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  Internacional  Fallos de seguridad, disparos y un sospechoso con muchos objetivos: reconstrucción del ataque contra Trump y su Gobierno
Internacional

Fallos de seguridad, disparos y un sospechoso con muchos objetivos: reconstrucción del ataque contra Trump y su Gobierno

abril 27, 2026
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Estaba llamada a ser una de las grandes noches del calendario washingtoniano, esa en la que cada primavera el poder y la prensa cruzan el umbral que las separa para celebrar la Cena de los Corresponsales de la Casa Blanca en el gran salón del hotel Hilton. Y acabó siendo una noche para recordar, pero por razones inimaginables.

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 El autor del atentado fallido contra el presidente de Estados Unidos quería matar a tantos miembros de la Administración como fuese posible en la cena de corresponsales de la Casa Blanca  

Estaba llamada a ser una de las grandes noches del calendario washingtoniano, esa en la que cada primavera el poder y la prensa cruzan el umbral que las separa para celebrar la Cena de los Corresponsales de la Casa Blanca en el gran salón del hotel Hilton. Y acabó siendo una noche para recordar, pero por razones inimaginables.

A las 20.36 del sábado, cuando Donald Trump se disponía a hablar por primera vez en un tradicional evento en el que había declinado participar hasta en cuatro ocasiones, el sonido de unos disparos en un control de seguridad situado una planta más arriba cambió el guion de la velada. En ese instante, Cole Thomas Allen, un joven californiano de 31 años, entró en la historia de la violencia política de un país con más armas que ciudadanos y que ha visto morir a cuatro presidentes en el ejercicio de su cargo.

Allen, informático graduado del prestigioso Instituto Tecnológico de California, diseñador de videojuegos amateur y profesor, según el rastro que dibujan sus redes sociales, trató de atravesar a la carrera, como se aprecia en un vídeo difundido por las autoridades, el detector de metales del evento para sorpresa de unos agentes vestidos con traje. Cubrió una distancia de unos 20 metros, antes de que lo redujeran. Hubo un intercambio de disparos con esos agentes. Uno de ellos recibió un balazo que paró su chaleco antibalas. Esa misma noche fue dado de alta del hospital.

El sospechoso, que, dijo el FBI, no está cooperando con las autoridades, iba armado con una pistola, una escopeta y varios cuchillos para, según reveló horas después la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt —que lo llamó en X “loco depravado”—, matar a Trump y a “cuantos altos funcionarios de su Administración le fuera posible”.

El presidente de Estados Unidos no esperó a las conclusiones de una investigación en marcha para decir este domingo que fue el “odio contra los cristianos” lo que lo movió a Allen a cruzar los más de cuatro mil kilómetros que separan Washington de Torrance, la localidad de 150.000 habitantes cercana Los Ángeles en la que vivía. Allí, sus vecinos no salían este domingo de su asombro, mientras el FBI tocaba puertas para interrogatorios y sus agentes registraban la casa del sospechoso.

Trump lo contó en una entrevista telefónica con Fox News, en la que dijo que Allen era un “tipo muy problemático”. “Al leer su manifiesto, te das cuenta de que odia a los cristianos. Eso es seguro. Es un odio fuerte, anticristiano”, insistió.

Lo cierto es que, cuando minutos después trascendió un texto del que aparentemente hablaba el presidente, publicado por el tabloide New York Post, pudo comprobarse que hay otro sentimiento que se impone en es escrito: el rechazo visceral a las políticas de Trump. “Ya no estoy dispuesto a permitir que un pedófilo, violador y traidor ensucie mis manos con sus crímenes”, escribió Cole, en lo que cupo interpretar como una referencia al presidente de Estados Unidos. La autenticidad no fue inmediatamente verificada por las autoridades, pero sí por otros medios estadounidenses.

En él, señala que los objetivos de su ataque son “los miembros del Gobierno”, de los de “mayor a los de menor rango”. Se presenta a sí mismo como “el asesino federal amable”, además de como “ciudadano de los Estados Unidos”, “mitad blanco, mitad negro”, y se disculpa con sus padres, sus colegas y sus alumnos por haberles mentido con el motivo de su viaje a Washington. También, con todos aquellos con los que se cruzó en esa travesía por si eso los fuera a meter en problemas. La hizo en tren y en autobús, según los investigadores, ciertamente medios de locomoción insólitos en un país con un transporte público que deja tanto que desear. Un viaje así toma algo menos de tres días, según la aplicación de mapas de Google.

Las armas las compró legalmente en 2023 y 2025, y practicaba con ellas regularmente en un campo de tiro. El texto de su manifiesto se lo mandó a miembros de su familia, y, según avanzó la cadena NBC, uno de los que lo recibió, un hermano, alertó poco antes del ataque a la policía de Connecticut.

