En un chiringuito del Paseo de la Ribera de Sitges que se llama precisamente así, El Chiringuito, luce un antiguo cartel que hace gala de haber popularizado este nombre por toda España (con la acepción de kiosco playero, claro, no con la despectiva que llegó más tarde). César González-Ruano lo descubrió en 1943, cuando decidió retirarse por unos años a este pueblo costero catalán. Era «un extraño café sobre la misma arena, como un pabellón de cristales», donde le pareció que podría escribir cada mañana los artículos que enviaba por entonces a ‘La Vanguardia’ y a la revista ‘Destino’. Aunque el letrero que hay junto a su puerta asegura que fue el propio González-Ruano quien bautizó el local, el escritor y periodista (una denominación que él comparaba con la de «médico y practicante») nada comenta sobre ello en sus memorias, donde se refiere a El Chiringuito como si así se hubiera llamado desde que lo conoció. Quizá porque así fue. Un año antes de su llegada, su amigo Miguel Utrillo ya había publicado un artículo en ‘El Eco de Sitges’ donde decía de un paisano que «preferiría dormir siestas o tomar café en El Chiringuito».Según reza en su persiana, se fundó en 1913. Sergi Doria, que lo visitó en 2010, escribió en estas páginas que «el Chiringuito competía en su época con el Pabellón del Mar que frecuentaban los indianos enriquecidos» y «a estos últimos debe atribuirse el nombre del local que deriva de ‘chiringo’, que es como se llama un café en Cuba, según documentó Lázaro Carreter». «El líquido filtrado por el calcetín era ese ‘chiringo’ que acabó en el diminutivo: chorrito de café, chiringuito», añadía el escritor. Sin embargo, la hemeroteca arroja otros chiringuitos a finales del siglo XIX –«el chiringuito y las almejas recalentadas, son aperitivos excelentes» o «entre el chiringuito y la cañita de manzanilla…» (El Liberal, 1895)– que se refieren a un aguardiente llamado así en Latinoamérica, según averiguó la historiadora de arte Beli Artigas Coll y recogió en su blog Criticart . Y tampoco el de Sitges sería el primer establecimiento bautizado como Chiringuito, pues ya existía uno con tal nombre en el puerto de Barcelona desde finales del siglo XIX. La prensa de la época informó de varios sucesos relacionados con este local, como el altercado que acabó con la detención del torero ‘Larita’ en 1924 «en el bar Chiringuito , establecido en la Puerta de la Paz, en el puerto».César González-Ruano, el fallecido Juan Rubio en El Chiringuito de Sitges y un detalle del periódico El Sol donde se cuenta el altercado del torero ‘Larita’ en el bar Chiringuito de Barcelona en 1924 ABCDe haberlo conocido, González-Ruano podría haber sacado punta al suceso, sentado a la mesa con azulejos de Sitges donde escribía febrilmente sus cuartillas. «Siempre a la misma hora, a las nueve y media, me tiraba del lecho como un bombero disciplinado y me iba a escribir al Chiringuito. Muchas mañanas tenía que hacerlo sujetándome la muñeca derecha con la mano izquierda y un estado de nervios próximo a la locura», contó el propio escritor en ‘Mi medio siglo se confiesa a medias’. Hasta que «a la una venían algunos amigos y dejaba de escribir para hacer tertulia». El fallecido Juan Rubio Grau, que regentó el local, apenas era un niño entonces, pero en sus últimos años recordaba que « esto parecía la delegación del café Gijón en Sitges: además de César González-Ruano pasaban por aquí Camilo José Cela, Juan Ramón Masoliver, Ignacio Agustí, Noel Clarasó, Fernando Lázaro Carreter…»El escritor Raúl Torres se emocionó «un poco» cuando se sentó a la mesa de César en el Chiringuito de Sitges en 1978 e intentó comprarla para emular a su buen amigo. Decía que era «distinta a las demás» y tenía «un algo» que la hacía sobresalir: desde sus colores a los hierros dibujados de sus patas. Aunque lo que realmente la diferenciaba del resto eran las horas que pasó allí el autor de ese ‘Baudelaire’ escrito «sin pelos en la pluma» que Torres estaba releyendo con cariño. «¿Cuántas cosas nos contó González-Ruano, rodeado de estos límites: arena, sol y agua?», se preguntó nostálgico. Poco importa si aquel fue o no el primer chiringuito. Seguramente fue el más literario de todos. En