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Cultura

El séptimo cielo de Alejandro el Ganador

mayo 8, 2026
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Blanca como una novia se vistió Las Ventas cuando dobló el cuarto. Otra vez Alejandro Talavante había enamorado a Madrid, otra vez tocaba la gloria en la primera corrida de feria. Como en 2025. Si entonces fue con Misterio, ahora se aupó a hombros en su séptima Puerta Grande acompañado de la embestida de Ganador, un bravo toro de Núñez del Cuvillo, a más, con fijeza, noble y arrastrando el hocico sobre ese ruedo que se había empapado por la mañana. Llena hasta los topes, reventona, sin una sola costura libre estaba su plaza de Madrid. Ni la lluvia matinal menguó la expectación de la reina de todas las ferias. Salió el sol en el primer cartel de ‘No hay billetes’ de los diez que ya ondean como banderas de victoria en un San Isidro con históricas taquillas. Porque cuando mayo llega en la capital se afila esa necesidad casi sacramental de ver toros en la catedral. Y cómo rugió con Alejandro Magno en sus veinte años de alternativa.Un clamor monumental era Las Ventas en su extraordinario encuentro con el cuarto toro de Cuvillo. Ganador había perdido las manos al abandonar toriles y pegó un salto olímpico en el primer lance, con un huido comportamiento. Pero ya durante la eficaz lidia se vislumbró su calidad -y en el bonito quite orteguista-, a más en la muleta, con un fondo de bravura que traía nobleza, repetición, humillación y profundidad en la embestida, incluso abriéndose a veces. Encendida la mirada de Talavante, sabedor de que aquel toro escondía el paraíso. Hasta él viajó su izquierda, tan pura, la de las maravillas. Antes descorchó la obra por estatuarios, con una bonita trincherilla y un molinete abelmontado. Sedosa su primera serie diestra, relajado y con un cambio de mano transmutado en un natural eterno. Qué barbaridad: aún permanecen en la retina esos flecos barriendo la arena. El ooole verdadero aterrizó en las gargantas, que rumiaban el triunfo. Y lo reeditó el pacense. Después de cómo había colocado la cara a babor, se echó la franela a la izquierda, a esa mano negra e imperial que cosía naturales nacidos en el centro de la tierra y rematados atrás, peinando la arena. «¡Qué bueno que viniste, Alejandro!», se oyó. Cómo planeaba el de Cuvillo. A placer la torería del extremeño, que se entretuvo en unas luquecinas y se arrebató en un desplante a cuerpo limpio. Las dos orejas se escondían en la espada, que enterró hasta la mismísima empuñadura, quizá pelín desprendida. Incontestable el doble trofeo y merecido el pañuelo azul que asomó por la presidencia. Con los honores de la vuelta al ruedo se arrastró Ganador, número 80, colorado ojo de perdiz, de 515 kilos. Era una de los dos cuatreños de un cinqueño sexteto, desigual como se presentía. Habían reconocido hasta once toros del Grullo, que lidió una buena corrida en conjunto. taurina_0639No habría un toro con la categoría del tal Ganador, pero tampoco falló el quinto, en el que las promesas de los torerísimos doblones de Juan Ortega se diluyeron. Aquella ilusión se mantuvo en la primera serie, coronada con un muletazo rodilla en tierra bellísimo, pero luego su empaque y su expresión no fueron suficientes. El toro punteó los engaños y el acople no surgió. Noticia relacionada opinion No No Un cielo despejado y una tarde de toros para espantar el hantavirus Bruno Pardo PortoJusta presencia traían los dos primeros de los veteranos del cartel. Qué poco agradó a Madrid el culipollo segundo, Encendido de nombre, como aquellos de las glorias manzanaristas y roquistas en Sevilla. Nada que ver tuvo y solo encendería los ánimos del público: llegaron los «¡miaus»! y, además, no parecía sobrado de poder; eso sí, se movía mucho. Talavante se puso directamente con la zocata, pero el castaño punteaba demasiado los engaños, sin entregarse nunca, y el torero tampoco lo haría. El cante grande tocaría después.Se caldeó más el ambiente cuando apareció el tercero, de justa presencia. Por no gustar no gustó ni al matador, por lo que Fuentes se hizo cargo en la salida, lo que se ha hecho de toda la vida de Dios, aunque los públicos nuevos no estén acostumbrados a ello. Parecía andar reparado de la vista el colorado, que no dijo nada en la muleta. Puso su estética Ortega, pero la gente andaba