En medio de un ambiente prebélico, con el cadáver de José Calvo Sotelo todavía caliente, Federico García Lorca se presentó en la oficina de la revista ‘Cruz y Raya’ para entregarle a su editor y amigo José Bergamín el original de ‘Poeta en Nueva York’ -compuesto por una amalgama de papeles mecanografiados y otros escritos a mano, plagados de tachaduras y correcciones- pero al no encontrarlo allí, lo puso en manos de su secretaria, Pilar Sáenz García-Ascot, y acto seguido le dejó una nota sobre el buró de su despacho: ‘Querido Pepe, he estado a verte y no estabas. Volveré mañana’.Pero Lorca nunca más regresó…Tras almorzar en casa de su amigo Rafael Martínez Nadal, Federico tomó la decisión de partir a Granada, creyendo que en su tierra natal estaría libre de peligro.No en vano, por aquellas fechas el alcalde de la ciudad nazarí era su cuñado, Manuel Fernández Montesinos.Además, Federico, como todos los veranos, tenía una cita inexcusable con los suyos en la Huerta de San Vicente: la celebración de su onomástica y la de su padre, el 18 de julio, justo el mismo día que acabaría estallando la Guerra Civil, como si se tratase de una broma cruel del destino. Fue el propio Rafael Martínez Nadal quien le acompañó a la estación de Atocha en medio de un hervidero de rumores y un incesante ruido de sables. –Se avecina tormenta y quiero estar a salvo de los rayos– le dijo el poeta entre el tumulto. Lo que ignoraba Federico es que ese expreso nocturno del que se despidió de su amigo desde el estribo mientras arrancaba lentamente, entre trompicones y resoplidos, no le alejaba del peligro –muy al contrario–, le conducía a la boca del lobo, y los túneles en los que adentró mecido por el traqueteo del tren a lo largo de aquella noche oscura e incierta no eran sino un negro presagio. Tal vez por eso, Pablo Neruda le sugirió otro título para ‘Poeta en Nueva York’: ‘Introducción a la muerte’.Esa fue la última vez que Federico García Lorca, acaso el poeta y dramaturgo más excelso que haya dado España, pisó el suelo de Madrid. Entretanto, el original de ‘Poeta en Nueva York’, fruto del impacto que a Federico le causó el viaje que realizó a la metrópoli norteamericana siete años antes, el verano de 1929, para lamerse las heridas tras poner fin a su tortuosa relación con Emilio Aladrén, el gran amor de su vida, emprendería otro azaroso periplo.Armándose de valor, una noche de bombardeos, el texto fue rescatado por Pilar Sáenz García-Ascot, quien posteriormente se lo entregaría a Bergamín, el cual se lo llevó consigo a París donde intentó publicarlo sin éxito a través del poeta Paul Éluard, expareja de Gala, la musa de Salvador Dalí. En mayo de 1939, apenas unas semanas después de que acabara la guerra y tras poner rumbo a México donde la colonia de exiliados republicanos se mostraba muy activa, Bergamín logró al fin que viese la luz en la editorial Séneca –fundada por él mismo–, con la inestimable ayuda del acaudalado Jesús Ussía Oteyza, hijo de Juana Oteyza de la Loma, la dama que tanto había conmocionado a la alta sociedad madrileña en los años veinte por perder a dos de sus hijos en un fatídico accidente de tráfico regresando de Biarritz a Madrid.Al emigrar Bergamín a Caracas en 1947, le confió el manuscrito a su benefactor, Jesús Ussía de Oteyza, quien tras divorciarse de su mujer, Rafaela Arocena y Arocena, y antes de regresar a España, le pidió a su tío Ernesto Oteyza de la Loma –parientes ambos del autor de estas líneas– que lo custodiase. Prosiguiendo con este galimatías propio de una novela de intriga, al fallecer Jesús Ussía de Oteyza, su tío Ernesto Oteyza de la Loma le devolvió el original a su exmujer, Rafaela Arocena y Arocena, que posteriormente trabó amistad con Manolita Saavedra, una reputada actriz mexicana que había interpretado la obra de Lorca en el teatro y declamaba sentidamente sus poemas, y a quien se lo acabaría donando a modo de legado. La actriz mexicana, que había compartido cartel en la gran pantalla con Cantinflas y Libertad Lamarque, cuando