De forma sistemática, Vladímir Putin sofoca y destruye la memoria del terror estalinista y la sustituye por una construcción artificial de mitos, tergiversaciones y silencios selectivos sobre el pasado. La manipulación, utilizada para justificar la guerra contra Ucrania, se ha intensificado a medida que la contienda se prolonga.
La ilegalización de la organización Memorial, premio Nobel de la Paz, es un paso cualitativo del Kremlin para monopolizar la interpretación de la historia
De forma sistemática, Vladímir Putin sofoca y destruye la memoria del terror estalinista y la sustituye por una construcción artificial de mitos, tergiversaciones y silencios selectivos sobre el pasado. La manipulación, utilizada para justificar la guerra contra Ucrania, se ha intensificado a medida que la contienda se prolonga.
La propaganda rusa identifica la agresión a Ucrania con la defensa de la URSS frente a los invasores alemanes en la Gran Guerra Patria (tal como Rusia denomina la participación soviética en la II Guerra Mundial desde 1941). La radical diferencia entre ambas contiendas no importa.
Debidamente procesada por el Kremlin, la agresión rusa se representa como la reacción ante unas supuestas intenciones agresivas de la OTAN, agazapada tras Ucrania. Los patriotas y defensores ucranios se convierten así en “terroristas”, “extremistas” y “nazis”.
En este contexto, es relevante que las autoridades rusas hayan declarado como “organización extremista” a Memorial, la entidad galardonada con el premio Nobel de la Paz que, desde su fundación en 1989, se dedicaba al recuerdo de la represión estalinista y a la defensa de los derechos humanos.
La ilegalización de Memorial y la transformación de sus fundadores y miembros en “delincuentes” es un paso cualitativo no solo para difuminar la memoria, sino también para monopolizar la interpretación de la historia y para transformar realidades complejas en dogmas controlados.
Stalin vuelve a presentarse según los cánones soviéticos más ortodoxos, para los cuales aquel dirigente tuvo el papel personal clave en la victoria sobre el nazismo. Esta visión minimiza o borra las represiones masivas, las purgas que debilitaron al Ejército Rojo, la naturaleza del pacto germano-soviético y el carácter y objetivos de la colaboración entre la URSS y los aliados occidentales.
El historiador Serguéi Ehrlich, director del proyecto Istoricheskaia Expertisa, dedicado a los bulos históricos en el espacio postsoviético, distingue dos procesos paralelos: por una parte “los delitos de Stalin” y por otra “el deseo de ensalzar a aquel dirigente como organizador de la Victoria”. “Para blanquear la figura de Stalin hay que olvidar la represión y sus víctimas y también el pacto germano-soviético”, dice.
“La retórica de los dirigentes rusos, no solo de Putin, está construida sobre una fórmula según la cual la actual guerra contra Ucrania es la continuación de la Gran Guerra Patria contra los nazis”, afirma el historiador. Durante mucho tiempo, prosigue, Putin evitó elogiar a Stalin, entre otras razones por comprender que muchos pueblos del Cáucaso, deportados durante la II Guerra Mundial, lo consideraban “un diablo, culpable de una tragedia imperdonable”.
El historiador observó un cambio en la retórica pública de Putin en 2025 cuando este dijo a los líderes parlamentarios: “No se puede olvidar el papel personal de Iosif Stalin en la Victoria en la Gran Guerra Patria, hay que intentar despolitizarlo”. Tras admitir “problemas relacionados con la represión”, Putin afirmó entonces: “No es justo olvidar el papel que desempeñó esta persona concreta (Stalin) en la victoria del pueblo soviético”.
La tendencia a subordinar la memoria de la represión a la memoria del victorioso caudillo, “símbolo de la lucha contra el neonazismo”, se plasma, según Ehrlich, en la proliferación de monumentos a Stalin, que bate récords en Rusia. En el otoño de 2023 su número era de 110 y, de ellos, 95 habían sido erigidos en época de Putin, según un estudio de la publicación Mozhem Obyasnit. Simultáneamente, en Rusia se están eliminando los símbolos de la represión.