un chiringuito del Paseo de la Ribera de Sitges que se llama precisamente así, El Chiringuito, luce un antiguo cartel que hace gala de haber popularizado este nombre por toda España (con la acepción de kiosco playero, claro, no con la despectiva que llegó más tarde). César González-Ruano lo descubrió en 1943, cuando decidió retirarse por unos años a este pueblo costero catalán. Era «un extraño café sobre la misma arena, como un pabellón de cristales», donde le pareció que podría escribir cada mañana los artículos que enviaba por entonces a ‘La Vanguardia’ y a la revista ‘Destino’. Aunque el letrero que hay junto a su puerta asegura que fue el propio González-Ruano quien bautizó el local, el escritor y periodista (una denominación que él comparaba con la de «médico y practicante») nada comenta sobre ello en sus memorias, donde se refiere a El Chiringuito como si así se hubiera llamado desde que lo conoció. Quizá porque así fue. Un año antes de su llegada, su amigo Miguel Utrillo ya había publicado un artículo en ‘El Eco de Sitges’ donde decía de un paisano que «preferiría dormir siestas o tomar café en El Chiringuito».Según reza en su persiana, se fundó en 1913. Sergi Doria, que lo visitó en 2010, escribió en estas páginas que «el Chiringuito competía en su época con el Pabellón del Mar que frecuentaban los indianos enriquecidos» y «a estos últimos debe atribuirse el nombre del local que deriva de ‘chiringo’, que es como se llama un café en Cuba, según documentó Lázaro Carreter». «El líquido filtrado por el calcetín era ese ‘chiringo’ que acabó en el diminutivo: chorrito de café, chiringuito», añadía el escritor. Sin embargo, la hemeroteca arroja otros chiringuitos a finales del siglo XIX –«el chiringuito y las almejas recalentadas, son aperitivos excelentes» o «entre el chiringuito y la cañita de manzanilla…» (El Liberal, 1895)– que se refieren a un aguardiente llamado así en Latinoamérica, según averiguó la historiadora de arte Beli Artigas Coll y recogió en su blog Criticart . Y tampoco el de Sitges sería el primer establecimiento bautizado como Chiringuito, pues ya existía uno con tal nombre en el puerto de Barcelona desde finales del siglo XIX. La prensa de la época informó de varios sucesos relacionados con este local, como el altercado que acabó con la detención del torero ‘Larita’ en 1924 «en el bar Chiringuito , establecido en la Puerta de la Paz, en el puerto».César González-Ruano, el fallecido Juan Rubio en El Chiringuito de Sitges y un detalle del periódico El Sol donde se cuenta el altercado del torero ‘Larita’ en el bar Chiringuito de Barcelona en 1924 ABCDe haberlo conocido, González-Ruano podría haber sacado punta al suceso, sentado a la mesa con azulejos de Sitges donde escribía febrilmente sus cuartillas. «Siempre a la misma hora, a las nueve y media, me tiraba del lecho como un bombero disciplinado y me iba a escribir al Chiringuito. Muchas mañanas tenía que hacerlo sujetándome la muñeca derecha con la mano izquierda y un estado de nervios próximo a la locura», contó el propio escritor en ‘Mi medio siglo se confiesa a medias’. Hasta que «a la una venían algunos amigos y dejaba de escribir para hacer tertulia». El fallecido Juan Rubio Grau, que regentó el local, apenas era un niño entonces, pero en sus últimos años recordaba que « esto parecía la delegación del café Gijón en Sitges: además de César González-Ruano pasaban por aquí Camilo José Cela, Juan Ramón Masoliver, Ignacio Agustí, Noel Clarasó, Fernando Lázaro Carreter…»El escritor Raúl Torres se emocionó «un poco» cuando se sentó a la mesa de César en el Chiringuito de Sitges en 1978 e intentó comprarla para emular a su buen amigo. Decía que era «distinta a las demás» y tenía «un algo» que la hacía sobresalir: desde sus colores a los hierros dibujados de sus patas. Aunque lo que realmente la diferenciaba del resto eran las horas que pasó allí el autor de ese ‘Baudelaire’ escrito «sin pelos en la pluma» que Torres estaba releyendo con cariño. «¿Cuántas cosas nos contó González-Ruano, rodeado de estos límites: arena, sol y agua?», se preguntó nostálgico. Poco importa si aquel fue o no el primer chiringuito. Seguramente fue el más literario de todos.
