Entre el Barrio Latino y Montparnasse, se extiende una extensa superficie de 23 hectáreas: el Jardín de Luxemburgo. Muchos escritores y artistas han sentido fascinación por este parque, que data del siglo XVII cuando María de Médici , viuda de Enrique IV , decidió construir un palacio, hoy sede del Senado, y unos jardines.Durante la época en la que viví en París, todas las tardes sin excepción cruzaba la rue de Vaugirard para andar sin rumbo por sus caminos y parterres que veía desde mi habitación. Si el tiempo lo permitía, me sentaba en una de sus sillas verdes frente al estanque donde había niñeras con uniforme y niños jugando con barquitos.El Jardín de Luxemburgo era un mundo por explorar en el que siempre había un rincón por descubrir y un sitio en el que permanecer aislado, a salvo de las miradas de la gente. Solía atravesarlo en diagonal hasta la rue Auguste Comte, que confluye con el boulevard Saint-Michel . Pero siempre acababa mis pasos frente a la estatua de Verlaine, muy cerca de la rue d’Assas, rodeada de árboles. Un Verlaine con barba y bigote mira ceñudo al paseante que se detiene frente al monolito de piedra sobre el que se alza su cabeza decapitada. No hay mejores versos que los suyos, intraducibles, para expresar la tristeza del otoño: «Les sanglots longs des violons de l’automme blessent mon coeur d’une longueur monotone».Si Verlaine tiene un aire hierático en esa escultura, Baudelaire recobra vida en la estatua situada no muy lejos de la de su colega. Ambos rivalizaron por la corona de la poesía francesa, aunque Baudelaire, que murió joven, había nacido dos décadas antes. El autor de ‘Las flores del mal’ se muestra embutido en una casaca en la que introduce su mano mientras parece a punto de echarnos una bronca.Si hay algo que marca la identidad de este parque, son sus sillas. Están ahí desde hace dos siglos y se han convertido en un símbolo de París como la torre de Eiffel , la plaza de la Concordia o los Campos Elíseos . Son unas sillas metálicas, con listones curvos, de color verde. Su diseño actual data de 1923, pero no fue hasta 1955 cuando se decidió imponer ese modelo para todo el parque. Su uso es gratuito, pero no siempre fue así. En 1843, se pagaban diez céntimos por su alquiler. Desde 1974, son gratis por decisión del Senado, propietario del parque, que ha dispuesto 4.500 asientos para disfrute del público. Las sillas pueden ser movidas y colocadas a gusto de cada visitante. Muchos las llevan a la sombra de los árboles para leer, un hábito que llegué a adquirir en un caluroso verano de los años 70.El lugar más frecuentado del jardín es, sin duda, su estanque frente al majestuoso edificio barroco del Senado , al borde de unas palmeras. Pero hay también una bella fuente en honor a María de Médici, construida por orden de Haussman en 1862 e inspirada en la estética del Renacimiento. No muy lejos, existe un fantástico invernadero, con una exótica colección de orquídeas, que sólo abre un par de días al año.Victor Hugo sentía fascinación por el parque. Allí sitúa a un Marius melancólico que observa las flores de los parterres antes de cruzarse con Cosette : «El Luxemburgo estaba inundado de sombra y sol. El cielo era puro como si los ángeles lo hubieran lavado por la mañana», escribe en ‘Los miserables’.La mejor descripción literaria es, a mi juicio, la de Alfred de Musset, que apunta que el estudiante con su libro, el soñador con su pereza y el enamorado con su amada se sienten allí como en el paraíso. Así es. Luxemburgo fue mi paraíso . Entre el Barrio Latino y Montparnasse, se extiende una extensa superficie de 23 hectáreas: el Jardín de Luxemburgo. Muchos escritores y artistas han sentido fascinación por este parque, que data del siglo XVII cuando María de Médici , viuda de Enrique IV , decidió construir un palacio, hoy sede del Senado, y unos jardines.Durante la época en la que viví en París, todas las tardes sin excepción cruzaba la rue de Vaugirard para andar sin rumbo por sus caminos y parterres que veía desde mi habitación. Si el tiempo lo permitía, me sentaba en una de sus sillas verdes frente al estanque donde había niñeras con uniforme y niños jugando con barquitos.El Jardín de Luxemburgo era un mundo por explorar en el que siempre había un rincón por descubrir y un sitio en el que permanecer aislado, a salvo de las miradas de la gente. Solía atravesarlo en diagonal hasta la rue Auguste Comte, que confluye con el boulevard Saint-Michel . Pero siempre acababa mis pasos frente a la estatua de Verlaine, muy cerca de la rue d’Assas, rodeada de árboles. Un Verlaine con barba y bigote mira ceñudo al paseante que se detiene frente al monolito de piedra sobre el que se alza su cabeza decapitada. No hay mejores versos que los suyos, intraducibles, para expresar la tristeza del otoño: «Les sanglots longs des violons de l’automme blessent mon coeur d’une longueur monotone».Si Verlaine tiene un aire hierático en esa escultura, Baudelaire recobra vida en la estatua situada no muy lejos de la de su colega. Ambos rivalizaron por la corona de la poesía francesa, aunque Baudelaire, que murió joven, había nacido dos décadas antes. El autor de ‘Las flores del mal’ se muestra embutido en una casaca en la que introduce su mano mientras parece a punto de echarnos una bronca.Si hay algo que marca la identidad