declinaba su estrella –tras aparecer fugazmente en banales telenovelas–, para aliviar su precaria economía, se propuso que le tasaran el manuscrito debidamente autenticado por un experto británico en Lorca, trasladándose desde Cuernavaca hasta Londres. Cuando en la prestigiosa galería de arte le comunicaron que su valor en el mercado ascendía a 240.000 dólares, sus ojos echaron chiribitas; sin embargo, el mismo día que se disponía a venderlo, la subasta fue paralizada por una demanda interpuesta por los herederos de Lorca, alegando que el texto era de su propiedad. El documento permaneció custodiado en una caja fuerte de Londres a la espera de la resolución sobre su titularidad. Tuvieron que transcurrir casi cuatro años para que el Tribunal Superior de Justicia londinense fallase a favor de Manolita Saavedra, dictaminando que le pertenecía por usucapión. La odisea del manuscrito concluyó, para cerrar el círculo, donde se gestó: en Nueva York. En 2003, la mítica biblioteca pública de la Gran Manzana, sita en la Quinta Avenida, lo expuso junto a otros objetos personales del poeta bajo el título ‘Back tomorrow’ –’Volveré mañana’–, aludiendo a la nota que Lorca dejó escrita a Bergamín en la oficina de la revista ‘Cruz y Raya’ el 13 de julio de 1936, justo antes de partir a Granada, desde donde nunca más regresó. En medio de un ambiente prebélico, con el cadáver de José Calvo Sotelo todavía caliente, Federico García Lorca se presentó en la oficina de la revista ‘Cruz y Raya’ para entregarle a su editor y amigo José Bergamín el original de ‘Poeta en Nueva York’ -compuesto por una amalgama de papeles mecanografiados y otros escritos a mano, plagados de tachaduras y correcciones- pero al no encontrarlo allí, lo puso en manos de su secretaria, Pilar Sáenz García-Ascot, y acto seguido le dejó una nota sobre el buró de su despacho: ‘Querido Pepe, he estado a verte y no estabas. Volveré mañana’.Pero Lorca nunca más regresó…Tras almorzar en casa de su amigo Rafael Martínez Nadal, Federico tomó la decisión de partir a Granada, creyendo que en su tierra natal estaría libre de peligro.No en vano, por aquellas fechas el alcalde de la ciudad nazarí era su cuñado, Manuel Fernández Montesinos.Además, Federico, como todos los veranos, tenía una cita inexcusable con los suyos en la Huerta de San Vicente: la celebración de su onomástica y la de su padre, el 18 de julio, justo el mismo día que acabaría estallando la Guerra Civil, como si se tratase de una broma cruel del destino. Fue el propio Rafael Martínez Nadal quien le acompañó a la estación de Atocha en medio de un hervidero de rumores y un incesante ruido de sables. –Se avecina tormenta y quiero estar a salvo de los rayos– le dijo el poeta entre el tumulto. Lo que ignoraba Federico es que ese expreso nocturno del que se despidió de su amigo desde el estribo mientras arrancaba lentamente, entre trompicones y resoplidos, no le alejaba del peligro –muy al contrario–, le conducía a la boca del lobo, y los túneles en los que adentró mecido por el traqueteo del tren a lo largo de aquella noche oscura e incierta no eran sino un negro presagio. Tal vez por eso, Pablo Neruda le sugirió otro título para ‘Poeta en Nueva York’: ‘Introducción a la muerte’.Esa fue la última vez que Federico García Lorca, acaso el poeta y dramaturgo más excelso que haya dado España, pisó el suelo de Madrid. Entretanto, el original de ‘Poeta en Nueva York’, fruto del impacto que a Federico le causó el viaje que realizó a la metrópoli norteamericana siete años antes, el verano de 1929, para lamerse las heridas tras poner fin a su tortuosa relación con Emilio Aladrén, el gran amor de su vida, emprendería otro azaroso periplo.Armándose de valor, una noche de bombardeos, el texto fue rescatado por Pilar Sáenz García-Ascot, quien posteriormente se lo entregaría a Bergamín, el cual se lo llevó consigo a París donde intentó publicarlo sin éxito a través del poeta Paul Éluard, expareja de Gala, la musa de Salvador Dalí. En mayo de 1939, apenas unas semanas después