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  Nacional  Las manos que salvaron a los nadadores en la frontera de Ceuta: “Sacar a un bebé y a una familia es una alegría”
Nacional

Las manos que salvaron a los nadadores en la frontera de Ceuta: “Sacar a un bebé y a una familia es una alegría”

agosto 7, 2026
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Alejandro arropó con su chaquetón al bebé de cabello rizado que acababan de recoger de un flotador en Ceuta. El niño, vestido con su ropa infantil, estaba envuelto con papel film, como el que se utiliza para envolver bocadillos. “Solo le quedaba libre la cabecita”, recuerda. “Estaba afectado por el frío, no reaccionaba y comenzaba a echar espuma por la boca”. La madre estaba hecha un manojo de nervios. El pequeño, de tres años, fue rescatado junto a su madre, embarazada, y su padre a las 7 de la mañana del pasado jueves, apenas unas horas antes de que se produjera la gran entrada masiva en Ceuta.

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 Los especialistas en rescates en el mar de la Guardia Civil ya estaban desbordados en las primeras horas del jueves, el día que se produjo la gran avalancha en la ciudad autónoma  

Alejandro arropó con su chaquetón al bebé de cabello rizado que acababan de recoger de un flotador en Ceuta. El niño, vestido con su ropa infantil, estaba envuelto con papel film, como el que se utiliza para envolver bocadillos. “Solo le quedaba libre la cabecita”, recuerda. “Estaba afectado por el frío, no reaccionaba y comenzaba a echar espuma por la boca”. La madre estaba hecha un manojo de nervios. El pequeño, de tres años, fue rescatado junto a su madre, embarazada, y su padre a las 7 de la mañana del pasado jueves, apenas unas horas antes de que se produjera la gran entrada masiva en Ceuta.

El sargento Alejandro Palmero, patrón del Servicio Marítimo de la Guardia Civil, tiró de “lo poco que chapurrea” para comunicarse con la mujer, vestida con un neopreno y a la que se le notaba la barriga del embarazo. “Me dio a entender que esperaba una niña y que estaba de seis meses”. Cuando la familia se vio encima de la embarcación, sana y salva y rumbo a tierra, se produjo una escena llena de alegría, abrazos y besos entre ellos. “Fue una situación muy emotiva”, resume el agente, de 42 años. “Todo esto no deja de ser una tragedia, pero sacar a un bebé, a una familia, es una alegría”, valora.

Uno de los agentes del Servicio Marítimo de la Guardia Civil conduce a Fatna Lbidi y a su hijo, después de rescatarlos del mar en Ceuta, el 30 de julio.
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Desde el espigón del Tarajal, donde los socorrieron, hasta el Muelle de la Puntilla, cerca de donde parten los ferris en la ciudad autónoma, fueron a toda prisa. Pudieron tardar cinco minutos en llevarlos a tierra y dejarlos en una ambulancia. “No fui solo. Todo se hizo en equipo”, recalca el agente. Su embarcación, en la que iban tres agentes, se encargó de sacarlos de allí. Antes, otro equipo, con otros tres guardias, les había auxiliado y avisó para que fueran rápido porque era un caso especialmente sensible y tenían el barco lleno de gente. Estaban desbordados.

Aquel mismo día, el padre del bebé, llamado Mohamed Mebjud, de 32 años, contaba a El PAÍS que venían de Larache y que habían nadado durante cuatro horas con un flotador. Estaba preocupado por su hijo, con dificultades de salud, y su esposa, llamada Fatna Lbidi, de la que no sabía nada desde que se la habían llevado al hospital.

Rescates como el de Mohamed y Fatna demuestran la fina línea que separa la supervivencia en un drama migratorio que se terminó cobrando 82 vidas en apenas 48 horas. Sin los brazos que les sacaron del agua o que les echaron un flotador en los momentos en los que pensaban que no resistirían, podrían haber terminado en el fondo del mar. Al menos media docena de agentes que participaron en esos auxilios relatan cómo vivieron esas horas en las que el caos y la desesperación se apoderó del espigón del Tarajal.

Desde la pandemia, los agentes del Servicio Marítimo de la Guardia Civil y el Grupo Especial de Actividades Subacuáticas (GEAS) viven volcados en las personas que juegan la vida echándose al agua en Marruecos para alcanzar territorio español de forma irregular. Aunque tienen otros cometidos, esta tarea ocupa el grueso de sus esfuerzos. Solo el año pasado, el Marítimo sacó del agua 10.000 personas, detalla su responsable, el capitán Roberto García, al frente de una plantilla de 48 agentes, incluidos los refuerzos.

El capitán Roberto García, responsable del Servicio Marítimo de la Guardia Civil, a la izquierda, junto al cabo primero Marcos, este miércoles, en CeutaJoaquín Sánchez

El día en el que se recibió un aluvión irregular de 72.000 personas que entraron desde Marruecos, los buzos del GEAS, también estaban en primera línea. Sus 19 agentes, también reforzados, llegan a lugares de difícil acceso para las embarcaciones, como las rocas, y recuperan los cuerpos de los migrantes que mueren en el intento. En 2025 sacaron del agua a 46 fallecidos. “Lo que más nos afecta son los rescates de personas con vida”, mantiene el subteniente Braulio Varela, responsable del grupo en Ceuta. Tienen que calibrar los peligros y se debaten entre el miedo y la necesidad de salvarles. “Es tanta gente que pueden agarrarte y hundirte. A veces hay que golpearlos para que te suelten”, cuenta Varela, de 59 años. “En 2021 pensamos que era lo más grande que íbamos a ver y nos equivocamos”, dice en alusión a la multitudinaria entrada de aquel año, de unas 12.000 personas.

