquilla. Se anunciaba una tarde de Reyes. Don Felipe presidió el centenario festejo desde una barrera, codo a codo con Victorino, el ganadero de la A Coronada. Andrés, con apellido de Roca real, venía dispuesto a reinar como máxima figura. Espoleado salió tras la Puerta Grande al poso de Diego Urdiales, pura armonía y torería, hasta cortar una oreja del quinto de Juan Pedro Domecq. Qué buena corrida envió desde Lo Álvaro, con un lote con las excelencias de la bravura entregada. En la bolita del riojano caería. Un concierto a la verónica ofreció Urdiales, con el pecho por delante, con una despaciosidad que enamoraba, sobre todo las del pitón derecho, por donde Bullanguero se desplazaba con mayor profundidad. Qué alegría ver un quite por el palo clásico del toreo. Bárbaro el runrún cuando se plantó Roca en un mixto por chicuelinas y tafalleras, cambiándole el sentido, a modo de espaldina imposible. Hasta arrebujarse con la media. Qué calidad se adivinaba en el juampedro, brindado a Felipe VI, como todos los de la primera parte. Pronto y en la mano, a lo Chenel, se puso a torear el riojano con el humillador colorado, que incluso planeaba. Lo oxigenó para administrar su fondo, con durabilidad a la postre. Giraba Diego sobre los talones en redondo mientras hundía el mentón. Sentido, disfrutando. «¡Bien, chaval!», gritaban a un maestro que ya peina canas, al que le recriminaron la colocación mientras derramaba las esencias de su torería. No falló con su arma letal -¡cómo los mata!- y paseó una oreja con ligeras protestas de un toro delicatessen.— Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones — automaticoSi aquel fue de ole, el cuarto portaba una categoría extraordinaria. Como el monumento a la verónica levantado por Urdiales, que partió gargantas y camisas. Profundos los lances, con la pureza de un mar en calma, olvidando dónde empezaba el cielo y acababa la tierra. ¡Qué locura! Se frotaba los ojos el gentío ante aquella tercera maravilla. Al carajo la bronca que se formó en el 5. Y a los tendidos brindó el de Arnedo, que ya rumiaba la gloria por la excelsa condición de Mapaná. De culebra venenosa nada: era el toro soñado, de dos orejas. Toreramente se dobló con el ejemplar, con el broche de una trincherilla de añejo aroma. Fue una obra de plena naturalidad, con la sabiduría de las distancias, con el ritmo tomado a este 182, que se arrancaba de lejos y embestía con hondura. Compás, verticalidad y bellezas, made in Diego, a babor y estribor. En los medios puso la coda con la mano de la cuchara, aprovechando el bravo fondo de Mapaná, uno de los grandes toros de la feria. Se desprendió el acero ahora, pero la faena reunió más aquilatado peso que la anterior y cortó el trofeo que lo aupaba a hombros. Qué torera estampa la del matador aguardando la muerte del toro. Sonreía Urdiales, sabedor de que en el nuevo pañuelo blanco se encontraba el edén de Madrid. Suyo fue. Roca Rey brindó su primera faena a Felipe VI Tania SieiraHervía la ambición de Roca Rey, postrado de rodillas y sacándose el viaje por detrás en dos pendulares de escalofrío al buen quinto. Tenía clase Secuestrador, al que le faltaba el poder que le sobra al peruano. Se masticaba esa expectación que brota cada vez que el Cóndor pisa la arena. Inteligente, midiendo los tiempos, paciente hasta cuajar en los finales -tras la variedad de la capeína y el farol- una serie diestra cosidísima, con la muleta puesta, dispuesta y dominadora. Soberbia, la más aplastante de la tarde. Se ralentizó el limeño, que se anotó un aviso antes de montar la espada. Ni el pinchazo frenó una oreja con las protestas de un sector del sol. Ya hubiese firmado el espadazo anterior, hasta los gavilanes, con un tercero pariente de Ferdinando, escarbador y con la cara entre las manos.Feria de San Isidro Monumental de las Ventas Jueves, 28 de mayo de 2026. Decimoctavo festejo. Corrida de la Prensa. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados y de buen juego; destacaron los extraordinarios 2º y 4º, el de más profunda bravura. Diego Urdiales, de turquesa y oro: estocada (oreja); estocada desprendida (oreja tras aviso) Andrés Roca Rey, de berenjena y oro: estocada (silencio tras aviso); pinchazo y estocada (oreja tras aviso). Bruno Aloi, de blanco y oro: pinchazo, estocada baja enhebrada, dos pinchazos y estocada trasera (silencio tras aviso); pinchazo y estocada (silencio). dos Mucho escarbó y tardeó el de la ceremonia de confirmación de Bruno Aloi, pero luego repetía. Correcto, sin apenas decir nada, anduvo el mexicano, que no pudo remontar en el último pese a voluntad.Cuando el reloj rondaba las diez, Urdiales abandonaba la plaza a hombros en procesión mientras sus manos acariciaban la anochecida de Madrid. Qué bello es el toreo, qué lujo su torería. Y el Rey la vio.