a otra cosa. Oles guasones a destiempo y poco más.Feria de San Isidro Monumental de las Ventas Viernes, 8 de mayo de 2026. Primera corrida. Cartel de ‘No hay billetes’ Toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presencia, nobles en general; destacó el extraordinario 4º, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. Alejandro Talavante, de blanco y plata con remates negros: estocada defectuosa (silencio); estocada (dos orejas). Juan Ortega, de celeste y plata con el chaleco en oro: tres pinchazos y estocada (silencio); dos pinchazos y estocada desprendida, delantera y tendida (silencio tras aviso). Tristán Barroso, de azul Soraya y oro: pinchazos, estocada caída y tres avisos (silencio tras dos avisos); dos pinchazo hondos y estocada (palmas de despedida).Qué buena imagen dejó Tristán Barroso con el acochinado primero, que se escobilló el pitón en el peto, con una buena vara del Legionario tras unas chicuelinas de mucho querer del matador, el más joven de la feria. Se arrimó luego Talavante en unas gaoneras de tremenda reunión. No rectificó un ápice las zapatillas el padrino del confirmante, dispuesto a tirar la moneda. Echó las dos rodillas por tierra en los medios y lució la alegría de Ventoso. Aprovechó su nobleza administrando con listeza los tiempos y las distancias, imprimiendo gusto por el derecho, un pitón de nota. Más corto era el viaje zurdo, por donde el madrileño -con raíces francesas y hecho en la escuela taurina de Badajoz- dibujó naturales de notable trazo, con los vuelos ‘alante’. Nunca perdió la serenidad Barroso, pero alargó y algunos se impacientaron, con Ventoso más apagado. Las arlesinas pusieron fin a una faena en la que pagó su largura con dos avisos. Creció su gratísima impresión ante el serio sexto, que lo prendió cuando quiso incorporarse en la apertura de hinojos. No se arrugó Tristán, entregado con un animal de casta geniudita. Apunten un nombre inspirado en otras leyendas de pasión, que perdió un posible premio por el acero cuando ya los aficionados se las ingeniaban para lanzarse al ruedo y sacar en volandas a Talavante, torero de Madrid de siete Puertas Grandes. Hasta la calle de Alcalá lo aupó la marabunta, cuando la noche caía y Alejandro el Ganador tocaba el séptimo cielo. Blanca como una novia se vistió Las Ventas cuando dobló el cuarto. Otra vez Alejandro Talavante había enamorado a Madrid, otra vez tocaba la gloria en la primera corrida de feria. Como en 2025. Si entonces fue con Misterio, ahora se aupó a hombros en su séptima Puerta Grande acompañado de la embestida de Ganador, un bravo toro de Núñez del Cuvillo, a más, con fijeza, noble y arrastrando el hocico sobre ese ruedo que se había empapado por la mañana. Llena hasta los topes, reventona, sin una sola costura libre estaba su plaza de Madrid. Ni la lluvia matinal menguó la expectación de la reina de todas las ferias. Salió el sol en el primer cartel de ‘No hay billetes’ de los diez que ya ondean como banderas de victoria en un San Isidro con históricas taquillas. Porque cuando mayo llega en la capital se afila esa necesidad casi sacramental de ver toros en la catedral. Y cómo rugió con Alejandro Magno en sus veinte años de alternativa.Un clamor monumental era Las Ventas en su extraordinario encuentro con el cuarto toro de Cuvillo. Ganador había perdido las manos al abandonar toriles y pegó un salto olímpico en el primer lance, con un huido comportamiento. Pero ya durante la eficaz lidia se vislumbró su calidad -y en el bonito quite orteguista-, a más en la muleta, con un fondo de bravura que traía nobleza, repetición, humillación y profundidad en la embestida, incluso abriéndose a veces. Encendida la mirada de Talavante, sabedor de que aquel toro escondía el paraíso. Hasta él viajó su izquierda, tan pura, la de las maravillas. Antes descorchó la obra por estatuarios, con una bonita trincherilla y un molinete abelmontado. Sedosa su primera serie diestra, relajado y con un cambio de mano transmutado en un natural eterno. Qué barbaridad: aún permanecen en la retina esos flecos barriendo la arena. El ooole verdadero aterrizó en las gargantas, que rumiaban el triunfo. Y lo reeditó el pacense. Después de cómo había colocado la cara a babor, se echó la franela a la izquierda, a esa mano negra e imperial que cosía naturales nacidos en el centro de la tierra y rematados atrás, peinando