En ese escrito, además de enumerar sus objetivos —de los que excluye, aún no está claro por qué, al director del FBI, Kash Patel—, se detiene en aquellos a los que no pretendía matar, como “los invitados a la cena”. Allen aclara además que actúa en nombre de los damnificados por las políticas del actual Gobierno. “Yo no soy la persona violada en un centro de detención. No soy el pescador ejecutado sin juicio previo. No soy el escolar que muere en una explosión, ni el niño que perece de hambre, ni la adolescente abusada por los numerosos criminales que integran este Gobierno. Poner la otra mejilla cuando es otro quien sufre la opresión no es un comportamiento cristiano; es complicidad en los crímenes del opresor”, escribe el sospechoso.

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Las primeras conclusiones de las autoridades, aún no de fuentes oficiales, también señalan que se registró como huésped en el hotel el viernes. Y tiene sentido. El Hilton se blinda cada año para una gala que organiza la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, entidad gremial de los reporteros que cubren cada día al presidente de Estados Unidos. Esa tarde solo es posible entrar en él si uno es cliente o si cuenta con una entrada para la cena. Fuentes de la investigación señalan que el pistolero bajó andando por la escalera al lugar donde fue detenido.

Llegó hasta el control de seguridad, que no estaba colocado en las dos entradas al hotel, sino en el semisótano del Hilton. No logró atravesarlo. Un par de horas después de que fuera evacuado ileso del lugar por el Servicio Secreto, Trump publicó una foto de ese momento en la que se ve al tipo con la cara contra el suelo y el torso desnudo.

Cole Allen, tras su detención, el domingo en Washington.Molly Riley/White House / Zuma P (Molly Riley/White House / Zuma P)

Está al lado de unas escaleras. Aún le quedaba bajar un piso más y entrar en un salón que tiene la reputación en Washington de ser el más grande de la ciudad. Unas 2.300 personas acuden al festejo cada año. Esta vez, la gala tenía el morbo de ver a Trump participar en una tradición establecida en defensa de la Primera Enmienda, que garantiza el derecho a la libertad de expresión. Era algo más que la novedad, pues se trata del presidente que más ha atacado a los medios de la historia moderna de Estados Unidos.

Además de Trump, en la sala estaba la primera dama, Melania Trump, y varios miembros del Gabinete, entre ellos, el secretario de Estado, Marco Rubio; el de Defensa, Pete Hegseth; y el de Salud, Robert Kennedy Jr.; además del vicepresidente, J. D. Vance, y el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson. Dado que estos dos últimos son el segundo y el tercero en el orden de sucesión si algo le sucede al comandante en jefe, las dudas sobre la organización del evento arreciaron el domingo, día en el que Washington amaneció encapotado, con la resaca de otro suceso sin precedentes; el último de una cuenta que es fácil perder desde que Trump regresó al poder.

Tal vez por esa familiaridad con el sobresalto, en las horas que siguieron a un incidente que retransmitieron en directo las televisiones, hicieron fortuna en internet las teorías de la conspiración que aseguran que se trató de un “montaje”, en, precisamente, el evento que seguramente reúne más experimentados reporteros por metro cuadrado del mundo.

Los disparos se escucharon desde el interior del salón, cuya puerta está, según cálculos de Trump, a “unos 50 metros” del lugar de los hechos. En los vídeos del momento, se ve cómo los agentes del Servicio Secreto tardan varios segundos en acudir al lugar de la mesa presidencial en el que el presidente de Estados Unidos estaba prestando atención a un truco de Oz Pearlman, el ilusionista que los organizadores habían invitado, en lugar del tradicional cómico, todo indica que para no enojar al homenajeado. A continuación, se lo llevan del salón. El republicano explicó este domingo en una entrevista al programa 60 Minutes que si tardaron en sacarlo más que, por ejemplo, a Vance, es porque él mismo quería quedarse a ver qué había sucedido realmente. La noche anterior contó que los disparos le sonaron como “la caída de una bandeja llena de platos”.

Fue durante una conferencia de prensa que Trump convocó de urgencia en la Casa Blanca. En ella, elogió la actuación de la actuación de los agentes. Lo mismo hizo el fiscal general interino, Todd Blanche, en las entrevistas que dio el domingo a las cadenas de noticias, en las que restó importancia al hecho de que un hombre armado hubiera logrado acercarse tanto al presidente de Estados Unidos. Si bien es cierto que la rapidez de la reacción del Servicio Secreto solo puede calificarse de impecable, también lo es resulta sorprendente que una cita de ese tipo, con tantas personalidades de relieve, no tuviera la consideración de “evento especial de seguridad nacional”, o que las escaleras por las que bajó Allen no estuvieran vigiladas.

