Era un tórrido mediodía de julio de 1995, creo, o tal vez de 96, en casa, solo, sin amigos en la ciudad con los que quedar, y el único consuelo del aire acondicionado; y de repente sonó el teléfono y era Pep Guardiola . Cuando le escuché decir «Hola, Salvador, soy Pep», su voz me abrió la tarde, y el verano, y en estos breves segundos o milésimas repasé mentalmente los restaurantes que estaban abiertos justo antes de que todo se desmoronara cuando sus siguientes palabras fueron graves y me interpelaron:–Te estamos esperando.–¿Cuál esperando? ¿Esperando dónde?, me dije para mis adentros, con la absurda esperanza de que fuera una broma, pero también la extraña sensación que de algo me había olvidado.Y fue lo segundo porque, me dijo, al lado de su asiento había otro vacío y con mi nombre en la mesa.Era la boda de nuestro amigo Sergi, a quien conocimos después del accidente de coche que tuvo en Cuba y quedó en silla de ruedas. Pep era amigo de Sergi, yo era muy amigo de Sergi, y me había olvidado de su boda, y me daba mucha vergüenza haberme olvidado de algo así, y encima de un amigo tan especial, con quien tanto habíamos congeniado y nos habíamos alegrado juntos de que hubiera encontrado novia y además para casarse. Yo no era un invitado cualquiera en aquella boda y me había olvidado. Sin móviles, sin internet, Pep se había levantado y había buscado una cabina para llamarme y saber qué me había pasado.Balbuceé algo, creo, aunque no recuerdo exactamente qué. Lo que sí recuerdo es que desconecté el teléfono, y como siempre que quedo mal, y me siento un gusano, decidí esconderme en lugar de dar la cara y disculparme. Mi olvido me pareció tan impresentable, y una puñalada de tal desprecio a mi amigo, que no sabía ni cómo empezar a presentar mis excusas.«Lo malo de mi parte miserable, tan ruin, es que desarrolla una ciencia que la convierte en todavía más rastrera»Pero por desgracia mis historias de quedar mal nunca acaban de tocar el fondo, y aquel verano empecé a trabajar en Catalunya Ràdio, donde él era técnico de sonido. Por suerte yo trabajaba en la parte de arriba, a la que él por su condición normalmente no accedía. La rata que yo soy, ni un solo día dejó de calcular mis itinerarios hasta para ir al baño. Lo malo de mi parte miserable, tan ruin, es que desarrolla una ciencia que la convierte en todavía más rastrera. Y en cada cálculo de si podía o no salir al pasillo, yo me sentía abandonando otra vez a mi amigo en su boda.Alguna vez veía que me miraba de lejos, como nostálgico de lo que fuimos, y yo habría dado cualquier cosa por ser capaz de ir a darle un abrazo, y sé que me habría perdonado al instante, pero mi rata no hacía más que enroscarse y cavar un poco más el túnel de mi horrible modo de ser. Un día tenía prisa por entrar en directo y fui corriendo por el pasillo del primer piso, una carrera que se vio trágicamente interrumpida porque me encontré a Sergi de cara, a unos diez metros de distancia. Nuestras miradas se encontraron, era el momento de enfrentarme a mis cobardías, y creo que tomé impulso para intentarlo, un impulso en aquel momento fundacional de mi vida, el primer verano que trabajaba; un impulso para empezar bien, y dejar atrás viejas miserias infantiles. Pero en el último segundo mi rata deplorable y asquerosa se apoderó de la intención, y del movimiento, y lo que hice fue huir por la escalera de caracol, saltando los peldaños de a tres, que había justo entre Sergi y yo y jamás volvimos a vernos. Era un tórrido mediodía de julio de 1995, creo, o tal vez de 96, en casa, solo, sin amigos en la ciudad con los que quedar, y el único consuelo del aire acondicionado; y de repente sonó el teléfono y era Pep Guardiola . Cuando le escuché decir «Hola, Salvador, soy Pep», su voz me abrió la tarde, y el verano, y en estos breves segundos o milésimas repasé mentalmente los restaurantes que estaban abiertos justo antes de que todo se desmoronara cuando sus siguientes palabras fueron graves y me interpelaron:–Te estamos esperando.–¿Cuál esperando? ¿Esperando dónde?, me dije para mis adentros, con la absurda esperanza de que fuera una broma, pero también la extraña sensación que de algo me había olvidado.Y fue lo segundo porque, me dijo, al lado de su asiento había otro vacío y con mi nombre en la mesa.Era la boda de nuestro amigo Sergi, a quien conocimos después del accidente de coche que tuvo en Cuba y quedó en silla de ruedas. Pep era amigo de Sergi, yo era muy amigo de Sergi, y me había olvidado de su boda, y me daba mucha vergüenza haberme olvidado de algo así, y encima de un amigo tan especial, con quien tanto habíamos congeniado y nos habíamos alegrado juntos de que hubiera encontrado novia y además para casarse. Yo no era un invitado cualquiera en aquella boda y me había olvidado. Sin móviles, sin internet, Pep se había levantado y había buscado una cabina para llamarme y saber qué me había pasado.Balbuceé algo, creo, aunque no recuerdo exactamente qué. Lo que sí recuerdo es que desconecté el teléfono, y como siempre que quedo mal, y me siento un gusano, decidí esconderme en lugar de dar la cara y disculparme. Mi olvido me pareció tan impresentable, y una puñalada de tal desprecio a mi amigo, que no sabía ni cómo empezar a presentar mis excusas.