Rugía de expectación Las Ventas. Monumental el ambiente en los tendidos, que consumieron sus entradas como una llama voraz: fue la Corrida de la Prensa la primera en colgar el cartel de ‘No hay billetes’ de este histórico San Isidro en la taquilla. Se anunciaba … una tarde de Reyes. Don Felipe presidió el centenario festejo desde una barrera, codo a codo con Victorino, el ganadero de la A Coronada. Andrés, con apellido de Roca real, venía dispuesto a reinar como máxima figura. Espoleado salió tras la Puerta Grande al poso de Diego Urdiales, pura armonía y torería, hasta cortar una oreja del quinto de Juan Pedro Domecq. Qué buena corrida envió desde Lo Álvaro, con un lote con las excelencias de la bravura entregada. En la bolita del riojano caería.
Un concierto a la verónica ofreció Urdiales, con el pecho por delante, con una despaciosidad que enamoraba, sobre todo las del pitón derecho, por donde Bullanguero se desplazaba con mayor profundidad. Qué alegría ver un quite por el palo clásico del toreo. Bárbaro el runrún cuando se plantó Roca en un mixto por chicuelinas y tafalleras, cambiándole el sentido, a modo de espaldina imposible. Hasta arrebujarse con la media. Qué calidad se adivinaba en el juampedro, brindado a Felipe VI, como todos los de la primera parte. Pronto y en la mano, a lo Chenel, se puso a torear el riojano con el humillador colorado, que incluso planeaba. Lo oxigenó para administrar su fondo, con durabilidad a la postre. Giraba Diego sobre los talones en redondo mientras hundía el mentón. Sentido, disfrutando. «¡Bien, chaval!», gritaban a un maestro que ya peina canas, al que le recriminaron la colocación mientras derramaba las esencias de su torería. No falló con su arma letal -¡cómo los mata!- y paseó una oreja con ligeras protestas de un toro delicatessen.
Si aquel fue de ole, el cuarto portaba una categoría extraordinaria. Como el monumento a la verónica levantado por Urdiales, que partió gargantas y camisas. Profundos los lances, con la pureza de un mar en calma, olvidando dónde empezaba el cielo y acababa la tierra. ¡Qué locura! Se frotaba los ojos el gentío ante aquella tercera maravilla. Al carajo la bronca que se formó en el 5. Y a los tendidos brindó el de Arnedo, que ya rumiaba la gloria por la excelsa condición de Mapaná. De culebra venenosa nada: era el toro soñado, de dos orejas. Toreramente se dobló con el ejemplar, con el broche de una trincherilla de añejo aroma. Fue una obra de plena naturalidad, con la sabiduría de las distancias, con el ritmo tomado a este 182, que se arrancaba de lejos y embestía con hondura. Compás, verticalidad y bellezas, made in Diego, a babor y estribor. En los medios puso la coda con la mano de la cuchara, aprovechando el bravo fondo de Mapaná, uno de los grandes toros de la feria. Se desprendió el acero ahora, pero la faena reunió más aquilatado peso que la anterior y cortó el trofeo que lo aupaba a hombros. Qué torera estampa la del matador aguardando la muerte del toro. Sonreía Urdiales, sabedor de que en el nuevo pañuelo blanco se encontraba el edén de Madrid. Suyo fue.

(Tania Sieira)
Hervía la ambición de Roca Rey, postrado de rodillas y sacándose el viaje por detrás en dos pendulares de escalofrío al buen quinto. Tenía clase Secuestrador, al que le faltaba el poder que le sobra al peruano. Se masticaba esa expectación que brota cada vez que el Cóndor pisa la arena. Inteligente, midiendo los tiempos, paciente hasta cuajar en los finales -tras la variedad de la capeína y el farol- una serie diestra cosidísima, con la muleta puesta, dispuesta y dominadora. Soberbia, la más aplastante de la tarde. Se ralentizó el limeño, que se anotó un aviso antes de montar la espada. Ni el pinchazo frenó una oreja con las protestas de un sector del sol. Ya hubiese firmado el espadazo anterior, hasta los gavilanes, con un tercero pariente de Ferdinando, escarbador y con la cara entre las manos.
Feria de San Isidro
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Monumental de las Ventas
Jueves, 28 de mayo de 2026. Decimoctavo festejo. Corrida de la Prensa. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados y de buen juego; destacaron los extraordinarios 2º y 4º, el de más profunda bravura.
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Diego Urdiales,
de turquesa y oro: estocada (oreja); estocada desprendida (oreja tras aviso) -
Andrés Roca Rey,
de berenjena y oro: estocada (silencio tras aviso); pinchazo y estocada (oreja tras aviso). -
Bruno Aloi,
de blanco y oro: pinchazo, estocada baja enhebrada, dos pinchazos y estocada trasera (silencio tras aviso); pinchazo y estocada (silencio).
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Mucho escarbó y tardeó el de la ceremonia de confirmación de Bruno Aloi, pero luego repetía. Correcto, sin apenas decir nada, anduvo el mexicano, que no pudo remontar en el último pese a voluntad.
Cuando el reloj rondaba las diez, Urdiales abandonaba la plaza a hombros en procesión mientras sus manos acariciaban la anochecida de Madrid. Qué bello es el toreo, qué lujo su torería. Y el Rey la vio.
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