Había visto llorar de emoción a Madrid mientras un torero se echaba la muleta a la izquierda. Este 30-M he visto llorar mientras Diego Ventura soñaba el toreo con Quitasueños, enmarcado ya en el cuadro inolvidable de San Isidro. Situado ya en el Olimpo de los dioses del rejoneo, ascendió un peldaño más para conquistar su vigésima Puerta Grande en la catedral. Diego Ventura no solo escribió una histórica página: Diego Ventura es historia viva que se admirará aún más cuando caigan las hojas del calendario, cuando pasen las décadas, cuando el siglo sume un nuevo palito. Qué barbaridad de torero. De torero a secas, sí. Porque Ventura tiene el toreo en la palma de la mano y lo inmortaliza a caballo. A ver quién empata tales cifras, con lo difícil que es hacerlo como lo hace el centauro lisboeta, afincado en La Puebla del Río, que es ya su tierra. De cuatro orejas fue su tarde de haber acertado con el rejón de muerte.Se le resistía a Ventura la vigésima, que ya es suya, pero más allá de tan inalcanzable número (a pie, su Majestad el Viti cuenta con 16), los amantes del toreo y los entendidos ecuestres gozaron con el poso de dos fabulosas obras. Superlativa la del estupendo Pesetero, una faena que valía oro. Maravillosamente templó a dos pistas sobre Quirico, con dos elevadas para animar a la galería y clavar en el umbral que conducía al arco de la gloria. Qué lección de temple y ligazón, todo cosido con una armonía arrolladora. Bocabajo puso los repletos tendidos a lomos de Quitasueños: en cortísimo lo citó en los mismísimos medios, reuniéndose en terrenos comprometidísimos. Todo ‘ísimo’, sí. Un lienzo de pureza. ¡Y otro más! ¡Qué locura! Se llevaba el gentío las manos a la cabeza mientras Ventura, sabio y apasionado, ofrecía el corazón. Besó a este tordo vinoso, de tremendo valor, antes de sacar a Brillante, con el que clavó las rosas y dos cortas al violín, sin solución de continuidad, sin perder el ritmo. Un volcán era la plaza, que buscaba los pañuelos. Tuvo que guardarlos cuando el caballero pinchó y pinchó entre la decepción general. Pero le faltaba otro cartucho y no dejó escapar el triunfo con Fazaendito, con el que impartió otra lección prodigiosa, con esa técnica invisible de los grandes maestros. Comó toreó a dos pistas, cómo dibujó auténticos trincherazos por los adentros, en ese sitio que pisa, y hasta se atrevió con una especie de luquecinas de larguísimo viaje. Despacioso, un muletazo inacabable aquí, otro poderosímo en distinta dirección. De lujoso esplendor. Qué pedazo de figura. Imperdonable que Pamplona aún no la conozca. Como tampoco a su cuadra: geniales Nómada y Lío, pese a dos pasadas en falso. Porque ahí había toreo. Toreo del grande. La banderilla sin cabezada sobre Bronce, que abandonó la plaza paso atrás, sembró un clamor. Ni el pinchazo frenó la doble pañolada al conjunto de su inmensa tarde. Feria de San Isidro Monumental de las Ventas Sábado, 30 de mayo de 2026. Vigésima corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de María Guiomar Cortés de Maura, reglamentariamente despuntados, de buen juego en general. Rui Fernandes, ddmedio contrario atravesado, pinchazo y descabello (saludos); rejón contrario trasero y desprendido y cuatro descabellos (saludos tras aviso) Diego Ventura, cinco pinchazos y rejón (silencio), pinchazo y rejón contrario (dos orejas). Sale a hombros Léa Vicens, rejón en dos tiempos (oreja); pinchazo, rejón y descabello (palmas de despedida).Qué maravilla ver torear así. Y qué maravillosas gentes se conocen en los tendidos. Llegaban dos aficionados desde la Colonia del Valle, Pablo y Conchita -venezolana de nacimiento ella-, para ver la de rejones. «Ahora vivimos en Miami. El último al que pudimos ver antes de que estos innombrables nos quitasen los toros en México fue a Pablo Hermoso de Mendoza», decía su tocayo Pablo, mientras recordaba anécdotas de su padre, «que estudió con Silveti». Emocionados abandonaron la plaza, por momentos con la mirada nublada. Ventura compartió cartel con Rui Fernandes, que saludó tras dos entonadas actuaciones, y Léa Vicens, que paseó un trofeo intrascendente, sin ton ni son. Allí solo se hablaba de la leyenda de Diego, veinte veces grande. Inalcanzable, superando su propio récord. Había