de que acabara la guerra y tras poner rumbo a México donde la colonia de exiliados republicanos se mostraba muy activa, Bergamín logró al fin que viese la luz en la editorial Séneca –fundada por él mismo–, con la inestimable ayuda del acaudalado Jesús Ussía Oteyza, hijo de Juana Oteyza de la Loma, la dama que tanto había conmocionado a la alta sociedad madrileña en los años veinte por perder a dos de sus hijos en un fatídico accidente de tráfico regresando de Biarritz a Madrid.Al emigrar Bergamín a Caracas en 1947, le confió el manuscrito a su benefactor, Jesús Ussía de Oteyza, quien tras divorciarse de su mujer, Rafaela Arocena y Arocena, y antes de regresar a España, le pidió a su tío Ernesto Oteyza de la Loma –parientes ambos del autor de estas líneas– que lo custodiase. Prosiguiendo con este galimatías propio de una novela de intriga, al fallecer Jesús Ussía de Oteyza, su tío Ernesto Oteyza de la Loma le devolvió el original a su exmujer, Rafaela Arocena y Arocena, que posteriormente trabó amistad con Manolita Saavedra, una reputada actriz mexicana que había interpretado la obra de Lorca en el teatro y declamaba sentidamente sus poemas, y a quien se lo acabaría donando a modo de legado. La actriz mexicana, que había compartido cartel en la gran pantalla con Cantinflas y Libertad Lamarque, cuando declinaba su estrella –tras aparecer fugazmente en banales telenovelas–, para aliviar su precaria economía, se propuso que le tasaran el manuscrito debidamente autenticado por un experto británico en Lorca, trasladándose desde Cuernavaca hasta Londres. Cuando en la prestigiosa galería de arte le comunicaron que su valor en el mercado ascendía a 240.000 dólares, sus ojos echaron chiribitas; sin embargo, el mismo día que se disponía a venderlo, la subasta fue paralizada por una demanda interpuesta por los herederos de Lorca, alegando que el texto era de su propiedad. El documento permaneció custodiado en una caja fuerte de Londres a la espera de la resolución sobre su titularidad. Tuvieron que transcurrir casi cuatro años para que el Tribunal Superior de Justicia londinense fallase a favor de Manolita Saavedra, dictaminando que le pertenecía por usucapión. La odisea del manuscrito concluyó, para cerrar el círculo, donde se gestó: en Nueva York. En 2003, la mítica biblioteca pública de la Gran Manzana, sita en la Quinta Avenida, lo expuso junto a otros objetos personales del poeta bajo el título ‘Back tomorrow’ –’Volveré mañana’–, aludiendo a la nota que Lorca dejó escrita a Bergamín en la oficina de la revista ‘Cruz y Raya’ el 13 de julio de 1936, justo antes de partir a Granada, desde donde nunca más regresó.
En medio de un ambiente prebélico, con el cadáver de José Calvo Sotelo todavía caliente, Federico García Lorca se presentó en la oficina de la revista ‘Cruz y Raya’ para entregarle a su editor y amigo José Bergamín el original de ‘Poeta en Nueva … York’ -compuesto por una amalgama de papeles mecanografiados y otros escritos a mano, plagados de tachaduras y correcciones- pero al no encontrarlo allí, lo puso en manos de su secretaria, Pilar Sáenz García-Ascot, y acto seguido le dejó una nota sobre el buró de su despacho: ‘Querido Pepe, he estado a verte y no estabas. Volveré mañana’.
Pero Lorca nunca más regresó…
Tras almorzar en casa de su amigo Rafael Martínez Nadal, Federico tomó la decisión de partir a Granada, creyendo que en su tierra natal estaría libre de peligro.
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No en vano, por aquellas fechas el alcalde de la ciudad nazarí era su cuñado, Manuel Fernández Montesinos.
Además, Federico, como todos los veranos, tenía una cita inexcusable con los suyos en la Huerta de San Vicente: la celebración de su onomástica y la de su padre, el 18 de julio, justo el mismo día que acabaría estallando la Guerra Civil, como si se tratase de una broma cruel del destino.
Fue el propio Rafael Martínez Nadal quien le acompañó a la estación de Atocha en medio de un hervidero de rumores y un incesante ruido de sables.
