Las entradas del último concierto -que no de despedida, porque no la hubo- que dio El Último de la Fila antes de disolverse, el 30 de marzo de 1996 en Cartagena, costaban 2.200 pesetas, poco más de 13 euros, y verlos ahora en su gira de reunión cuesta de media 75 euros, 12.500 pesetas. Es decir, que los precios se han sextuplicado. Y eso que Manolo García y Quimi Portet , dos tipos de contrastada conciencia social, han hecho un «gran esfuerzo» para que las entradas no fuesen demasiado caras. ¿Cómo es posible entonces que se agoten allá donde van, ellos y casi todos los artistas de estadio?«Nosotros tampoco entendemos ese furor», reconoce Portet en la entrevista que les hacemos en el salón de un hotel cercano a su próxima escala, el Metropolitano de Madrid este sábado 22 de mayo. «De todos los que hemos intervenido en la preparación de esta gira, los más pesimistas éramos Manolo y yo. Sabíamos que habría una buena recepción, pero no pensábamos en repeticiones de estadios ni nada a esos niveles. Todo esto nos ha sorprendido, gratamente, claro».La demanda de entradas para verlos reunidos treinta años después de separarse ha sido tan bestial, que la cita madrileña –para la que se han puesto a la venta unas pocas localidades extra tras unos reajustes logísticos– podría haber sido doble, como ha ocurrido con el Estadi Olímpic de Barcelona. «El problema es que no había más fechas», explica Manolo. «La única libre era este mismo domingo, pero nos pareció pasarse de follón así tan seguido. Así está bien».Noticia relacionada general No No Manolo García, indignado: «¿Cómo que me he caído? ¡Me he tirado y no me ha pasado nada!» A.B. BuendíaEl Último de la Fila ha vuelto en plena efervescencia de reuniones de bandas clásicas, pero en un momento poco propicio para los grupos en realidad: no hay ni uno solo entre los 30 artistas más escuchados en Spotify en España, todo son solistas y con un altísimo porcentaje de reguetoneros. «La sociedad ha cambiado, y evidentemente eso ha incidido en la cultura popular», reflexiona Manolo sobre el dato. «Las masas funcionan de otra manera, la ilusión, la esperanza, las luchas, todo eso ha cambiado. En tres décadas el mundo se ha convertido en un lugar muy diferente. Es un mundo absolutamente capitalista, en el que hasta los países comunistas son capitalistas. Y eso incide en la cultura. Antes era al revés. Antes la cultura intentaba incidir en el sistema, ahora es el sistema el que quiere sumarse a la fiesta e intentar sacar tajada de cualquier propuesta cultural. Antes en la música había unas reivindicaciones políticas y unas pretensiones artísticas cualitativas, y ahora todo eso es lo de menos. Ahora lo que importa es el dinero y la fama, con honrosas excepciones».Esta eterna disyuntiva para los artistas, no obstante, nunca ha sido tal para los que están al otro lado de la trinchera de la industria discográfica, esos a los que Manolo dedicó los versos del clasicazo ‘Insurrección’: «¿Dónde estabas entonces cuando tanto te necesité? Nadie es mejor que nadie, pero tú creíste vencer. Si lloré ante tu puerta, de nada sirvió (…) Dame mi alma y déjame en paz. Quiero intentar no volver a caer. Pequeñas tretas para continuar en la brecha».«Para Spotify somos vaquitas que, con cada vez menos hierba, seguimos dando leche» El último de la fila«Es como aquella película tan bonita, ‘Yesterday’, en la que un chico se despierta en un mundo en el que los Beatles nunca han existido», expone Manolo. «El chico se sabe sus canciones, se pone a grabarlas y entonces aparece una manager que le dice: ‘Déjame que gestione tu carrera y ya verás, va a ser la bomba. Te vas a poder comprar una casa inmensa… Y yo me compraré una isla’». Siempre, siempre, el músico obtiene la menor tajada. Las grandes empresas, de una manera muy hábil, han conservado su supremacía y los músicos lo hemos aceptado porque no quedaba otra. Hoy en día las cosas han cambiado… a