«Lo malo de mi parte miserable, tan ruin, es que desarrolla una ciencia que la convierte en todavía más rastrera»Pero por desgracia mis historias de quedar mal nunca acaban de tocar el fondo, y aquel verano empecé a trabajar en Catalunya Ràdio, donde él era técnico de sonido. Por suerte yo trabajaba en la parte de arriba, a la que él por su condición normalmente no accedía. La rata que yo soy, ni un solo día dejó de calcular mis itinerarios hasta para ir al baño. Lo malo de mi parte miserable, tan ruin, es que desarrolla una ciencia que la convierte en todavía más rastrera. Y en cada cálculo de si podía o no salir al pasillo, yo me sentía abandonando otra vez a mi amigo en su boda.Alguna vez veía que me miraba de lejos, como nostálgico de lo que fuimos, y yo habría dado cualquier cosa por ser capaz de ir a darle un abrazo, y sé que me habría perdonado al instante, pero mi rata no hacía más que enroscarse y cavar un poco más el túnel de mi horrible modo de ser. Un día tenía prisa por entrar en directo y fui corriendo por el pasillo del primer piso, una carrera que se vio trágicamente interrumpida porque me encontré a Sergi de cara, a unos diez metros de distancia. Nuestras miradas se encontraron, era el momento de enfrentarme a mis cobardías, y creo que tomé impulso para intentarlo, un impulso en aquel momento fundacional de mi vida, el primer verano que trabajaba; un impulso para empezar bien, y dejar atrás viejas miserias infantiles. Pero en el último segundo mi rata deplorable y asquerosa se apoderó de la intención, y del movimiento, y lo que hice fue huir por la escalera de caracol, saltando los peldaños de a tres, que había justo entre Sergi y yo y jamás volvimos a vernos.
Era un tórrido mediodía de julio de 1995, creo, o tal vez de 96, en casa, solo, sin amigos en la ciudad con los que quedar, y el único consuelo del aire acondicionado; y de repente sonó el teléfono y era Pep Guardiola. Cuando … le escuché decir «Hola, Salvador, soy Pep», su voz me abrió la tarde, y el verano, y en estos breves segundos o milésimas repasé mentalmente los restaurantes que estaban abiertos justo antes de que todo se desmoronara cuando sus siguientes palabras fueron graves y me interpelaron:
–Te estamos esperando.
–¿Cuál esperando? ¿Esperando dónde?, me dije para mis adentros, con la absurda esperanza de que fuera una broma, pero también la extraña sensación que de algo me había olvidado.
Y fue lo segundo porque, me dijo, al lado de su asiento había otro vacío y con mi nombre en la mesa.
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Era la boda de nuestro amigo Sergi, a quien conocimos después del accidente de coche que tuvo en Cuba y quedó en silla de ruedas. Pep era amigo de Sergi, yo era muy amigo de Sergi, y me había olvidado de su boda, y me daba mucha vergüenza haberme olvidado de algo así, y encima de un amigo tan especial, con quien tanto habíamos congeniado y nos habíamos alegrado juntos de que hubiera encontrado novia y además para casarse. Yo no era un invitado cualquiera en aquella boda y me había olvidado. Sin móviles, sin internet, Pep se había levantado y había buscado una cabina para llamarme y saber qué me había pasado.
Balbuceé algo, creo, aunque no recuerdo exactamente qué. Lo que sí recuerdo es que desconecté el teléfono, y como siempre que quedo mal, y me siento un gusano, decidí esconderme en lugar de dar la cara y disculparme. Mi olvido me pareció tan impresentable, y una puñalada de tal desprecio a mi amigo, que no sabía ni cómo empezar a presentar mis excusas.
«Lo malo de mi parte miserable, tan ruin, es que desarrolla una ciencia que la convierte en todavía más rastrera»
Pero por desgracia mis historias de quedar mal nunca acaban de tocar el fondo, y aquel verano empecé a trabajar en Catalunya Ràdio, donde él era técnico de sonido. Por suerte yo trabajaba en la parte de arriba, a la que él por su condición normalmente no accedía. La rata que yo soy, ni un solo día dejó de calcular mis itinerarios hasta para ir al baño. Lo malo de mi parte miserable, tan ruin, es que desarrolla una ciencia que la convierte en todavía más rastrera. Y en cada cálculo de si podía o no salir al pasillo, yo me sentía abandonando otra vez a mi amigo en su boda.
Alguna vez veía que me miraba de lejos, como nostálgico de lo que fuimos, y yo habría dado cualquier cosa por ser capaz de ir a darle un abrazo, y sé que me habría perdonado al instante, pero mi rata no hacía más que enroscarse y cavar un poco más el túnel de mi horrible modo de ser.
Un día tenía prisa por entrar en directo y fui corriendo por el pasillo del primer piso, una carrera que se vio trágicamente interrumpida porque me encontré a Sergi de cara, a unos diez metros de distancia. Nuestras miradas se encontraron, era el momento de enfrentarme a mis cobardías, y creo que tomé impulso para intentarlo, un impulso en aquel momento fundacional de mi vida, el primer verano que trabajaba; un impulso para empezar bien, y dejar atrás viejas miserias infantiles. Pero en el último segundo mi rata deplorable y asquerosa se apoderó de la intención, y del movimiento, y lo que hice fue huir por la escalera de caracol, saltando los peldaños de a tres, que había justo entre Sergi y yo y jamás volvimos a vernos.
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