Como presidente, Putin recurrió a distintas concepciones en diversos momentos. En 2017 inauguró en Moscú “El Muro del Dolor”, una composición escultórica dedicada a las víctimas de la represión política. Acompañado de la viuda del escritor Alexandr Solzhenitsin y de familiares de otros represaliados, Putin dijo: “Es fundamental conocer y recordar este trágico período de nuestra historia, cuando estamentos enteros, naciones enteras, fueron sometidas a una persecución brutal [que] no perdonó ni al talento, ni al mérito ante la patria (…); a cualquiera se le podían imputar cargos inventados y absolutamente absurdos. Millones de personas fueron declaradas ‘enemigas del pueblo’, fueron fusiladas o mutiladas, y sufrieron los tormentos de las cárceles, los campos de concentración y el exilio”. “Este pasado horrible no se puede eliminar de la memoria nacional y mucho menos justificarse con nada”, sentenció.
La memoria de los represaliados y la memoria de los represores coexisten hasta hoy en Rusia. El Servicio Federal de Seguridad (FSB), sucesor del KGB y del NKVD soviéticos, no fue purgado ni ideológicamente modernizado al desintegrarse la URSS.
Los herederos ideológicos del KGB y el NKVD gobiernan en Rusia y han instaurado su monopolio en la política y en la historia y, tanto en la una como en la otra, las disidencias pueden ser castigadas con la cárcel. Los castigos por difundir conclusiones que no sean las oficiales sobre la historia de la II Guerra Mundial, junto con el cierre de los archivos y la inclusión de historiadores independientes o críticos en las listas de “agentes extranjeros” o “indeseables”, obstaculizan e impiden la investigación.
No se trata de una cuestión de convicciones, sino de poder y control. Ehrlich considera “puro cinismo” que “el recuerdo de la II Guerra Mundial sea utilizado como combustible para la guerra en Ucrania y los veteranos de guerra como arma política”.
Al ilegalizar Memorial, Rusia cierra un ciclo que comenzó durante la perestroika, cuando el líder soviético Mijail Gorbachov aceptó que aquella entidad, en la que confluía la memoria de muchos sectores sociales, fuera legalizada como organización ciudadana, aparentemente a petición de Elena Bonner, la viuda del científico y premio Nobel de la Paz Andréi Sájarov. Fue en 1990, en tiempos de Gorbachov, cuando se colocó la piedra de Solovetsk, conmemorativa de la represión estalinista, junto a la central del KGB en Moscú.
Con Boris Yeltsin al frente de Rusia (1991-1999), Memorial siguió desarrollándose y obtuvo sus locales (ahora clausurados) en la capital rusa, aunque ya en los noventa la organización se enfrentó con las autoridades, según recuerda la historiadora Irina Scherbakova, cofundadora de Memorial y hoy en el exilio. Motivos de las divergencias fueron el enfrentamiento entre el poder ejecutivo y el legislativo en 1993 (que concluyó con el bombardeo del Parlamento) y las denuncias de los abusos cometidos por militares y cuerpos de seguridad durante la primera guerra de Chechenia (1994-1996).

La paradoja del Estado ruso hoy es que, mientras las autoridades siguen trabajando en la “rehabilitación” de las víctimas de la represión estalinista, también lo hacen en el proceso de “des-rehabilitación”, pero ambas cosas transcurren al margen de la sociedad, controladas por fiscales, jueces e instituciones herederas de los verdugos.
Con Putin, que intentó ingresar en los órganos de seguridad del Estado cuando todavía era niño, la memoria de los ejecutores de la política estalinista ha desbancado a la memoria de las víctimas. Los muchos rusos que hoy secundan la narrativa oficial llevan a reflexionar sobre la lógica distorsionada, la confusión y la fuerza de los clichés sobre Rusia como fortaleza acosada por todos.
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