Solo tres grandes industrias entendieron a lo largo de la historia de la humanidad las virtudes que entraña cultivar el misterio, revelar poco de uno mismo para aspirar a todo lo que tienen los demás: la religión, el lujo y José Mourinho.
El portugués sigue siendo un enigma aspiracional, inquietante a veces y otras, un villano generoso que acepta su papel de malvado solo para que la película en la que participa no sea un aburrimiento
Solo tres grandes industrias entendieron a lo largo de la historia de la humanidad las virtudes que entraña cultivar el misterio, revelar poco de uno mismo para aspirar a todo lo que tienen los demás: la religión, el lujo y José Mourinho.
El portugués es una caja cerrada, un ser impermeable a cualquier análisis real sobre lo que pueda contener ese recipiente. No expone su vida personal, no se sabe casi nada de su mujer, de sus hijos (excepto que uno era del Barça), de sus verdaderos sentimientos. Ignoramos lo que piensa realmente. Podría ser un auténtico malvado, aunque se intuye teatro. “Cuando camino por el túnel de vestuarios hasta el campo es el último momento en el que pienso en la gente que quiero”, explica en su documental en Netflix. Aquí hay información. Como mínimo que también es capaz de querer a alguien que no sea él mismo.
Mourinho sigue siendo aquel misterio que conquistó la Premier League tras una Champions con el Oporto sin que nadie supiera quién era realmente. The Special One. Un narcisista, arrogante con trazas de viejos complejos.
Pero hay muchos más. Uno diría que alguien que incendia partidos, promueve la agresividad, no puede ser una buena persona. Pero hay algo ahí dentro desconcertante, como si fuera uno de esos villanos de cómic que aceptan de forma altruista exagerar su maldad para que los buenos parezcan más buenos de lo que son realmente -le pasó a Guardiola- y la película para la que les han contratado no se convierta en un coñazo cuando los resultados no acompañan.
Mourinho, supimos el otro día, comparte ahora piso —en la ciudad deportiva de Valdebebas— con Cucurella y Carlos Espí. Dice que son muy simpáticos, especialmente el segundo, que está todo el día de cachondeo. Se lo pasa en grande y son muy buenos chicos, sintetiza. Ignoramos qué piensan ellos, claro.
Mourinho sigue siendo un enigma. Lo es también saber su forma de relacionarse con los jugadores, esa manera de forjar soldados y lealtades de hierro. La pregunta es si seguirá funcionando con una generación 20 años más joven que los Zanetti, Drogba o Carvalho. “Saldría en un ataúd del campo si él me lo pidiera”, dice Lampard en el documental. A Terry o a Cech les recriminaba que no se infiltrasen para seguir jugando, aunque estuvieran lesionados. “Con la espalda rota sigues siendo mejor que el resto”, convencía al portero. No está claro que la generación Z que campa por las canchas hoy, más inclinada a los métodos empáticos, suaves y paternalistas de entrenadores como Flick, comparta esas ideas sobre la autoridad y el sacrificio.
Mourinho es un producto aspiracional que permite soñar con lo que nunca tuviste, lo que deseas. Pero es también muy desconcertante. Incluso para quienes no lo tragan. Hace gracia, te hace sonreír, igual que lo hacía Trump en algún momento de su primer mandato, antes de convertirse en un tirano global enajenado. Una forma de cuñadismo exacerbada, políticamente incorrecta que incluso puede llegar a agradecerse en el sintético mundo del fútbol.
Mourinho, 13 años después de comenzar el declive de su carrera fuera de España, sigue siendo la misma persona que le metió el dedo en el ojo a Tito Vilanova y que nunca pidió perdón. El portugués es el trumpismo en estado puro, incluso antes de que existiera ese fenómeno, por mucho que nos digan ahora que ha cambiado, que está más maduro. “Hago más fuertes a los fuertes, pero los mediocres tienen problemas conmigo”. Darwinismo acomplejado. Y un cierto resentimiento, ese espíritu de revancha que intoxica determinados fenómenos políticos actuales.
Y entonces me imagino otra vez a Espí viviendo con el tipo. Pasándolo en grande por las noches viendo las repeticiones de los partidos de la Premier y criticando a otros entrenadores. O contando anécdotas de otras épocas. Historias de Lampard, de Terry, de Deco, que le consideró un adelantado a quien se comió su personaje. Y entonces te vuelves a reír con el personaje. ¿Ha cambiado Mourinho? Quién sabe. El tiempo pasa, pero como decía Toshack en uno de los aforismos más lúcidos del fútbol, el sábado siempre terminan jugando los mismos cabrones.
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