la arena. «¡Qué bueno que viniste, Alejandro!», se oyó. Cómo planeaba el de Cuvillo. A placer la torería del extremeño, que se entretuvo en unas luquecinas y se arrebató en un desplante a cuerpo limpio. Las dos orejas se escondían en la espada, que enterró hasta la mismísima empuñadura, quizá pelín desprendida. Incontestable el doble trofeo y merecido el pañuelo azul que asomó por la presidencia. Con los honores de la vuelta al ruedo se arrastró Ganador, número 80, colorado ojo de perdiz, de 515 kilos. Era una de los dos cuatreños de un cinqueño sexteto, desigual como se presentía. Habían reconocido hasta once toros del Grullo, que lidió una buena corrida en conjunto. taurina_0639No habría un toro con la categoría del tal Ganador, pero tampoco falló el quinto, en el que las promesas de los torerísimos doblones de Juan Ortega se diluyeron. Aquella ilusión se mantuvo en la primera serie, coronada con un muletazo rodilla en tierra bellísimo, pero luego su empaque y su expresión no fueron suficientes. El toro punteó los engaños y el acople no surgió. Noticia relacionada opinion No No Un cielo despejado y una tarde de toros para espantar el hantavirus Bruno Pardo PortoJusta presencia traían los dos primeros de los veteranos del cartel. Qué poco agradó a Madrid el culipollo segundo, Encendido de nombre, como aquellos de las glorias manzanaristas y roquistas en Sevilla. Nada que ver tuvo y solo encendería los ánimos del público: llegaron los «¡miaus»! y, además, no parecía sobrado de poder; eso sí, se movía mucho. Talavante se puso directamente con la zocata, pero el castaño punteaba demasiado los engaños, sin entregarse nunca, y el torero tampoco lo haría. El cante grande tocaría después.Se caldeó más el ambiente cuando apareció el tercero, de justa presencia. Por no gustar no gustó ni al matador, por lo que Fuentes se hizo cargo en la salida, lo que se ha hecho de toda la vida de Dios, aunque los públicos nuevos no estén acostumbrados a ello. Parecía andar reparado de la vista el colorado, que no dijo nada en la muleta. Puso su estética Ortega, pero la gente andaba a otra cosa. Oles guasones a destiempo y poco más.Feria de San Isidro Monumental de las Ventas Viernes, 8 de mayo de 2026. Primera corrida. Cartel de ‘No hay billetes’ Toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presencia, nobles en general; destacó el extraordinario 4º, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. Alejandro Talavante, de blanco y plata con remates negros: estocada defectuosa (silencio); estocada (dos orejas). Juan Ortega, de celeste y plata con el chaleco en oro: tres pinchazos y estocada (silencio); dos pinchazos y estocada desprendida, delantera y tendida (silencio tras aviso). Tristán Barroso, de azul Soraya y oro: pinchazos, estocada caída y tres avisos (silencio tras dos avisos); dos pinchazo hondos y estocada (palmas de despedida).Qué buena imagen dejó Tristán Barroso con el acochinado primero, que se escobilló el pitón en el peto, con una buena vara del Legionario tras unas chicuelinas de mucho querer del matador, el más joven de la feria. Se arrimó luego Talavante en unas gaoneras de tremenda reunión. No rectificó un ápice las zapatillas el padrino del confirmante, dispuesto a tirar la moneda. Echó las dos rodillas por tierra en los medios y lució la alegría de Ventoso. Aprovechó su nobleza administrando con listeza los tiempos y las distancias, imprimiendo gusto por el derecho, un pitón de nota. Más corto era el viaje zurdo, por donde el madrileño -con raíces francesas y hecho en la escuela taurina de Badajoz- dibujó naturales de notable trazo, con los vuelos ‘alante’. Nunca perdió la serenidad Barroso, pero alargó y algunos se impacientaron, con Ventoso más apagado. Las arlesinas pusieron fin a una faena en la que pagó su largura con dos avisos. Creció su gratísima impresión ante el serio sexto, que lo prendió cuando quiso incorporarse en la apertura de hinojos. No se arrugó Tristán, entregado con un animal de casta geniudita. Apunten un nombre inspirado en otras leyendas de pasión, que perdió un posible premio por el acero cuando ya los aficionados se las ingeniaban para lanzarse al ruedo y sacar en volandas a Talavante, torero de Madrid de siete Puertas Grandes. Hasta la calle de Alcalá lo aupó la marabunta, cuando la noche caía y Alejandro el Ganador tocaba el séptimo cielo.  

