En Ceuta hay lugares donde todos son doblemente extraños. Extraños entre sí y extraños en la ciudad. Este, en concreto, tiene una geometría casi burlona: apenas 20 metros dentro de los 20 kilómetros cuadrados de la ciudad autónoma, como un mundo pequeño dentro de otro mundo que se salió del eje con la entrada masiva de migrantes a finales de julio. Dos meses después, quedan pocas cosas que no hayan transformado su forma cotidiana; casi nada es como antes. Tampoco en esta lavandería de muros azules, donde todo finge ser igual de anónimo que siempre –solo gente entrando con ropa sucia y saliendo con ella limpia–, pero no lo es.
En mitad de un clima social de tensión, hay espacios en Ceuta donde diferentes grupos conviven forzosamente
En Ceuta hay lugares donde todos son doblemente extraños. Extraños entre sí y extraños en la ciudad. Este, en concreto, tiene una geometría casi burlona: apenas 20 metros dentro de los 20 kilómetros cuadrados de la ciudad autónoma, como un mundo pequeño dentro de otro mundo que se salió del eje con la entrada masiva de migrantes a finales de julio. Dos meses después, quedan pocas cosas que no hayan transformado su forma cotidiana; casi nada es como antes. Tampoco en esta lavandería de muros azules, donde todo finge ser igual de anónimo que siempre –solo gente entrando con ropa sucia y saliendo con ella limpia–, pero no lo es.
Porque los que transitan este minúsculo espacio hace dos meses no estaban aquí, pero nada más entrar se reconocen. Una tarde cualquiera, tres treintañeros llegan ataviados con ropa deportiva, aminorando el volumen de la conversación en respeto a ese indescifrable silencio eclesial que suele operar en cualquier lavandería. El escrutar minucioso que hacen al llegar al lugar les delata rápidamente: son policías, cuatro de los más de medio millar que han acudido a Ceuta como refuerzo ante la emergencia. Reparan en los migrantes que hay al fondo, esperando en la zona de sillas a que acabe el ciclo de secado.
La severa radiografía visual provoca que dos de ellos se recoloquen en el asiento, como alumnos disciplinados de un colegio muy estricto. Son tres, entre los más de 10.000 que quedan en la ciudad. El último se distraía con el móvil, pero cuando alza la vista, las cejas se le disparan al ver un uniforme de Policía Nacional entrando en el tambor de la lavadora de 16 kilos. Con una velocidad tan pausada como impostada, sale con pasos pequeños del habitáculo y se sienta en el exterior a fumar un cigarrillo. Los policías estiran el cuello en su dirección, alerta. Él otea desde la puerta su máquina, donde da vueltas algo que golpea el tambor y el silencio, pero no llega a verlo bien. Desde el exterior, llama la atención de una mujer que está de pie frente a la lavadora vecina, trasteando en una tableta electrónica con teclado. “¿Cuánto?“, le pregunta él en español. Ella responde lo que ve en la pantalla: 21 minutos exactos. Él resopla y agradece. La mujer recibe un llamada de teléfono, habla de reportajes, de cifras y traslados de migrantes. Es periodista, una de los más de dos centenares que se han desplazado hasta aquí desde que empezó todo, para contar.
En la Ceuta que está fuera, los tres grupos se interrelacionan con una geografía social más o menos clara. Unos huyen de los otros, otros buscan a los unos. Obedecen y también chocan. Pero durante este paréntesis de tiempo variable –una hora, depende del grosor de las prendas– se ven forzados a convivir por una cuestión tan provisional como su estancia allí. Ninguno tiene lavadora. Igualados en la carencia y también en el quebranto de normas: “¿Qué pasa, que no veis la foto? ¡No se pueden secar las zapatillas, se rompe la máquina!“, amonesta el dueño del negocio, que aparece por una puerta trasera alertado por el traqueteo del calzado centrifugándose. Señala una pegatina que lo prohíbe en el frontal de dos de las máquinas, una que usa un policía y otra que usa un migrante. Dice que siempre es igual, a esto no ha afectado la entrada masiva. Los infractores intercambian miradas cómplices, de pronto un puente de hermanamiento entre insumisos.

