Hacía 20 años que el madridismo no se citaba con las urnas para elegir a su presidente, una anomalía sencilla de entender si recordamos el guirigay que trajo consigo la victoria de Ramón Calderón y el posterior blindaje estatutario. “Quisiera dar las gracias a todos los que han trabajado en mi candidatura y en especial a Nanín, un fenómeno. Yo, sin él, no hubiera ganado”, agradeció Calderón al otrora relaciones públicas de la discoteca Pachá en una noche que terminó con sospechas de todo tipo, el voto por correo anulado y la junta electoral negándose a declarar vencedor de las elecciones a quien, con posterioridad, sería confirmado como presidente.
Los largos mandatos siempre generan un problema de perspectiva y es ahí donde Riquelme debería buscar su ventana de oportunidad ante Florentino Pérez
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Los largos mandatos siempre generan un problema de perspectiva y es ahí donde Riquelme debería buscar su ventana de oportunidad ante Florentino Pérez


Hacía 20 años que el madridismo no se citaba con las urnas para elegir a su presidente, una anomalía sencilla de entender si recordamos el guirigay que trajo consigo la victoria de Ramón Calderón y el posterior blindaje estatutario. “Quisiera dar las gracias a todos los que han trabajado en mi candidatura y en especial a Nanín, un fenómeno. Yo, sin él, no hubiera ganado”, agradeció Calderón al otrora relaciones públicas de la discoteca Pachá en una noche que terminó con sospechas de todo tipo, el voto por correo anulado y la junta electoral negándose a declarar vencedor de las elecciones a quien, con posterioridad, sería confirmado como presidente.
Fueron años convulsos en los que el Real Madrid generaba contenidos a una velocidad de vértigo, algunos tan poco edificantes como las andanzas del propio Nanín, líder de los de denominados “Chicos de Calderón”, o la famosa asamblea de los falsos compromisarios. Algo se rompió entonces entre el socio blanco y la democracia, de ahí el regreso de Florentino Pérez casi por aclamación, sin necesidad de sacar las urnas y con la misión principal de impedir el ascenso al poder de futuras boy band. El resto es historia. Y no parece una mala historia, ahí está el palmarés cosechado durante su segundo mandato a modo de certificación de obra, aunque como todos los reinados de larga duración pueda tener sus puntos ciegos. A ellos se agarrará Enrique Riquelme (Alicante, 1989) para desafiar a Florentino Pérez (Madrid, 1947) en una batalla que tiene mucho de generacional dentro de un club capaz de atravesar el tiempo.
Nunca es tarea sencilla la de iniciar una quema controlada y menos aún en este Real Madrid que podría incorporar un lanzallamas a su escudo en cualquier momento sin que nadie se sintiera extrañado. Se trata de vender ilusión y destilar acritud a partes iguales, una alquimia complicada cuando se juega con elementos tan sensibles como, por ejemplo, la casa de uno. A Riquelme no le gusta la reforma del estadio impulsada por Pérez. “1.700 millones invertidos para que los asientos sean más pequeños y tengas que abandonar tu localidad 10 minutos antes del descanso si quieres comprar un bocadillo”, ha venido a decir en su primera comparecencia pública. Jugada arriesgada la de poner en solfa a la nueva joya de la corona, aunque pueda resultar pertinente: una cosa es señalar defectos y otra, muy distinta, tratar de instalar entre los socios la idea de que su nuevo hogar parece sacado de Sarajevo.
Este nuevo proceso electoral abierto en la casa blanca no se parece tanto a unas elecciones municipales -que también- como a un proceso de selección para decidir quién custodia los códigos nucleares. Y el orgullo de pertenencia bien podría ser uno de los más importantes, de ahí que las críticas al nuevo Bernabéu se deban administrar con cuentagotas. También la idea de que Florentino aprovechó los traumas heredados de la era Calderón para perpetuarse en el poder, una baza que no tardará en utilizar la oposición, pero que podría resultar contraproducente si se tiene en cuenta que fue el propio madridismo quien compró estabilidad a cambio de reducir la incertidumbre democrática: no se va a elecciones porque el pueblo se haya rebelado, se va a elecciones porque el presidente se ha cansado de ver pintadas en las puertas de los baños.
Los largos mandatos siempre generan un problema de perspectiva y es ahí donde Riquelme debería buscar su ventana de oportunidad: en convencer al socio de que se puede discutir al cabeza de familia, pero sin parecer que estás saboteando la decimosexta, la decimoséptima y la decimoctava.
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