peor . Las cosas están peor que antes para el artista, para el compositor. Las plataformas de streaming, Spotify, Amazon y las demás, hacen un negocio redondo con nosotros. Para ellos somos vaquitas que, con cada vez menos hierba, seguimos dando leche. Somos vaquitas porque igual que a ellas les va la vida en ello, en dar leche, a nosotros nos va la vida en hacer música».Un gira «poderosa»Pero no nos pongamos dramáticos, que hay mucho que celebrar con el regreso de El Último de la Fila a los escenarios, una reunión que arrancó en Fuengirola el pasado 25 de abril, 10.975 noches después de aquella en la que Manolo y Quimi tocaron juntos por última vez. «Hombre, es que tenemos cincuenta años más», bromea el cantante cuando le leemos alguna crónica que les achaca falta de entusiasmo en el arranque del show. ¿Quizá se sintieron abrumados por el rugido del público? «Nada, yo difiero de esa opinión», sentencia García. «Totalmente», añade su compañero. «Igual el problema estuvo más en el receptor, que no estaba totalmente sintonizado. Fue muy buen concierto, que empezó poderoso. Estos conciertos empiezan fuerte».Este par de venerables veteranos del pop-rock nacional llega a este punto de su vida con la satisfacción de que «El Último de la Fila nunca ha sido una jaula de oro» para ellos, como describe Portet. «Hicimos muy bien en tomar caminos separados a los 40 años, que es cuando se separan las bandas, para tener la audacia de tomarnos la libertad de hacer otras cosas», añade el guitarrista antes de que García responda a la pregunta de qué ha significado para ellos, como compositores e intérpretes, el reencuentro con este repertorio. «Son canciones bastante sencillas en su construcción y sus ruedas de acordes, no tienen nada raro, pero tienen un almita, un alma, y la prueba palpable es que el público entra en ellas y no solo las canta, sino que las vive. Ahí queda eso. Quizá en esa simpleza esté la gracia».MÁS INFORMACIÓN Opinión El Último de la Fila: «Spotify son malas personas, que se vayan a la mierda»La gira terminará el 9 de julio en Valencia, y después, aseguran, no cabe la posibilidad de que haya más conciertos. Pero quizá, sólo quizá porque ni lo afirman ni lo descartan, se produzca la culminación definitiva de la reunión con un disco de canciones nuevas. «De momento, esto es tan gigantesco, es un pollo tan descomunal, que estamos en ello y después ya veremos. Nos permitimos disfrutar de esto sin apelotonarnos con futuros. Por supuesto que habrá un futuro, porque somos músicos. Pero esto es suficientemente intenso como para que no pensemos en otras cosas». Las entradas del último concierto -que no de despedida, porque no la hubo- que dio El Último de la Fila antes de disolverse, el 30 de marzo de 1996 en Cartagena, costaban 2.200 pesetas, poco más de 13 euros, y verlos ahora en su gira de reunión cuesta de media 75 euros, 12.500 pesetas. Es decir, que los precios se han sextuplicado. Y eso que Manolo García y Quimi Portet , dos tipos de contrastada conciencia social, han hecho un «gran esfuerzo» para que las entradas no fuesen demasiado caras. ¿Cómo es posible entonces que se agoten allá donde van, ellos y casi todos los artistas de estadio?«Nosotros tampoco entendemos ese furor», reconoce Portet en la entrevista que les hacemos en el salón de un hotel cercano a su próxima escala, el Metropolitano de Madrid este sábado 22 de mayo. «De todos los que hemos intervenido en la preparación de esta gira, los más pesimistas éramos Manolo y yo. Sabíamos que habría una buena recepción, pero no pensábamos en repeticiones de estadios ni nada a esos niveles. Todo esto nos ha sorprendido, gratamente, claro».La demanda de entradas para verlos reunidos treinta años después de separarse ha sido tan bestial, que la cita madrileña –para la que se han puesto a la venta unas pocas localidades extra tras unos reajustes logísticos– podría haber sido doble, como ha