visto llorar de emoción a Madrid mientras un torero se echaba la muleta a la izquierda. Este 30-M he visto llorar mientras Diego Ventura soñaba el toreo con Quitasueños, enmarcado ya en el cuadro inolvidable de San Isidro. Situado ya en el Olimpo de los dioses del rejoneo, ascendió un peldaño más para conquistar su vigésima Puerta Grande en la catedral. Diego Ventura no solo escribió una histórica página: Diego Ventura es historia viva que se admirará aún más cuando caigan las hojas del calendario, cuando pasen las décadas, cuando el siglo sume un nuevo palito. Qué barbaridad de torero. De torero a secas, sí. Porque Ventura tiene el toreo en la palma de la mano y lo inmortaliza a caballo. A ver quién empata tales cifras, con lo difícil que es hacerlo como lo hace el centauro lisboeta, afincado en La Puebla del Río, que es ya su tierra. De cuatro orejas fue su tarde de haber acertado con el rejón de muerte.Se le resistía a Ventura la vigésima, que ya es suya, pero más allá de tan inalcanzable número (a pie, su Majestad el Viti cuenta con 16), los amantes del toreo y los entendidos ecuestres gozaron con el poso de dos fabulosas obras. Superlativa la del estupendo Pesetero, una faena que valía oro. Maravillosamente templó a dos pistas sobre Quirico, con dos elevadas para animar a la galería y clavar en el umbral que conducía al arco de la gloria. Qué lección de temple y ligazón, todo cosido con una armonía arrolladora. Bocabajo puso los repletos tendidos a lomos de Quitasueños: en cortísimo lo citó en los mismísimos medios, reuniéndose en terrenos comprometidísimos. Todo ‘ísimo’, sí. Un lienzo de pureza. ¡Y otro más! ¡Qué locura! Se llevaba el gentío las manos a la cabeza mientras Ventura, sabio y apasionado, ofrecía el corazón. Besó a este tordo vinoso, de tremendo valor, antes de sacar a Brillante, con el que clavó las rosas y dos cortas al violín, sin solución de continuidad, sin perder el ritmo. Un volcán era la plaza, que buscaba los pañuelos. Tuvo que guardarlos cuando el caballero pinchó y pinchó entre la decepción general. Pero le faltaba otro cartucho y no dejó escapar el triunfo con Fazaendito, con el que impartió otra lección prodigiosa, con esa técnica invisible de los grandes maestros. Comó toreó a dos pistas, cómo dibujó auténticos trincherazos por los adentros, en ese sitio que pisa, y hasta se atrevió con una especie de luquecinas de larguísimo viaje. Despacioso, un muletazo inacabable aquí, otro poderosímo en distinta dirección. De lujoso esplendor. Qué pedazo de figura. Imperdonable que Pamplona aún no la conozca. Como tampoco a su cuadra: geniales Nómada y Lío, pese a dos pasadas en falso. Porque ahí había toreo. Toreo del grande. La banderilla sin cabezada sobre Bronce, que abandonó la plaza paso atrás, sembró un clamor. Ni el pinchazo frenó la doble pañolada al conjunto de su inmensa tarde. Feria de San Isidro Monumental de las Ventas Sábado, 30 de mayo de 2026. Vigésima corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de María Guiomar Cortés de Maura, reglamentariamente despuntados, de buen juego en general. Rui Fernandes, ddmedio contrario atravesado, pinchazo y descabello (saludos); rejón contrario trasero y desprendido y cuatro descabellos (saludos tras aviso) Diego Ventura, cinco pinchazos y rejón (silencio), pinchazo y rejón contrario (dos orejas). Sale a hombros Léa Vicens, rejón en dos tiempos (oreja); pinchazo, rejón y descabello (palmas de despedida).Qué maravilla ver torear así. Y qué maravillosas gentes se conocen en los tendidos. Llegaban dos aficionados desde la Colonia del Valle, Pablo y Conchita -venezolana de nacimiento ella-, para ver la de rejones. «Ahora vivimos en Miami. El último al que pudimos ver antes de que estos innombrables nos quitasen los toros en México fue a Pablo Hermoso de Mendoza», decía su tocayo Pablo, mientras recordaba anécdotas de su padre, «que estudió con Silveti». Emocionados abandonaron la plaza, por momentos con la mirada nublada. Ventura compartió cartel con Rui Fernandes, que saludó tras dos entonadas actuaciones, y Léa Vicens, que paseó un trofeo intrascendente, sin ton ni son. Allí solo se hablaba de la leyenda de Diego, veinte veces grande. Inalcanzable, superando su propio récord.
