La inteligencia artificial (IA) será, sin duda, la tecnología más transformadora de la historia humana. Afectará profundamente la vida de cada hombre, mujer y niño. Iniciará —y ya han empezado muchos — cambios inimaginables a nuestra economía, nuestra democracia, nuestro bienestar emocional, nuestro medio ambiente y a la forma en que educamos y criamos a nuestros hijos. Además, existe un temor muy real de que, a medida que la IA se vuelva más inteligente que los humanos, pueda llegar a funcionar de forma independiente, con consecuencias potencialmente catastróficas.
Dado que la herramienta se basa en el conocimiento colectivo de la humanidad, la riqueza que genera debe beneficiar a toda la humanidad
La inteligencia artificial (IA) será, sin duda, la tecnología más transformadora de la historia humana. Afectará profundamente la vida de cada hombre, mujer y niño. Iniciará —y ya han empezado muchos — cambios inimaginables a nuestra economía, nuestra democracia, nuestro bienestar emocional, nuestro medio ambiente y a la forma en que educamos y criamos a nuestros hijos. Además, existe un temor muy real de que, a medida que la IA se vuelva más inteligente que los humanos, pueda llegar a funcionar de forma independiente, con consecuencias potencialmente catastróficas.
La pregunta, entonces, no es si la IA cambiará el mundo. Lo hará. La pregunta es: ¿quién poseerá y controlará ese futuro? ¿Quién se beneficiará de él y quién se verá perjudicado? ¿Se utilizará la IA para mejorar la vida de la gente trabajadora? ¿Enriquecerá nuestra calidad de vida? ¿Nos ayudará a erradicar la pobreza, aumentar la calidad de vida y resolver la crisis climática? ¿O el futuro de la humanidad estará determinado por un puñado de multimillonarios que han promovido y desarrollado la IA, prácticamente sin participación democrática, y que están a punto de volverse aún más ricos y poderosos de lo que son hoy?
Esta es la decisión a la que nos enfrentamos.
La inteligencia artificial no surgió de la nada. Los datos y el lenguaje que utilizan las herramientas de la IA generativa no aparecieron en la imaginación de Sam Altman ni de Elon Musk. La IA se basa en nuestra inteligencia colectiva: nuestros libros, canciones, obras de arte, periodismo, código informático, investigación científica, vídeos, conversaciones, imágenes e ideas que abarcan generaciones. Esta no es solamente la opinión de Bernie Sanders. Según Altman, director de OpenAI, los modelos de IA se entrenaron con nuestra “experiencia colectiva, conocimiento” y “aprendizajes de la humanidad”.
En la mayor parte, los oligarcas tecnológicos han alimentado a sus modelos de IA sin permiso, sin reconocimiento y sin compensación. Dicho de otra manera, el trabajo creativo de millones de personas —escritores, artistas, músicos, periodistas, profesores, científicos y ciudadanos comunes— ha sido básicamente robado por algunas de las personas más ricas del mundo. Es hora de recuperarlo.
Dado que la IA se basa en el conocimiento colectivo de la humanidad, la riqueza que genera debe beneficiar a toda la humanidad. No solo a Musk, Altman, Dario Amodei y otros magnates cuyas empresas están posicionadas para dominar la industria. No solo a los inversores multimillonarios en Silicon Valley o a los gestores de fondos en Wall Street que sin duda ven a la IA como la próxima gran máquina de extracción de riqueza.
Por esas razones, pronto presentaré un proyecto de ley para crear un Fondo Soberano de Riqueza para la IA de Estados Unidos. Esta legislación otorgaría al público una participación directa en las mayores empresas de IA de Estados Unidos. ¿Cómo lo hará? Crearía un fondo soberano de riqueza mediante un impuesto único del 50%, no sobre las ganancias de OpenAI, Anthropic, xAI y otras empresas, sino pagado con algo mucho más valioso: acciones de esas empresas.