ocurrido con el Estadi Olímpic de Barcelona. «El problema es que no había más fechas», explica Manolo. «La única libre era este mismo domingo, pero nos pareció pasarse de follón así tan seguido. Así está bien».Noticia relacionada general No No Manolo García, indignado: «¿Cómo que me he caído? ¡Me he tirado y no me ha pasado nada!» A.B. BuendíaEl Último de la Fila ha vuelto en plena efervescencia de reuniones de bandas clásicas, pero en un momento poco propicio para los grupos en realidad: no hay ni uno solo entre los 30 artistas más escuchados en Spotify en España, todo son solistas y con un altísimo porcentaje de reguetoneros. «La sociedad ha cambiado, y evidentemente eso ha incidido en la cultura popular», reflexiona Manolo sobre el dato. «Las masas funcionan de otra manera, la ilusión, la esperanza, las luchas, todo eso ha cambiado. En tres décadas el mundo se ha convertido en un lugar muy diferente. Es un mundo absolutamente capitalista, en el que hasta los países comunistas son capitalistas. Y eso incide en la cultura. Antes era al revés. Antes la cultura intentaba incidir en el sistema, ahora es el sistema el que quiere sumarse a la fiesta e intentar sacar tajada de cualquier propuesta cultural. Antes en la música había unas reivindicaciones políticas y unas pretensiones artísticas cualitativas, y ahora todo eso es lo de menos. Ahora lo que importa es el dinero y la fama, con honrosas excepciones».Esta eterna disyuntiva para los artistas, no obstante, nunca ha sido tal para los que están al otro lado de la trinchera de la industria discográfica, esos a los que Manolo dedicó los versos del clasicazo ‘Insurrección’: «¿Dónde estabas entonces cuando tanto te necesité? Nadie es mejor que nadie, pero tú creíste vencer. Si lloré ante tu puerta, de nada sirvió (…) Dame mi alma y déjame en paz. Quiero intentar no volver a caer. Pequeñas tretas para continuar en la brecha».«Para Spotify somos vaquitas que, con cada vez menos hierba, seguimos dando leche» El último de la fila«Es como aquella película tan bonita, ‘Yesterday’, en la que un chico se despierta en un mundo en el que los Beatles nunca han existido», expone Manolo. «El chico se sabe sus canciones, se pone a grabarlas y entonces aparece una manager que le dice: ‘Déjame que gestione tu carrera y ya verás, va a ser la bomba. Te vas a poder comprar una casa inmensa… Y yo me compraré una isla’». Siempre, siempre, el músico obtiene la menor tajada. Las grandes empresas, de una manera muy hábil, han conservado su supremacía y los músicos lo hemos aceptado porque no quedaba otra. Hoy en día las cosas han cambiado… a peor . Las cosas están peor que antes para el artista, para el compositor. Las plataformas de streaming, Spotify, Amazon y las demás, hacen un negocio redondo con nosotros. Para ellos somos vaquitas que, con cada vez menos hierba, seguimos dando leche. Somos vaquitas porque igual que a ellas les va la vida en ello, en dar leche, a nosotros nos va la vida en hacer música».Un gira «poderosa»Pero no nos pongamos dramáticos, que hay mucho que celebrar con el regreso de El Último de la Fila a los escenarios, una reunión que arrancó en Fuengirola el pasado 25 de abril, 10.975 noches después de aquella en la que Manolo y Quimi tocaron juntos por última vez. «Hombre, es que tenemos cincuenta años más», bromea el cantante cuando le leemos alguna crónica que les achaca falta de entusiasmo en el arranque del show. ¿Quizá se sintieron abrumados por el rugido del público? «Nada, yo difiero de esa opinión», sentencia García. «Totalmente», añade su compañero. «Igual el problema estuvo más en el receptor, que no estaba totalmente sintonizado. Fue muy buen concierto, que empezó poderoso. Estos conciertos empiezan fuerte».Este par de venerables veteranos del pop-rock nacional llega a este punto de su vida con la satisfacción de que «El Último de la Fila nunca ha sido una jaula de oro» para ellos, como describe