Nada suele ser como parece, y en nuestra mirada hay un algo que proyecta los propios anhelos de quien mira. Desde fuera la vida de un artista parece una maravilla que encadena maravillas, aunque cantar sea al fin y a la postre un trabajo más, con sus durezas, con sus compensaciones, con su presión, con sus angustias. Es un trabajo en el que parece que sólo el éxito premia, mientras que en otros, el simple desempeño honesto basta, es suficiente. O debería serlo. Valeria Castro, que lleva encima una larguísima gira de presentación de el cuerpo después de todo, ya pasó por Barcelona en abril y lo volverá a hacer para despedirla en octubre, registró una queja precisamente de su cuerpo, hubo de parar y cuando su cabeza estuvo de nuevo en disposición la volvió a continuar. Sí, su trabajo es maravilloso, pero hay peajes que ella sí quiso mostrar, heridas que lastran y de las que hay que sanarse. En Cap Roig pareció que esas heridas quedaron atrás como aviso de que hasta la más deseada ocupación hay que encararla sabiendo que, después de todo, quien se desgasta es el cuerpo.
La artista canaria intimó con su público en el festival de Cap Roig, ya en el tramo final de su gira que pasará en octubre por el Sant Jordi
Nada suele ser como parece, y en nuestra mirada hay un algo que proyecta los propios anhelos de quien mira. Desde fuera la vida de un artista parece una maravilla que encadena maravillas, aunque cantar sea al fin y a la postre un trabajo más, con sus durezas, con sus compensaciones, con su presión, con sus angustias. Es un trabajo en el que parece que sólo el éxito premia, mientras que en otros, el simple desempeño honesto basta, es suficiente. O debería serlo. Valeria Castro, que lleva encima una larguísima gira de presentación de el cuerpo después de todo, ya pasó por Barcelona en abril y lo volverá a hacer para despedirla en octubre, registró una queja precisamente de su cuerpo, hubo de parar y cuando su cabeza estuvo de nuevo en disposición la volvió a continuar. Sí, su trabajo es maravilloso, pero hay peajes que ella sí quiso mostrar, heridas que lastran y de las que hay que sanarse. En Cap Roig pareció que esas heridas quedaron atrás como aviso de que hasta la más deseada ocupación hay que encararla sabiendo que, después de todo, quien se desgasta es el cuerpo.
Puede que por lo tanto sea la bien intencionada mirada del público la que mostró una Valeria Castro más garbosa, moviéndose suelta por el escenario, tendiendo más puentes que nunca con su público, tejiendo con él una complicidad que tiene el enamoramiento, el desnudarse en cada frase y la pausa de una música calma y dicha con celo sus argumentos principales. No cambió tanto el cancionero, a grandes rasgos el mismo en la gira, como el interpretarlo sabiendo que cada día es un pequeño milagrito, un minúsculo regalo que se habría de disfrutar plenamente pero, ya se sabe, sólo valoramos cuando falta. Como a Valeria ese milagrito le fue hurtado mientras hubo de suspender la gira, desenvolver en cada concierto este ofrecimiento ha vuelto a tener valor. Pequeñas grandes cosas. Canciones que compartir.
Y Valeria las comparte, las compartió en Cap Roig, manteniendo una contención interpretativa que aproxima más si cabe su sentimiento al público. No es la suya una voz pirotécnica, sino vestida en tonos graves que en ocasiones arrastra hasta casi apagarlos. Se imagina la voz que tendrá cuando envejezca, ganará poder y la melancolía del tiempo pasado, al fin y al cabo hoy sólo tiene 27 años, “una chavala” dijo ser, y aún tendrá más materia que evocar, más pequeños momentos a los que la distancia agrandará en el recuerdo. Por ejemplo, en abril del pasado año su abuela, a la que dedicó Guerrera, aún vivía, de forma que en Cap Roig su vista fue al cielo al concluirla. Su madre, la otra mujer a quien dedica una pieza que habla de mujeres, aún está con ella, pero a Valeria la vida ya le ha quitado a alguien importante que ha marchado con un tiempo que da y quita.

Además de la voz y de una forma de interpelar al público que busca complicidad, la delicadeza de los arreglos volvió a ser un elemento diferencial en el concierto. Clarinete y clarinete bajo son esenciales en el vuelo de las canciones, que cuando pierden la batería, siempre matizada, parecen volar aún más, sin sujeción a tierra, apelando a la ingravidez, como ocurrió en Poquito. Las cuerdas, guitarras acústicas, violín –con cuerda frotada y pulsada-, ronroco (una especie de charango) y bajo, son igualmente esenciales en un sonido que bascula entre el folk y cierta melodiosidad pop con acentos también latinoamericanos, una suerte de ranchera en Debe ser y la cumbia final de Sentimentalmente. También hubo temas desnudos, como Devota, una composición emparentada con el folclore canario que interpretó sola en escena, con las cuerdas de la guitarra sobre sus muslos y percutiendo con las manos en su caja de resonancia. Tampoco hay que dejar de lado los teclados y voz con vocoder de Meritxell Neddermann, otro sostén, vaporoso, de unas canciones que tiene las raíces y en el paisaje natal un anclaje sin el que Valeria Castro no sería lo que es.
Apeló a la conexión entre cuerpo, corazón y cabeza, agradeció a su público su entrega en catalán, y paseó por platea durante Sólo decirte,meciéndolocon Debe ser, y dejó en el aire de una noche veraniega atenuada por la brisa, la sensación de que Valeria está de nuevo aquí. En octubre despedirá esta gira en el Sant Jordi, una gira para ella tan importante por cuestiones no sólo musicales. Entre tanto fue ovacionada con el público en pie y bailando. Ya tiene más cosas que contar en sus próximas canciones.