Había visto llorar de emoción a Madrid mientras un torero se echaba la muleta a la izquierda. Este 30-M he visto llorar mientras Diego Ventura soñaba el toreo con Quitasueños, enmarcado ya en el cuadro inolvidable de San Isidro. Situado ya en el Olimpo … de los dioses del rejoneo, ascendió un peldaño más para conquistar su vigésima Puerta Grande en la catedral.
Diego Ventura no solo escribió una histórica página: Diego Ventura es historia viva que se admirará aún más cuando caigan las hojas del calendario, cuando pasen las décadas, cuando el siglo sume un nuevo palito. Qué barbaridad de torero. De torero a secas, sí. Porque Ventura tiene el toreo en la palma de la mano y lo inmortaliza a caballo. A ver quién empata tales cifras, con lo difícil que es hacerlo como lo hace el centauro lisboeta, afincado en La Puebla del Río, que es ya su tierra. De cuatro orejas fue su tarde de haber acertado con el rejón de muerte.
Se le resistía a Ventura la vigésima, que ya es suya, pero más allá de tan inalcanzable número (a pie, su Majestad el Viti cuenta con 16), los amantes del toreo y los entendidos ecuestres gozaron con el poso de dos fabulosas obras. Superlativa la del estupendo Pesetero, una faena que valía oro. Maravillosamente templó a dos pistas sobre Quirico, con dos elevadas para animar a la galería y clavar en el umbral que conducía al arco de la gloria. Qué lección de temple y ligazón, todo cosido con una armonía arrolladora. Bocabajo puso los repletos tendidos a lomos de Quitasueños: en cortísimo lo citó en los mismísimos medios, reuniéndose en terrenos comprometidísimos. Todo ‘ísimo’, sí. Un lienzo de pureza. ¡Y otro más! ¡Qué locura! Se llevaba el gentío las manos a la cabeza mientras Ventura, sabio y apasionado, ofrecía el corazón. Besó a este tordo vinoso, de tremendo valor, antes de sacar a Brillante, con el que clavó las rosas y dos cortas al violín, sin solución de continuidad, sin perder el ritmo. Un volcán era la plaza, que buscaba los pañuelos. Tuvo que guardarlos cuando el caballero pinchó y pinchó entre la decepción general.
Pero le faltaba otro cartucho y no dejó escapar el triunfo con Fazaendito, con el que impartió otra lección prodigiosa, con esa técnica invisible de los grandes maestros. Comó toreó a dos pistas, cómo dibujó auténticos trincherazos por los adentros, en ese sitio que pisa, y hasta se atrevió con una especie de luquecinas de larguísimo viaje. Despacioso, un muletazo inacabable aquí, otro poderosímo en distinta dirección. De lujoso esplendor. Qué pedazo de figura. Imperdonable que Pamplona aún no la conozca. Como tampoco a su cuadra: geniales Nómada y Lío, pese a dos pasadas en falso. Porque ahí había toreo. Toreo del grande. La banderilla sin cabezada sobre Bronce, que abandonó la plaza paso atrás, sembró un clamor. Ni el pinchazo frenó la doble pañolada al conjunto de su inmensa tarde.
Feria de San Isidro
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Monumental de las Ventas
Sábado, 30 de mayo de 2026. Vigésima corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de María Guiomar Cortés de Maura, reglamentariamente despuntados, de buen juego en general.
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Rui Fernandes,
ddmedio contrario atravesado, pinchazo y descabello (saludos); rejón contrario trasero y desprendido y cuatro descabellos (saludos tras aviso) -
Diego Ventura,
cinco pinchazos y rejón (silencio), pinchazo y rejón contrario (dos orejas). Sale a hombros -
Léa Vicens,
rejón en dos tiempos (oreja); pinchazo, rejón y descabello (palmas de despedida).
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Qué maravilla ver torear así. Y qué maravillosas gentes se conocen en los tendidos. Llegaban dos aficionados desde la Colonia del Valle, Pablo y Conchita -venezolana de nacimiento ella-, para ver la de rejones. «Ahora vivimos en Miami. El último al que pudimos ver antes de que estos innombrables nos quitasen los toros en México fue a Pablo Hermoso de Mendoza», decía su tocayo Pablo, mientras recordaba anécdotas de su padre, «que estudió con Silveti». Emocionados abandonaron la plaza, por momentos con la mirada nublada.
Ventura compartió cartel con Rui Fernandes, que saludó tras dos entonadas actuaciones, y Léa Vicens, que paseó un trofeo intrascendente. Allí solo se hablaba de la leyenda de Diego, veinte veces grande. Inalcanzable, superando su propio récord.
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