Portet. «Hicimos muy bien en tomar caminos separados a los 40 años, que es cuando se separan las bandas, para tener la audacia de tomarnos la libertad de hacer otras cosas», añade el guitarrista antes de que García responda a la pregunta de qué ha significado para ellos, como compositores e intérpretes, el reencuentro con este repertorio. «Son canciones bastante sencillas en su construcción y sus ruedas de acordes, no tienen nada raro, pero tienen un almita, un alma, y la prueba palpable es que el público entra en ellas y no solo las canta, sino que las vive. Ahí queda eso. Quizá en esa simpleza esté la gracia».MÁS INFORMACIÓN Opinión El Último de la Fila: «Spotify son malas personas, que se vayan a la mierda»La gira terminará el 9 de julio en Valencia, y después, aseguran, no cabe la posibilidad de que haya más conciertos. Pero quizá, sólo quizá porque ni lo afirman ni lo descartan, se produzca la culminación definitiva de la reunión con un disco de canciones nuevas. «De momento, esto es tan gigantesco, es un pollo tan descomunal, que estamos en ello y después ya veremos. Nos permitimos disfrutar de esto sin apelotonarnos con futuros. Por supuesto que habrá un futuro, porque somos músicos. Pero esto es suficientemente intenso como para que no pensemos en otras cosas».
Las entradas del último concierto -que no de despedida, porque no la hubo- que dio El Último de la Fila antes de disolverse, el 30 de marzo de 1996 en Cartagena, costaban 2.200 pesetas, poco más de 13 euros, y verlos ahora en … su gira de reunión cuesta de media 75 euros, 12.500 pesetas. Es decir, que los precios se han sextuplicado. Y eso que Manolo García y Quimi Portet, dos tipos de contrastada conciencia social, han hecho un «gran esfuerzo» para que las entradas no fuesen demasiado caras. ¿Cómo es posible entonces que se agoten allá donde van, ellos y casi todos los artistas de estadio?
«Nosotros tampoco entendemos ese furor», reconoce Portet en la entrevista que les hacemos en el salón de un hotel cercano a su próxima escala, el Metropolitano de Madrid este sábado 22 de mayo. «De todos los que hemos intervenido en la preparación de esta gira, los más pesimistas éramos Manolo y yo. Sabíamos que habría una buena recepción, pero no pensábamos en repeticiones de estadios ni nada a esos niveles. Todo esto nos ha sorprendido, gratamente, claro».
La demanda de entradas para verlos reunidos treinta años después de separarse ha sido tan bestial, que la cita madrileña –para la que se han puesto a la venta unas pocas localidades extra tras unos reajustes logísticos– podría haber sido doble, como ha ocurrido con el Estadi Olímpic de Barcelona. «El problema es que no había más fechas», explica Manolo. «La única libre era este mismo domingo, pero nos pareció pasarse de follón así tan seguido. Así está bien».
Noticia relacionada
El Último de la Fila ha vuelto en plena efervescencia de reuniones de bandas clásicas, pero en un momento poco propicio para los grupos en realidad: no hay ni uno solo entre los 30 artistas más escuchados en Spotify en España, todo son solistas y con un altísimo porcentaje de reguetoneros. «La sociedad ha cambiado, y evidentemente eso ha incidido en la cultura popular», reflexiona Manolo sobre el dato. «Las masas funcionan de otra manera, la ilusión, la esperanza, las luchas, todo eso ha cambiado. En tres décadas el mundo se ha convertido en un lugar muy diferente. Es un mundo absolutamente capitalista, en el que hasta los países comunistas son capitalistas. Y eso incide en la cultura. Antes era al revés. Antes la cultura intentaba incidir en el sistema, ahora es el sistema el que quiere sumarse a la fiesta e intentar sacar tajada de cualquier propuesta cultural. Antes en la música había unas reivindicaciones políticas y unas pretensiones artísticas cualitativas, y ahora todo eso es lo de menos. Ahora lo que importa es el dinero y la fama, con honrosas excepciones».