de este parque, son sus sillas. Están ahí desde hace dos siglos y se han convertido en un símbolo de París como la torre de Eiffel , la plaza de la Concordia o los Campos Elíseos . Son unas sillas metálicas, con listones curvos, de color verde. Su diseño actual data de 1923, pero no fue hasta 1955 cuando se decidió imponer ese modelo para todo el parque. Su uso es gratuito, pero no siempre fue así. En 1843, se pagaban diez céntimos por su alquiler. Desde 1974, son gratis por decisión del Senado, propietario del parque, que ha dispuesto 4.500 asientos para disfrute del público. Las sillas pueden ser movidas y colocadas a gusto de cada visitante. Muchos las llevan a la sombra de los árboles para leer, un hábito que llegué a adquirir en un caluroso verano de los años 70.El lugar más frecuentado del jardín es, sin duda, su estanque frente al majestuoso edificio barroco del Senado , al borde de unas palmeras. Pero hay también una bella fuente en honor a María de Médici, construida por orden de Haussman en 1862 e inspirada en la estética del Renacimiento. No muy lejos, existe un fantástico invernadero, con una exótica colección de orquídeas, que sólo abre un par de días al año.Victor Hugo sentía fascinación por el parque. Allí sitúa a un Marius melancólico que observa las flores de los parterres antes de cruzarse con Cosette : «El Luxemburgo estaba inundado de sombra y sol. El cielo era puro como si los ángeles lo hubieran lavado por la mañana», escribe en ‘Los miserables’.La mejor descripción literaria es, a mi juicio, la de Alfred de Musset, que apunta que el estudiante con su libro, el soñador con su pereza y el enamorado con su amada se sienten allí como en el paraíso. Así es. Luxemburgo fue mi paraíso .
Entre el Barrio Latino y Montparnasse, se extiende una extensa superficie de 23 hectáreas: el Jardín de Luxemburgo. Muchos escritores y artistas han sentido fascinación por este parque, que data del siglo XVII cuando María de Médici, viuda de Enrique IV, decidió construir … un palacio, hoy sede del Senado, y unos jardines.
Durante la época en la que viví en París, todas las tardes sin excepción cruzaba la rue de Vaugirard para andar sin rumbo por sus caminos y parterres que veía desde mi habitación. Si el tiempo lo permitía, me sentaba en una de sus sillas verdes frente al estanque donde había niñeras con uniforme y niños jugando con barquitos.
El Jardín de Luxemburgo era un mundo por explorar en el que siempre había un rincón por descubrir y un sitio en el que permanecer aislado, a salvo de las miradas de la gente. Solía atravesarlo en diagonal hasta la rue Auguste Comte, que confluye con el boulevard Saint-Michel. Pero siempre acababa mis pasos frente a la estatua de Verlaine, muy cerca de la rue d’Assas, rodeada de árboles.
Un Verlaine con barba y bigote mira ceñudo al paseante que se detiene frente al monolito de piedra sobre el que se alza su cabeza decapitada. No hay mejores versos que los suyos, intraducibles, para expresar la tristeza del otoño: «Les sanglots longs des violons de l’automme blessent mon coeur d’une longueur monotone».
Si Verlaine tiene un aire hierático en esa escultura, Baudelaire recobra vida en la estatua situada no muy lejos de la de su colega. Ambos rivalizaron por la corona de la poesía francesa, aunque Baudelaire, que murió joven, había nacido dos décadas antes. El autor de ‘Las flores del mal’ se muestra embutido en una casaca en la que introduce su mano mientras parece a punto de echarnos una bronca.
Si hay algo que marca la identidad de este parque, son sus sillas. Están ahí desde hace dos siglos y se han convertido en un símbolo de París como la torre de Eiffel, la plaza de la Concordia o los Campos Elíseos. Son unas sillas metálicas, con listones curvos, de color verde. Su diseño actual data de 1923, pero no fue hasta 1955 cuando se decidió imponer ese modelo para todo el parque.
Su uso es gratuito, pero no siempre fue así. En 1843, se pagaban diez céntimos por su alquiler. Desde 1974, son gratis por decisión del Senado, propietario del parque, que ha dispuesto 4.500 asientos para disfrute del público. Las sillas pueden ser movidas y colocadas a gusto de cada visitante. Muchos las llevan a la sombra de los árboles para leer, un hábito que llegué a adquirir en un caluroso verano de los años 70.
El lugar más frecuentado del jardín es, sin duda, su estanque frente al majestuoso edificio barroco del Senado, al borde de unas palmeras. Pero hay también una bella fuente en honor a María de Médici, construida por orden de Haussman en 1862 e inspirada en la estética del Renacimiento. No muy lejos, existe un fantástico invernadero, con una exótica colección de orquídeas, que sólo abre un par de días al año.
Victor Hugo sentía fascinación por el parque. Allí sitúa a un Marius melancólico que observa las flores de los parterres antes de cruzarse con Cosette: «El Luxemburgo estaba inundado de sombra y sol. El cielo era puro como si los ángeles lo hubieran lavado por la mañana», escribe en ‘Los miserables’.
La mejor descripción literaria es, a mi juicio, la de Alfred de Musset, que apunta que el estudiante con su libro, el soñador con su pereza y el enamorado con su amada se sienten allí como en el paraíso. Así es. Luxemburgo fue mi paraíso.
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