Bajo el cielo límpido del verano, las olas rompen en la pedregosa cala de Anzac con una solemnidad rítmica y silenciosa, casi con respeto, como si no quisieran importunar a los muertos. Desde el agua, los acantilados terrosos de Ariburnu, cubiertos de pinos y sabinas, aparecen inexpugnables; y uno se pregunta quién en su sano juicio decidiría lanzar, precisamente por aquí, una invasión.
Turquía busca preservar los pecios de la batalla de Galípoli, mientras buceadores e investigadores documentan sus hallazgos en las aguas profundas circundantes
Bajo el cielo límpido del verano, las olas rompen en la pedregosa cala de Anzac con una solemnidad rítmica y silenciosa, casi con respeto, como si no quisieran importunar a los muertos. Desde el agua, los acantilados terrosos de Ariburnu, cubiertos de pinos y sabinas, aparecen inexpugnables; y uno se pregunta quién en su sano juicio decidiría lanzar, precisamente por aquí, una invasión.
Pero esa fue la idea del almirantazgo británico, liderado por Winston Churchill, que en la noche del 25 de abril de 1915 ordenó el desembarco de los Cuerpos del Ejército de Australia y Nueva Zelanda (ANZAC, por sus siglas en inglés) con la intención de tomar el control del estrecho de los Dardanelos y navegar hacia Estambul, forzando la retirada del Imperio Otomano de la I Guerra Mundial.
Solo esa primera noche murieron cientos de muchachos en cada bando ante la aguerrida defensa de los otomanos, que resistieron los bombardeos de los buques enemigos y los embates de oleadas de reclutas —convertidos en carne de cañón— durante 10 meses en lo que hoy es una de las grandes gestas grabadas en el imaginario colectivo de Turquía. En diciembre de 1915, el mando aliado ordenó finalmente la retirada, dejando tras de sí un reguero de más de 100.000 muertos y varias decenas de buques naufragados, bien por las minas, los torpedos de los submarinos alemanes o hundidos por sus propios tripulantes para evitar que cayesen en manos del adversario.
Entre aguas aturquesadas a una distancia a nado de la costa, y a solo cinco metros de profundidad, queda uno de esos buques: el SS Milo, un barco de vapor utilizado como plataforma de desembarco. Corroído por el tiempo y las corrientes, apenas quedan la quilla y las cuadernas, cubiertas de posidonia y algas, pero es fácil de alcanzar incluso buceando a pulmón.
La vecina bahía de Suvla cobija otro pecio, a 13 metros de profundidad. Es el HMS Louis, un destructor británico de 82 metros de eslora empeñado en labores de rescate que, en octubre de 1915, chocó con un remolcador y terminó embarrancando hasta naufragar completamente. Hoy, parte del pecio está hundido en la suave arena del fondo, pero en la parte que sobresale se perciben las inmensas calderas Yarrow, con apariencia de cañón, en las que habitan criaturas marinas y sobre las que han crecido anémonas de un amarillo brillante, como si el mar quisiera hacer un acto último de pacifismo, inutilizando las armas y los buques de guerra al estilo de aquellos que, en los sesenta y setenta, colocaban flores en los fusiles de los militares.

A lo largo de toda la península de Galípoli hay decenas de pecios como estos, que ahora las autoridades turcas han convertido en un parque submarino, un verdadero tesoro para los amantes del buceo y de la historia. Además de su estructura, en algunos —más profundos— son perfectamente visibles los camarotes, armas, salas de máquinas, redes de protección e incluso objetos personales de oficiales y marinos. “Bucear en ellos es como introducirte en un túnel del tiempo”, explica Ismail Kasdemir, director del Sitio Histórico de Galípoli, en el acto de inauguración de un proyecto de conservación en el que este periodista fue invitado a participar.
Por el momento se han abierto al buceo 19 de los 36 pecios identificados. Pero hay un problema: desde que la pasada década los expertos del Centro de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Turquía (Tübitak en turco) y de varias universidades comenzaron a identificar y documentar los pecios ―además de la visita submarina, se están modelando a través de imágenes 3D―, se dieron cuenta de que, a causa del cambio climático y el aumento de la temperaturas de las aguas, los restos de los buques habían comenzado ya un proceso de rápido deterioro. Si no se hacía nada, en medio siglo desaparecerían.
La oxidación es un proceso electroquímico en el que el metal del casco actúa como un ánodo que pierde electrones en contacto con el agua salada. Para frenarlo, el Ministerio de Cultura y Turismo ha comenzado a implementar este año un método de protección catódica similar al utilizado en puentes y plataformas petrolíferas marinas. El sistema consiste en conectar los pecios mediante cables submarinos a unos bloques de zinc que actúan como ánodos de sacrificio, de modo que la corriente eléctrica causante de la corrosión se desvía hacia el zinc, logrando que este se desgaste en lugar de la estructura histórica del barco.
Pero se trata de métodos experimentales —también usados en hundimientos en Australia o Croacia— y no está claro cómo funcionará en pecios en los que el óxido ha penetrado ya varias capas por debajo de la superficie. Al menos, esperan las autoridades, “retrasará el deterioro”. “Es nuestra responsabilidad preservar este legado para transmitirlo al futuro”, arguye el director Kasdemir.
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