Esta legislación lograría dos cosas cruciales: primero, le daría al público un papel directo en la determinación del futuro de esta tecnología. El futuro de la IA y la transformación correspondiente de la vida ya no estarían dictados por un puñado de oligarcas de las grandes tecnológicas. El Gobierno estadounidense tendría el poder, a través de sus acciones con derecho a voto y una representación equitativa en junta directiva de cada empresa, de bloquear las decisiones que perjudiquen a nuestros ciudadanos e impulsar políticas que los beneficien.
Esta legislación también garantizaría que los miles de millones de dólares que generará la IA se utilicen para mejorar la vida de todos, y no simplemente para enriquecer aún más a las personas más ricas del mundo. Si las grandes empresas de IA continúan creciendo tan rápidamente como muchos analistas prevén, el valor del fondo soberano de riqueza también aumentará, y los beneficios para el pueblo estadounidense crecerán a la par.
Esta no es una idea original. Ha sido propuesta por académicos y respaldada por algunas de las principales empresas de IA en Estados Unidos. OpenAI, por ejemplo, propuso recientemente la creación de un “fondo público de riqueza que proporcione a cada ciudadano — incluidos aquellos que no invierten en los mercados financieros — una participación en el crecimiento económico impulsado por la IA». Anthropic, liderada por Amodei, propuso de manera similar la creación de “fondos soberanos nacionales con participaciones en IA”. Musk, de xAI, escribió: “Un ingreso universal elevado mediante cheques emitidos por el Gobierno federal es la mejor manera de abordar el desempleo causado por la IA”.
Existen docenas de ejemplos de fondos soberanos por todo el mundo para garantizar que la gente común se beneficie de la riqueza nacional. El fondo soberano de Noruega, uno de los más grandes del mundo, se financió con la riqueza petrolera del país y ahora vale más de 2.000 millones de dólares. En lugar de que unos pocos ejecutivos petroleros se embolsaran todos los beneficios de este recurso nacional, Noruega decidió que esta riqueza se utilizara para mejorar la vida de todos sus ciudadanos.
Este concepto ya se ha puesto en práctica en nuestro país. Hace 50 años, Alaska creó un fondo soberano a partir de sus ingresos petroleros del Estado. Durante décadas, este fondo ha pagado dividendos anuales directamente a los habitantes de Alaska. Además, fondos de pensiones públicos en todo el país ya poseen cientos de miles de millones de dólares en acciones de empresas estadounidenses. Incluso el presidente Donald Trump, mediante una orden ejecutiva, propuso la creación de un fondo soberano de riqueza estadounidense.
Para empezar, los miles de millones, si no más, de dólares generados por este fondo proporcionarían pagos directos al pueblo estadounidense. Y a medida que el fondo genere más riqueza, los ingresos se utilizarían para garantizar que cada hombre, mujer y niño de nuestro país tenga un nivel de vida digno, incluyendo atención médica, educación y vivienda estable.
Por supuesto, reconozco que es complejo que el Gobierno tenga una participación importante en una empresa, particularmente en una en la que la IA es solo una parte de su negocio. Se incluirán más detalles, incluyendo las prioridades de gasto específicas y los mecanismos de implementación, en la legislación que presentaré en las próximas semanas.
Independientemente de eso, el principio es simple: cuando un recurso público genera riqueza, el público debe participar de esa riqueza. La IA se está construyendo sobre un recurso público mucho más valioso que el petróleo: el conocimiento, la creatividad y el trabajo acumulado de la humanidad.
El futuro de la IA y el destino de la humanidad no deben decidirse a puerta cerrada en Silicon Valley. No deben ser dictados por multimillonarios que buscan maximizar su poder y sus ganancias. Deben ser decididos por los trabajadores, los padres, los maestros, los artistas, los científicos, las comunidades y el pueblo estadounidense.
Es nuestro futuro. Debemos decidirlo nosotros.
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