En un chiringuito del Paseo de la Ribera de Sitges que se llama precisamente así, El Chiringuito, luce un antiguo cartel que hace gala de haber popularizado este nombre por toda España (con la acepción de kiosco playero, claro, no con la despectiva que llegó … más tarde). César González-Ruano lo descubrió en 1943, cuando decidió retirarse por unos años a este pueblo costero catalán. Era «un extraño café sobre la misma arena, como un pabellón de cristales», donde le pareció que podría escribir cada mañana los artículos que enviaba por entonces a ‘La Vanguardia’ y a la revista ‘Destino’.
Aunque el letrero que hay junto a su puerta asegura que fue el propio González-Ruano quien bautizó el local, el escritor y periodista (una denominación que él comparaba con la de «médico y practicante») nada comenta sobre ello en sus memorias, donde se refiere a El Chiringuito como si así se hubiera llamado desde que lo conoció. Quizá porque así fue. Un año antes de su llegada, su amigo Miguel Utrillo ya había publicado un artículo en ‘El Eco de Sitges’ donde decía de un paisano que «preferiría dormir siestas o tomar café en El Chiringuito».
Según reza en su persiana, se fundó en 1913. Sergi Doria, que lo visitó en 2010, escribió en estas páginas que «el Chiringuito competía en su época con el Pabellón del Mar que frecuentaban los indianos enriquecidos» y «a estos últimos debe atribuirse el nombre del local que deriva de ‘chiringo’, que es como se llama un café en Cuba, según documentó Lázaro Carreter». «El líquido filtrado por el calcetín era ese ‘chiringo’ que acabó en el diminutivo: chorrito de café, chiringuito», añadía el escritor.
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Decíamos ayer
Mónica Arrizabalaga
Sin embargo, la hemeroteca arroja otros chiringuitos a finales del siglo XIX –«el chiringuito y las almejas recalentadas, son aperitivos excelentes» o «entre el chiringuito y la cañita de manzanilla…» (El Liberal, 1895)– que se refieren a un aguardiente llamado así en Latinoamérica, según averiguó la historiadora de arte Beli Artigas Coll y recogió en su blog Criticart. Y tampoco el de Sitges sería el primer establecimiento bautizado como Chiringuito, pues ya existía uno con tal nombre en el puerto de Barcelona desde finales del siglo XIX. La prensa de la época informó de varios sucesos relacionados con este local, como el altercado que acabó con la detención del torero ‘Larita’ en 1924 «en el bar Chiringuito, establecido en la Puerta de la Paz, en el puerto».
(ABC)
De haberlo conocido, González-Ruano podría haber sacado punta al suceso, sentado a la mesa con azulejos de Sitges donde escribía febrilmente sus cuartillas. «Siempre a la misma hora, a las nueve y media, me tiraba del lecho como un bombero disciplinado y me iba a escribir al Chiringuito. Muchas mañanas tenía que hacerlo sujetándome la muñeca derecha con la mano izquierda y un estado de nervios próximo a la locura», contó el propio escritor en ‘Mi medio siglo se confiesa a medias’. Hasta que «a la una venían algunos amigos y dejaba de escribir para hacer tertulia». El fallecido Juan Rubio Grau, que regentó el local, apenas era un niño entonces, pero en sus últimos años recordaba que «esto parecía la delegación del café Gijón en Sitges: además de César González-Ruano pasaban por aquí Camilo José Cela, Juan Ramón Masoliver, Ignacio Agustí, Noel Clarasó, Fernando Lázaro Carreter…»
El escritor Raúl Torres se emocionó «un poco» cuando se sentó a la mesa de César en el Chiringuito de Sitges en 1978 e intentó comprarla para emular a su buen amigo. Decía que era «distinta a las demás» y tenía «un algo» que la hacía sobresalir: desde sus colores a los hierros dibujados de sus patas. Aunque lo que realmente la diferenciaba del resto eran las horas que pasó allí el autor de ese ‘Baudelaire’ escrito «sin pelos en la pluma» que Torres estaba releyendo con cariño. «¿Cuántas cosas nos contó González-Ruano, rodeado de estos límites: arena, sol y agua?», se preguntó nostálgico. Poco importa si aquel fue o no el primer chiringuito. Seguramente fue el más literario de todos.
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