De soslayo o con descaro desafiante, aquí se cumple el ritual de cualquier otra lavandería autoservicio, territorios de intimidad pública. Todos se abandonan a la tentación de escarbar con los ojos en la prenda ajena, descifrar la vida del otro por los enseres que va a limpiar. Para Ahmed, uno de los migrantes, su vida entera cabe en esa bolsa. Mete todo lo que tiene en el tambor, hasta que se atasca el tirabuzón de una sábana de franela deslucida, con osos y arcoíris al borde de lo translúcido. Ahmed duerme en la Playa del Trampolín, no solo viene a asear su ropa, también su cama. Coloca apresurado en el interior una almohada amarillenta y saca del bolsillo un billete arrugado para canjearlo por monedas. Le falta un euro, la máquina no arranca. El pitido voraz pide más. Antes de que diga nada, el chaval de fuera tira el cigarrillo y le añade la moneda que faltaba. No ven que, a su espalda, el más joven de los agentes ya iba hacia ellos con las monedas tintineando en el puño entreabierto. Cuando arranca el lavado, da la vuelta y vuelve a doblar su ropa de running, uniéndose a las quejas de los compañeros, celosos de los militares que sí tienen lavadora en el cuartel. Disimula algo, difícil saber qué.
Antes de que se cumplan los 21 minutos, entran madre e hijo y dos inmensas bolsas. La repleta de alimentos la colocan bajo una silla, la otra va directa al tambor más grande. Ella aparta al hijo a manotazos, el proceso es suyo. Ha venido hasta aquí desde Marruecos para ayudarle. Esta mañana le ha recogido en el garaje en el que duerme por doscientos euros al mes desde que cruzó la frontera, le ha hecho la compra y ahora le reprende por un lamparón grasiento en una camiseta. Sus carantoñas cómplices inundan de calidez el rugido metálico de la estancia y algo en la química de la lavandería cambia, se destensa. Otro periodista les pide los teléfonos; es una buena historia. El dueño del local vuelve a aparecer, esta vez más charlatán. Ya no hay zapatos dando vueltas. Departe con todos un rato, en dariya y en castellano. Nació en Fez, lleva en Ceuta desde niño. “Antes aquí había un restaurante chiquitito de hindúes, hacían un curry delicioso”, recuerda. Le entra hambre y se va, dejando tras de sí una frase lacónica de las que piden mármol: “El hambre no cruza fronteras”, afirma. En la convivencia forzosa de la lavandería se instala un silencio en forma de desconcierto. No dura mucho.
“Se te ha caído un calcetín”, se escucha varias veces. Se lo dice el periodista a un migrante; el policía a la periodista después. Y también le pasa a un caballa, el único ceutí que acude al autoservicio. Vive en una caravana, cuenta excusándose, lava sábanas y mantas; el frío está al llegar. Observa curioso el ecosistema de este mundo diminuto y habla de lo que ocurre fuera. Fue testigo desde el primer día; estaba cerca de la frontera del Tarajal. “Por eso estáis todos aquí. Cuando me toque volver, igual no estáis ya”, concluye, o profetiza. El resto pliega las prendas en las cestas coloridas, ya limpias. Se ha esfumado parte del pudor de una hora atrás; nadie dobla apresurado la ropa interior porque la frontera de lo privado lleva rato desdibujada.
Enmarcado en la circunferencia de la puerta de una lavadora abierta, se observa el mundo fuera, distorsionado. Allí sigue la emergencia migratoria, con patrullas militares, sirenas de furgones policiales aullando, niños arremolinándose frente a un supermercado. Y aquí, entre un trasegar de calcetines, calzoncillos y mudas sucias, están los que la controlan, los que la cuentan y los que la provocan. Relacionándose en una tregua efímera que huele a suavizante, de los que no duran demasiado, pero algo perfuman. Casi nadie ha saludado al entrar, pero todos se despiden al salir con escuetos “hasta luego”. Como si algo, lo que sea, hubiera entrado sucio ahí dentro y regresara fuera quizá no limpio, pero sí más higienizado.