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–Se avecina tormenta y quiero estar a salvo de los rayos– le dijo el poeta entre el tumulto.
Lo que ignoraba Federico es que ese expreso nocturno del que se despidió de su amigo desde el estribo mientras arrancaba lentamente, entre trompicones y resoplidos, no le alejaba del peligro –muy al contrario–, le conducía a la boca del lobo, y los túneles en los que adentró mecido por el traqueteo del tren a lo largo de aquella noche oscura e incierta no eran sino un negro presagio.
Tal vez por eso, Pablo Neruda le sugirió otro título para ‘Poeta en Nueva York’: ‘Introducción a la muerte’.
Esa fue la última vez que Federico García Lorca, acaso el poeta y dramaturgo más excelso que haya dado España, pisó el suelo de Madrid.
Entretanto, el original de ‘Poeta en Nueva York’, fruto del impacto que a Federico le causó el viaje que realizó a la metrópoli norteamericana siete años antes, el verano de 1929, para lamerse las heridas tras poner fin a su tortuosa relación con Emilio Aladrén, el gran amor de su vida, emprendería otro azaroso periplo.
Armándose de valor, una noche de bombardeos, el texto fue rescatado por Pilar Sáenz García-Ascot, quien posteriormente se lo entregaría a Bergamín, el cual se lo llevó consigo a París donde intentó publicarlo sin éxito a través del poeta Paul Éluard, expareja de Gala, la musa de Salvador Dalí.
En mayo de 1939, apenas unas semanas después de que acabara la guerra y tras poner rumbo a México donde la colonia de exiliados republicanos se mostraba muy activa, Bergamín logró al fin que viese la luz en la editorial Séneca –fundada por él mismo–, con la inestimable ayuda del acaudalado Jesús Ussía Oteyza, hijo de Juana Oteyza de la Loma, la dama que tanto había conmocionado a la alta sociedad madrileña en los años veinte por perder a dos de sus hijos en un fatídico accidente de tráfico regresando de Biarritz a Madrid.
Al emigrar Bergamín a Caracas en 1947, le confió el manuscrito a su benefactor, Jesús Ussía de Oteyza, quien tras divorciarse de su mujer, Rafaela Arocena y Arocena, y antes de regresar a España, le pidió a su tío Ernesto Oteyza de la Loma –parientes ambos del autor de estas líneas– que lo custodiase.
Prosiguiendo con este galimatías propio de una novela de intriga, al fallecer Jesús Ussía de Oteyza, su tío Ernesto Oteyza de la Loma le devolvió el original a su exmujer, Rafaela Arocena y Arocena, que posteriormente trabó amistad con Manolita Saavedra, una reputada actriz mexicana que había interpretado la obra de Lorca en el teatro y declamaba sentidamente sus poemas, y a quien se lo acabaría donando a modo de legado.
La actriz mexicana, que había compartido cartel en la gran pantalla con Cantinflas y Libertad Lamarque, cuando declinaba su estrella –tras aparecer fugazmente en banales telenovelas–, para aliviar su precaria economía, se propuso que le tasaran el manuscrito debidamente autenticado por un experto británico en Lorca, trasladándose desde Cuernavaca hasta Londres.
Cuando en la prestigiosa galería de arte le comunicaron que su valor en el mercado ascendía a 240.000 dólares, sus ojos echaron chiribitas; sin embargo, el mismo día que se disponía a venderlo, la subasta fue paralizada por una demanda interpuesta por los herederos de Lorca, alegando que el texto era de su propiedad.
El documento permaneció custodiado en una caja fuerte de Londres a la espera de la resolución sobre su titularidad.
Tuvieron que transcurrir casi cuatro años para que el Tribunal Superior de Justicia londinense fallase a favor de Manolita Saavedra, dictaminando que le pertenecía por usucapión.
La odisea del manuscrito concluyó, para cerrar el círculo, donde se gestó: en Nueva York.
En 2003, la mítica biblioteca pública de la Gran Manzana, sita en la Quinta Avenida, lo expuso junto a otros objetos personales del poeta bajo el título ‘Back tomorrow’ –’Volveré mañana’–, aludiendo a la nota que Lorca dejó escrita a Bergamín en la oficina de la revista ‘Cruz y Raya’ el 13 de julio de 1936, justo antes de partir a Granada, desde donde nunca más regresó.
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