Agentes del Servicio Secreto ayudaban a escapar a los invitados a la cena, este sábado en Washington.Tom Brenner (AP)

Sobre todo, cuando el protagonista es este presidente de Estados Unidos, objetivo de dos atentados previos. El más grave sucedió el 13 de julio de 2024, cuando estaba dando un mitin al aire libre en Butler (Pensilvania). En lo que solo cabe calificar como una estrepitosa cadena de errores del Servicio Secreto, un joven llamado Thomas Allen Crooks se subió a una azotea cercana y pudo apuntar con tranquilidad al entonces candidato. Disparó ocho veces con un rifle antes de que los agentes lo mataran. Una de esas balas rozó la oreja derecha de Trump.

Dos semanas después, Kimberly Cheatle, jefa del Servicio Secreto dimitió para asumir la responsabilidad de lo que pasó ese día, que definió como “el peor error en décadas” del cuerpo que dirigía, encargado de proteger a presidentes y expresidentes.

El segundo atentado fue 64 días después en un campo de golf propiedad de Trump en Florida. Ryan Wesley Routh se ocultó entre la maleza durante 12 horas. Un agente lo descubrió. Tenía planes, que había forjado durante meses, de disparar al candidato desde una distancia de unos 400 metros. Routh cumple ahora cadena perpetua.

Fiel a sus particulares y recurrentes obsesiones, el ataque del sábado prueba para Trump una cosa por encima del resto: la necesidad de construir un gigantesco salón de baile en el lugar en el que una vez estuvo el ala este de la Casa Blanca, derribada por su inquilino sin pedir permiso. Así lo dijo en un mensaje en su red social, Truth. “Este suceso nunca habría ocurrido con el Salón de Baile top secret que se encuentra actualmente en construcción en la Casa Blanca”, escribió.

La noche anterior, cuando estuvo claro que el espectáculo no se iba a retomar, pese a que el presidente dijo que estaba dispuesto a seguir con la fiesta, algo con lo que por una vez estuvo de acuerdo con la presidenta de la asociación de corresponsales, Weijia Wang, Trump dio media hora a los reporteros para que fueran a la Casa Blanca para asistir a una conferencia de prensa. Fue otra imagen nunca vista en Washington, con todos ellos vestidos de gala, lo mismo que el presidente, que insistió en el tema del salón de baile, cuyo proyecto tiene parado un juez federal de la ciudad.

“No quería decirlo, pero hoy ha quedado probado por qué lo necesitamos. Será un espacio más amplio [que el del salón del Hilton] y mucho más seguro, con protección contra drones y cristales blindados. Es por eso por lo que el Servicio Secreto —y también las fuerzas armadas— lo quieren. Lleva 150 años siendo necesario algo así, pero hoy es más importante que nunca, porque el momento exige niveles de seguridad sin precedentes», aseguró. También se disculpó —es un decir— por sentirse “honrado” por haber salido ileso de un nuevo ataque. “He estudiado otros magnicidios y siempre les pasan a las personas que mayor impacto tienen, a los que más hacen”.

Trump estaba pensando en John F. Kennedy y Abraham Lincoln, dos de los cuatro presidentes de Estados Unidos asesinados en el ejercicio de su cargo. Ronald Reagan, uno de sus héroes, también sobrevivió a un atentado en el mismo hotel del ataque del sábado. A Reagan sí le alcanzaron las balas de un tipo llamado John Hinckley Jr., como recuerda una placa en una de las entradas del Hilton. La rápida actuación del Servicio Secreto, cuyos agentes lo evacuaron al hospital George Washington, salvó la vida al entonces presidente, que solo llevaba unos meses en el cargo.

En su comparecencia de prensa, en la que afirmó que la suya es una “profesión peligrosa”, Trump hizo gala de una retórica más conciliadora con la prensa que la habitual en él. También prometió a los presentes que el espectáculo continuará, después de todo, con la convocatoria renovada de la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca “antes de 30 días”.

No está claro la logística de esa nueva cita, ni si será en el Hilton, un establecimiento señero de Washington al que, como a la propia ciudad, tampoco le caben ya más acontecimientos históricos. Mientras Fox News informa de que la Casa Blanca estudia hacer que Trump vista chaleco antibalas en los actos públicos, lo primero será recibir al rey Carlos de Inglaterra, que llega este lunes a la capital estadounidense para una visita de Estado con cuya cancelación se coqueteó este domingo, visto lo visto.

La ciudad amanecerá por tanto pendiente de esa visita. Pero, sobre todo, de la comparecencia de Allen, un joven callado, según sus vecinos, que este sábado quiso presentarse al mundo como un “asesino federal amable”. Se enfrenta de momento a dos cargos: utilizar un arma de fuego para la comisión de un delito violento y de agredir a un agente federal. El Departamento de Justicia ya ha advertido de que sus funcionarios harán todo lo posible para culparle de más delitos.

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