Blanca como una novia se vistió Las Ventas cuando dobló el cuarto. Otra vez Alejandro Talavante había enamorado a Madrid, otra vez tocaba la gloria en la primera corrida de feria. Como en 2025. Si entonces fue con Misterio, ahora se aupó a hombros en … su séptima Puerta Grande acompañado de la embestida de Ganador, un bravo toro de Núñez del Cuvillo, a más, con fijeza, noble y arrastrando el hocico sobre ese ruedo que se había empapado por la mañana. Llena hasta los topes, reventona, sin una sola costura libre estaba su plaza de Madrid. Ni la lluvia matinal menguó la expectación de la reina de todas las ferias. Salió el sol en el primer cartel de ‘No hay billetes’ de los diez que ya ondean como banderas de victoria en un San Isidro con históricas taquillas. Porque cuando mayo llega en la capital se afila esa necesidad casi sacramental de ver toros en la catedral. Y cómo rugió con Alejandro Magno en sus veinte años de alternativa.

Un clamor monumental era Las Ventas en su extraordinario encuentro con el cuarto toro de Cuvillo. Ganador había perdido las manos al abandonar toriles y pegó un salto olímpico en el primer lance, con un huido comportamiento. Pero ya durante la eficaz lidia se vislumbró su calidad -y en el bonito quite orteguista-, a más en la muleta, con un fondo de bravura que traía nobleza, repetición, humillación y profundidad en la embestida, incluso abriéndose a veces. Encendida la mirada de Talavante, sabedor de que aquel toro escondía el paraíso. Hasta él viajó su izquierda, tan pura, la de las maravillas. Antes descorchó la obra por estatuarios, con una bonita trincherilla y un molinete abelmontado. Sedosa su primera serie diestra, relajado y con un cambio de mano transmutado en un natural eterno. Qué barbaridad: aún permanecen en la retina esos flecos barriendo la arena. El ooole verdadero aterrizó en las gargantas, que rumiaban el triunfo. Y lo reeditó el pacense. Después de cómo había colocado la cara a babor, se echó la franela a la izquierda, a esa mano negra e imperial que cosía naturales nacidos en el centro de la tierra y rematados atrás, peinando la arena. «¡Qué bueno que viniste, Alejandro!», se oyó. Cómo planeaba el de Cuvillo. A placer la torería del extremeño, que se entretuvo en unas luquecinas y se arrebató en un desplante a cuerpo limpio. Las dos orejas se escondían en la espada, que enterró hasta la mismísima empuñadura, quizá pelín desprendida. Incontestable el doble trofeo y merecido el pañuelo azul que asomó por la presidencia. Con los honores de la vuelta al ruedo se arrastró Ganador, número 80, colorado ojo de perdiz, de 515 kilos. Era una de los dos cuatreños de un cinqueño sexteto, desigual como se presentía. Habían reconocido hasta once toros del Grullo, que lidió una buena corrida en conjunto.

