Muchos dicen que llevan todo el día viendo en bucle imágenes de ella. Otros la han pensado de camino al trabajo. O a la vuelta. Hay quienes ayer sintieron la necesidad de escribirle algo, pero no salían las palabras. Un “muchas gracias” es lo que les pedía el corazón. La rabia les hizo añadir los “lucharemos nosotros por ti” o “un piso, un techo, una cama, agua”. Y algunos más duros, hartos: “A Maricarmen la mataron”. Negro sobre pedazos de cartón, en hojas sueltas, con spray sobre una lona. Los colocaron sobre sus tiendas y los han llevado a la marcha que este jueves ha reunido a unas 20.000 personas en el centro de Madrid, según la Delegación del Gobierno, para honrar a Maricarmen Abascal, la mujer que les impulsó a tomar la calle, a plantar la primera tienda y 1.000 más.
Unas 20.000 personas han salido de la Puerta del Sol hacia la casa de la que la mujer de 87 años fue desahuciada hace dos semanas
Muchos dicen que llevan todo el día viendo en bucle imágenes de ella. Otros la han pensado de camino al trabajo. O a la vuelta. Hay quienes ayer sintieron la necesidad de escribirle algo, pero no salían las palabras. Un “muchas gracias” es lo que les pedía el corazón. La rabia les hizo añadir los “lucharemos nosotros por ti” o “un piso, un techo, una cama, agua”. Y algunos más duros, hartos: “A Maricarmen la mataron”. Negro sobre pedazos de cartón, en hojas sueltas, con spray sobre una lona. Los colocaron sobre sus tiendas y los han llevado a la marcha que este jueves ha reunido a unas 20.000 personas en el centro de Madrid, según la Delegación del Gobierno, para honrar a Maricarmen Abascal, la mujer que les impulsó a tomar la calle, a plantar la primera tienda y 1.000 más.
Media hora antes de las 20.00, la hora prevista para que comenzara la marcha, la actividad en la ciudad ácrata de la Puerta del Sol era frenética.
―Compas, ¿dónde está la ferretería? Quiero dejar esto antes de la marcha.
La ferretería está en lo profundo del mar de tiendas. Todos querían dejar su trozo de suelo listo y recogido antes de echar a andar, desde la Sol, el epicentro de lo que provocó Maricarmen, hasta la que fue su casa durante siete décadas, en el distrito de Retiro. “¡Salimos desde Alcalá, desde Alcalá!”, se oía bajo las lonas azules.
La caminata ha empezado minutos después. Parecía una manifestación, pero era otra cosa. Un adiós colectivo y triste. Una marcha funeraria de quienes la conocían y quienes no y aun así la sentían cerca. En mitad de la calle de Alcalá, una corona de flores naranjas ―el color del Sindicato de Inquilinas―, encabezaba la comitiva, con un lazo blanco que reza: “Seguiremos luchando por ti, te quiere, tu Sindicato”. Y justo debajo, una hoja de papel, escrita a ordenador: “Murió en acto de servicio en defensa de su dignidad”.
La corona la custodiaba una fila de chalecos naranjas. Son los miembros del sindicato, a quienes Maricarmen llamaba “su familia”. A las 20.30, miles de personas ya caminaban a la casa a la que la mujer no pudo volver. Muchos suben los brazos y enseñan fotos de Maricarmen de todos los tamaños, sonriendo, con el puño en alto en uno de los tres desahucios que consiguieron parar. Otros llevan velas y las protegen del viento. Quieren que lleguen encendidas hasta el portal, donde ya hay colocadas más de 100. A lo largo del día, vecinos y no vecinos han ido llenando el altar improvisado que brotó poco después de conocerse su muerte, hace justo 24 horas.
Lucía López, de 60 años, y su hijo Andrés Miranda, de 27, llevan un folio de papel con un lazo negro colgado de la chaqueta. Es su forma de homenajear a Maricarmen. López, profesora, ya ha estado en varias manifestaciones durante los últimos días. Es su forma de afrontar la “profunda tristeza” que le genera “una sociedad que puede tratar así a personas como Maricarmen”. Su hijo, que se dedica a las finanzas, ha venido este jueves por primera vez a una convocatoria del Sindicato de Inquilinas. Cree que la muerte de Maricarmen “es una consecuencia de este sistema”. “En algún momento había que decir basta”, zanja.