En la última semana han trascendido cientos de imágenes que reflejan la angustia de los momentos en los que se acumuló mayor cantidad de migrantes en el espigón fronterizo. Con cientos de personas intentando subir por las rocas y los gritos de quienes no sabían nadar. En una de ellas se ve al buzo del GEAS, Oswaldo Tavío, de 54 años, socorriendo a un bebé que estuvo a punto de perderse en un mar teñido de marrón por la cantidad de personas que pataleaban para no hundirse. Aquellas horas, a partir de las 12.00, el espigón fronterizo se llenó de agentes, también los destinados en tierra, dispuestos a ayudar. Formaron una cadena de brazos para que nadie acabara en el fondo del mar.

Tavío recuerda cuando se tiraron desde la punta del espigón. Llevaban la embarcación llena de gente rescatada y llegó un momento en el que no podían utilizarla porque era peligrosa. Intentaban subir a los padres con los bebés. Les ayudaban desde Cruz Roja, también los compañeros que había en la playa, que se acercaban a medio camino. “Todo el mundo se arremangó, somos guardias civiles, es nuestro trabajo”, argumenta uno de los agentes que soltó lo que tenía entre manos e hizo lo que pudo. Una semana después, todavía hay, tirados en la zona, montones de cables con cargadores. Un camino, formado por prendas de ropa sumergidas, marca el ángulo por el que venían las personas que cruzaron en aquel gran aluvión.

La presencia de nadadores en las zonas fronterizas, especialmente en la zona de El Tarajal, pero también en la bahía norte, donde el paso por Benzú es más peligroso, es una constante y se incrementa cuando hay niebla o mala mar, porque los migrantes confían en que las patrullas marroquíes no salgan a buscarles de su lado. Tras la sentencia del Tribunal Supremo que prohibió que se devolviera a Marruecos a quienes cruzaban a nado porque no había “elementos de contención fronterizos, como las vallas”, su presencia se incrementó exponencialmente, coinciden varios agentes. En las últimas semanas habían pasado de auxiliar a 50 migrantes en una noche a unos 200. Los barcos de rescatados llegaban llenos y no se les podía devolver. El Gobierno colocó el sábado una barrera neumática de unos 500 metros de longitud junto al espigón para sortear este impedimento legal y poder hacer los rechazos en frontera.

Rescates de Guardia Civil durante la avalancha de El Taraja (Ceuta), el 30 de julio.

Tanto los agentes del Marítimo como los geas ven normal que terminen curtiéndose en este tipo de situaciones, que forman parte de su trabajo, y que deje de impresionarles. El mismo jueves, Tavío participó en el rescate de 12 chavales, entre los que había chicas, en unas rocas llamadas Piedra Pineo. Llevaban flotadores, pero eran incapaces de nadar. “Había un niño de 10 años con la cabeza caída hacia adelante, sumergida en el agua”, recuerda. Uno de ellos tenía un shock hipoglucémico. Dos agentes del Marítimo, el guardia Claudio y el cabo primero Marcos cuentan que muchos inmigrantes subsaharianos no saben cómo mantenerse en el agua y se les puede perder en un suspiro. En la madrugada del sábado, Claudio atendió a uno de ellos, que estaba sin pulso, al que practicó una reanimación cardiopulmonar. Su intervención, según le dijeron los médicos, le salvó la vida.

Braulio Varela, responsable de los GEAS de Ceuta, en el espigón de El Tarajal, el martes. ÁLVARO GARCÍA
Mohamed Mebjud y Fatna Lbidi abrazan a su hijo, de tres años, después de ser rescatados por la Guardia Civil a las siete de la mañana del 30 de julio.
Rescates de Guardia Civil durante la avalancha de El Taraja (Ceuta), el 30 de julio.
Ropa en el fondo del espigón de la Playa del Tarajal en Ceuta. ÁLVARO GARCÍA
Agentes de la Guardia Civil asisten a tres nadadores el pasado 29 de julio.Joaquín Sánchez
El buzo de la Guardia Civil Oswaldo Tavío, sentado en la punta del espigón de El Tarajal, en Ceuta.ÁLVARO GARCÍA
El capitán Roberto García, responsable del Servicio Marítimo de la Guardia Civil en Ceuta, a la derecha, junto al cabo primero Marcos, este miércoles.Joaquín Sánchez
Cables, cargadores y fundas de móvil perdidos tras el paso multitudinario de Ceuta en la punta del espigón de El Tarajal.ÁLVARO GARCÍA
El buzo de la Guardia Civil Oswaldo Tavío, de 54 años, observa el reguero de ropa que dibuja el recorrido de quienes intentaron cruzar el pasado jueves bordeando el espigón de El Tarajal. ÁLVARO GARCÍA
Una embarcación de la Guardia Civil patrulla frente a la barrera neumática de 500 metros de longitud, instalada el pasado sábado por Interior en el espigón de El Tarajal. ÁLVARO GARCÍA
Utensilio para poder trepar por el espigón olvidado en la zona fronteriza de Ceuta. ÁLVARO GARCÍA
Gafas perdidas en el espigón de El Tarajal, en Ceuta.ÁLVARO GARCÍA

El grueso de quienes se han lanzado al mar en las últimas semanas procede del norte de Marruecos y cada vez saltan más familias al completo, como Mohamed y Fatna. Los agentes describen rescates dramáticos, como el de un joven al que le faltaba un brazo y al que el resto de inmigrantes comenzó a aplaudir cuando logró subir a un barco. “El riesgo que corren es tremendo y nosotros solo cumplimos con nuestro deber de auxilio. Nadie se quedaría quieto ante una situación así”, valora uno de los consultados.

 

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