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No habría un toro con la categoría del tal Ganador, pero tampoco falló el quinto, en el que las promesas de los torerísimos doblones de Juan Ortega se diluyeron. Aquella ilusión se mantuvo en la primera serie, coronada con un muletazo rodilla en tierra bellísimo, pero luego su empaque y su expresión no fueron suficientes. El toro punteó los engaños y el acople no surgió.

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Se caldeó más el ambiente cuando apareció el tercero, de justa presencia. Por no gustar no gustó ni al matador, por lo que Fuentes se hizo cargo en la salida, lo que se ha hecho de toda la vida de Dios, aunque los públicos nuevos no estén acostumbrados a ello. Parecía andar reparado de la vista el colorado, que no dijo nada en la muleta. Puso su estética Ortega, pero la gente andaba a otra cosa. Oles guasones a destiempo y poco más.

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    Viernes, 8 de mayo de 2026. Primera corrida. Cartel de ‘No hay billetes’ Toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presencia, nobles en general; destacó el extraordinario 4º, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre.

    • Alejandro Talavante,
      de blanco y plata con remates negros: estocada defectuosa (silencio); estocada (dos orejas).

    • Juan Ortega,
      de celeste y plata con el chaleco en oro: tres pinchazos y estocada (silencio); dos pinchazos y estocada desprendida, delantera y tendida (silencio tras aviso).

    • Tristán Barroso,
      de azul Soraya y oro: pinchazos, estocada caída y tres avisos (silencio tras dos avisos); dos pinchazo hondos y estocada (palmas de despedida).

Qué buena imagen dejó Tristán Barroso con el acochinado primero, que se escobilló el pitón en el peto, con una buena vara del Legionario tras unas chicuelinas de mucho querer del matador, el más joven de la feria. Se arrimó luego Talavante en unas gaoneras de tremenda reunión. No rectificó un ápice las zapatillas el padrino del confirmante, dispuesto a tirar la moneda. Echó las dos rodillas por tierra en los medios y lució la alegría de Ventoso. Aprovechó su nobleza administrando con listeza los tiempos y las distancias, imprimiendo gusto por el derecho, un pitón de nota. Más corto era el viaje zurdo, por donde el madrileño -con raíces francesas y hecho en la escuela taurina de Badajoz- dibujó naturales de notable trazo, con los vuelos ‘alante’. Nunca perdió la serenidad Barroso, pero alargó y algunos se impacientaron, con Ventoso más apagado. Las arlesinas pusieron fin a una faena en la que pagó su largura con dos avisos.

Creció su gratísima impresión ante el serio sexto, que lo prendió cuando quiso incorporarse en la apertura de hinojos. No se arrugó Tristán, entregado con un animal de casta geniudita. Apunten un nombre inspirado en otras leyendas de pasión, que perdió un posible premio por el acero cuando ya los aficionados se las ingeniaban para lanzarse al ruedo y sacar en volandas a Talavante, torero de Madrid de siete Puertas Grandes. Hasta la calle de Alcalá lo aupó la marabunta, cuando la noche caía y Alejandro el Ganador tocaba el séptimo cielo.

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