Esta eterna disyuntiva para los artistas, no obstante, nunca ha sido tal para los que están al otro lado de la trinchera de la industria discográfica, esos a los que Manolo dedicó los versos del clasicazo ‘Insurrección’: «¿Dónde estabas entonces cuando tanto te necesité? Nadie es mejor que nadie, pero tú creíste vencer. Si lloré ante tu puerta, de nada sirvió (…) Dame mi alma y déjame en paz. Quiero intentar no volver a caer. Pequeñas tretas para continuar en la brecha».
«Para Spotify somos vaquitas que, con cada vez menos hierba, seguimos dando leche»
El último de la fila
«Es como aquella película tan bonita, ‘Yesterday’, en la que un chico se despierta en un mundo en el que los Beatles nunca han existido», expone Manolo. «El chico se sabe sus canciones, se pone a grabarlas y entonces aparece una manager que le dice: ‘Déjame que gestione tu carrera y ya verás, va a ser la bomba. Te vas a poder comprar una casa inmensa… Y yo me compraré una isla’». Siempre, siempre, el músico obtiene la menor tajada. Las grandes empresas, de una manera muy hábil, han conservado su supremacía y los músicos lo hemos aceptado porque no quedaba otra. Hoy en día las cosas han cambiado… a peor. Las cosas están peor que antes para el artista, para el compositor. Las plataformas de streaming, Spotify, Amazon y las demás, hacen un negocio redondo con nosotros. Para ellos somos vaquitas que, con cada vez menos hierba, seguimos dando leche. Somos vaquitas porque igual que a ellas les va la vida en ello, en dar leche, a nosotros nos va la vida en hacer música».
Un gira «poderosa»
Pero no nos pongamos dramáticos, que hay mucho que celebrar con el regreso de El Último de la Fila a los escenarios, una reunión que arrancó en Fuengirola el pasado 25 de abril, 10.975 noches después de aquella en la que Manolo y Quimi tocaron juntos por última vez. «Hombre, es que tenemos cincuenta años más», bromea el cantante cuando le leemos alguna crónica que les achaca falta de entusiasmo en el arranque del show. ¿Quizá se sintieron abrumados por el rugido del público? «Nada, yo difiero de esa opinión», sentencia García. «Totalmente», añade su compañero. «Igual el problema estuvo más en el receptor, que no estaba totalmente sintonizado. Fue muy buen concierto, que empezó poderoso. Estos conciertos empiezan fuerte».
Este par de venerables veteranos del pop-rock nacional llega a este punto de su vida con la satisfacción de que «El Último de la Fila nunca ha sido una jaula de oro» para ellos, como describe Portet. «Hicimos muy bien en tomar caminos separados a los 40 años, que es cuando se separan las bandas, para tener la audacia de tomarnos la libertad de hacer otras cosas», añade el guitarrista antes de que García responda a la pregunta de qué ha significado para ellos, como compositores e intérpretes, el reencuentro con este repertorio. «Son canciones bastante sencillas en su construcción y sus ruedas de acordes, no tienen nada raro, pero tienen un almita, un alma, y la prueba palpable es que el público entra en ellas y no solo las canta, sino que las vive. Ahí queda eso. Quizá en esa simpleza esté la gracia».
La gira terminará el 9 de julio en Valencia, y después, aseguran, no cabe la posibilidad de que haya más conciertos. Pero quizá, sólo quizá porque ni lo afirman ni lo descartan, se produzca la culminación definitiva de la reunión con un disco de canciones nuevas. «De momento, esto es tan gigantesco, es un pollo tan descomunal, que estamos en ello y después ya veremos. Nos permitimos disfrutar de esto sin apelotonarnos con futuros. Por supuesto que habrá un futuro, porque somos músicos. Pero esto es suficientemente intenso como para que no pensemos en otras cosas».
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