Promete ser el rey de los gasoductos. Con un trazado total de más de 2.600 kilómetros, el Poder de Siberia 2 está llamado a cambiar dos cosas para siempre: los flujos globales de gas natural y la alianza, de por sí sólida, entre China y Rusia. Aún quedan algunos cabos sueltos para que sea un hecho, pero, tras la reunión de este martes entre Xi Jinping y Vladímir Putin, el camino parece pavimentado para que el tubo que enlazará la península de Yamal ―uno de los mayores yacimientos de gas del planeta― con Pekín y Shanghái acabe siendo realidad.
Rusia y China acercan posturas para conectar por tubo el Círculo Polar Ártico con Shanghái, pero las prisas están del lado de Moscú
Promete ser el rey de los gasoductos. Con un trazado total de más de 2.600 kilómetros, el Poder de Siberia 2 está llamado a cambiar dos cosas para siempre: los flujos globales de gas natural y la alianza, de por sí sólida, entre China y Rusia. Aún quedan algunos cabos sueltos para que sea un hecho, pero, tras la reunión de este martes entre Xi Jinping y Vladímir Putin, el camino parece pavimentado para que el tubo que enlazará la península de Yamal ―uno de los mayores yacimientos de gas del planeta― con Pekín y Shanghái acabe siendo realidad.
La promesa que trae bajo el brazo el altisonante Poder de Siberia 2 también es doble. Para China, es una forma de abaratar su factura futura, cubriendo la octava parte de sus necesidades internas de un combustible clave para su industria y reduciendo su necesidad de salir al hoy disputadísimo mercado del gas natural licuado (GNL, que viaja por barco). Para Rusia, urgida por una situación económica interna que es de todo menos tranquilizadora, es la única salida posible para colocar los volúmenes que vendía a la Unión Europea antes de la invasión de Ucrania.

En qué consiste. El objetivo del proyecto es conectar el principal punto de extracción de gas de Rusia, en pleno Círculo Polar Ártico, con algunos de los principales polos económicos chinos. Complementar, en fin, el Poder de Siberia 1, activo desde 2019 y por el que ya fluyen 38 millardos de metros cúbicos (bcm) de gas al año, el equivalente a la demanda de un país como España. Cuando esté listo, su hermano mayor permitirá transportar prácticamente 50 bcm, casi tanto como el consumo de Italia en un año. Conjuntamente, ambos tubos cubrirán la quinta parte de la demanda china.
La idea del Poder de Siberia 2 se remonta a dos décadas atrás, cuando otro viaje oficial de Putin a Pekín ―ya van 25, que se dice pronto― puso la primera semilla del proyecto. Tras años en barbecho, la toxicidad del gas ruso en Occidente a raíz de la invasión de Ucrania ―la UE tiene vetadas las llegadas por tierra desde el país euroasiático― aceleró los planes. Moscú necesita nuevas rutas para dar salida a sus vastas reservas de energía fósil, clave de bóveda de su economía, antes de que sea demasiado tarde.
Aunque ambas partes están interesadas, quien más interés tiene hoy en que el proyecto termine de cristalizar es el Kremlin. En especial, su gran gasista estatal, Gazprom, que lleva años sufriendo en carne propia el hundimiento de las ventas a Europa. Las prisas están de su lado.

En qué punto está. Tras la cumbre del martes entre Xi y Putin, el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, anunció un “entendimiento compartido sobre los principales parámetros del Poder de Siberia 2: la ruta y la forma en la que se construirá”. Algunos “detalles”, reconoció, siguen en el aire, y el calendario para llevarlo a cabo sigue sin concretarse. Pero de sus palabras, y a pesar de que las autoridades chinas han optado por no pronunciarse, se infiere un avance.
El trazado ―atravesará Mongolia casi por completo en su tercio nororiental, antes de entrar en territorio chino― ya está decidido. Su coste, sin embargo, sigue entre interrogantes, pero las estimaciones más conservadoras lo sitúan por encima de los 10.000 millones de euros al cambio. De ahí para arriba.
En septiembre del año pasado, Putin ya dio por cerrado el sistema que fijará el precio futuro del combustible: será, dijo, una fórmula similar a la que regía antaño en los flujos que enviaban a la UE a través del malogrado Nord Stream, hasta su sabotaje. Aquellos precios eran de derribo en comparación con los que paga hoy por el GNL, la principal y casi única muleta en la que los Veintisiete han podido apoyarse para superar el trance. No obstante, y dado el creciente desequilibrio de fuerzas en la negociación, China probablemente tenga más margen para rebajar el coste del gas.
Por qué ahora. El momento es el más propicio. Por el lado ruso porque, con la vía europea cerrada sine die, necesita como el comer divisas a cambio de una de sus materias primas más codiciadas. Por el chino, porque el reciente cierre del estrecho de Ormuz le ha privado de dos de sus principales proveedores (Qatar y Emiratos Árabes Unidos), y la diversificación cobra más sentido que nunca.
En lo puramente económico, aunque en los primeros años de operación este tipo de infraestructuras el precio de los envíos es más alto, a largo plazo el gas que llega por tubo suele ser notablemente más barato que el que viaja en barco. Con un periodo estimado en unos 30 años, ambos países tendrán tiempo suficiente para exprimirlo antes de que el gas natural pase a mejor vida. El centro de estudios del gigante energético chino CNPC proyecta un aumento medio de la demanda del 5% de aquí a 2030.

Qué supone para el resto del mundo. A corto plazo, nada: la propia China calcula que, desde el momento en el que la luz verde de ambas partes sea definitiva, la fase de construcción durará al menos cinco años. Después transcurrirá casi otro lustro hasta que pueda operar a su máxima capacidad.
A la larga, en cambio, sí supondrá una potente vuelta de tuerca sobre los flujos energéticos mundiales. Al recibir más gas desde Rusia, China estará mucho menos apremiada a acudir al competido bazar global del GNL ―abastecido en gran medida por Estados Unidos desde el cierre de Ormuz―, liberando espacio para que la UE, Japón o la India, por citar los casos más obvios, puedan saciar su sed importadora.
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