Los coros habituales de las manifestaciones llegan por oleadas, cautos, porque la mayor parte del recorrido se hace en silencio. Los grupos de amigos que han venido juntos apenas hablan, en una suerte de minuto de silencio perpetuo.
Esta quietud se rompe al llegar al Palacio de Cibeles, la sede del Ayuntamiento de Madrid. Estallidos, proclamas, pitos: “¡No son muertes, son asesinatos!”, “¡No queremos hacer las paces, esto es lucha de clases!”. Hace dos horas, PP y Vox se han negado a participar en un minuto de silencio propuesto por Más Madrid y secundado por el PSOE. Para no “instrumentalizar la muerte de ninguna persona”, han defendido.
Entre los que gritan está Mikel Azkoitia, pamplonés de 59 años. La muerte de Maricarmen le ha cogido en Madrid por trabajo y ha decidido unirse a la marcha. “Qué menos”, dice vestido con camiseta y pantalón corto a pesar del aire frío. Se enteró de la noticia “por el telediario” y le provocó “muchísima tristeza”. Por eso recorre ahora la calle de Alcalá en dirección a casa de Maricarmen, pero también para luchar por una vivienda para sus hijos, que, aunque ya tienen edad para emanciparse, “no pueden ni intentarlo”.
A pocos metros, Lola Martínez, que ha venido aquí con su hija, Carmen Carreño, corean las proclamas. Martínez tiene 60 años y es directora de instituto. En cuanto se enteró de la muerte de Maricarmen, llamó a su hija, porque no se lo creía. “Desgraciadamente, se ha convertido en un símbolo”, apunta, y se queda pensando, mientras la marcha avanza a su lado: “Sacar a una persona de esa edad de su casa… ”. Carreño, su hija, sabía que estaba en el hospital, pero no se imaginaba que “se encontraba tan mal”. Sintió una “rabia muy grande” al enterarse de que Maricarmen falleció a horas de firmar un nuevo contrato y volver a casa: “Es triste y es vergonzoso”.




Víctor Lerena (EFE)



Una hora y media después de que comenzara la comitiva, las miles de personas que claman el nombre de Maricarmen ya han recorrido la calle de Alcalá, han pasado por Cibeles y la Puerta de Alcalá y se dirigen a la que fue su casa. Han recorrido los 4.500 pasos que los separaban del lugar del que Maricarmen salió, en una camilla, hace dos semanas. A las 21.30, ya están frente al portal 46. “No estamos todos, falta Maricarmen”, corean. De repente, se hace de nuevo el silencio y todos levantan sus móviles y encienden las linternas. Los que encabezan la marcha rodean el altar. Una activista del sindicato avisa: “Todo el que quiera pasar a dejar flores puede pasar”. Y así ocurre. Ramos, y fotografías copan el pequeño espacio dedicado a Maricarmen, en su calle de toda la vida.
El sindicato, que la defendió hasta su último día, no suelta la corona de flores. Blanca Martínez, la “niña favorita” de Maricarmen, lleva una foto suya, con los brazos en alto, celebrando la paralización de su tercer intento de desahucio. Se la hicieron este verano. Era su foto preferida, cuenta Martínez. Detrás, decenas de miles de personas de distintos colectivos, con todo tipo de banderas, consignas y mensajes se agolpan como pueden en esta calle del barrio de Ibiza. Todas tienen algo en común: han sentido como propia la muerte de Maricarmen, que ha dejado de ser una cifra más en las estadísticas de desahucios en España para convertirse en un símbolo: “Ha vuelto hoy a casa. Fuimos a dejarla para que pueda descansar en paz”.
