Los nombres cantaban por sí solos: Flauta I y II, Palillito, Clarín, Pianero y Rompeplaza. Una corrida de Alcurrucén que evocaba a la familia de los músicos, como si la divisa de los Lozano hubiese compuesto una suite especial para la fecha más taurinísima del calendario. Faltaba un Pasodoble para completar el armónico elenco. Instrumentos de carne y hueso, de una seria belleza que no se vería en ninguna otra plaza. Seis estampas -siete con el sobrero- que conformaban una orquesta lista para interpretar la partitura de la tauromaquia, pero faltó alma. Variada fue la corrida, de noble fondo en conjunto y que debió de arrastrarse sin alguna oreja más. Por h o por b, eso no sucedió. Faltó esa forma especial de la música del toreo, esa que «es capaz de mover el corazón», que dejó como sentencia Johann Sebastian Bach. Y allí el órgano que impulsa la sangre quien lo puso más de verdad fue Roca Rey en una faena marrada con el descabello, que cambió el premio por los dos avisos. El niño de la barrera del 7 enrollaba y desenrollaba la cartulina blanca en la que había dibujado su ‘cuore’ rojo con el apellido del peruano en mayúsculas. Más que el propio matador lamentó el desacierto: ya no podría contar en su vuelta al cole que en su veraneo donostiarra vio triunfar a su torero. Sebastián Castella paseó el único trofeo del toro Clarín BMFSí les hablará de los dos tremendos arrimones que se pegó el Cóndor. Soberanísimos. Fusionado con los pitones, abandonado ante su lote después de series de muleta a rastras, de reencontrarse con su izquierda de vuelos echados y mando, sin necesidad de ayuda, que también arrojaría con la mano de la cuchara. Hasta tres toros paró después de que el palco asomara a la ligera el pañuelo verde por la forma en que el tercero frenaba con el tren posterior. Mal el presidente, que debió aguantar las protestas y dar un tiempo al tal Palillito, con esas hechuras tan prometedoras. Se corrió turno y apareció el previsto en sexto lugar, un ejemplar que transmitía con su serio comportamiento y con el que Roca, decidido a la verónica, tragó y se ancló en la arena desde la apertura de su valentísima faena, en la que no cedió un milímetro. Camino del triunfo grande iba, abortado por el descabello, que ya está escrito. Con disparo inicial el último, el sobrero Doctorcito. Entregada de principio a fin la figura limeña y rendido al poderío de su muleta el animal, que pegó un arreón tras sentir el acero. Otro aviso se anotó en su tarde donostiarra, la de más espectadores a su reclamo y más importante que lo reflejado en la ficha, pero con el defecto del largo metraje. Extensísimo el festejo, que rondó las tres horas. Y eso que solo se dio una vuelta al ruedo. Castella fue el único en tocar pelo pasado el ecuador, que era cuando se cumplían las dos horas soñadas. Frenado de los cuartos traseros, manseó en varas y esperó en banderillas. Fenomenalmente lo corrió hacia atrás Chacón en la lidia y lo llevó hasta el burladero a punta de capote. Con su clásico inicio pendular, ceñidísimo, arrrancó el galo, que buscó el acople al natural y acabó entre los pitones dejándose lamer el bordado en una labor algo amontonada. Se tragó la muerte Clarín, que tuvo buena condición en las telas. Cabal la estocada, que desató la pañolada. Más méritos reunió su obra a la pintura berrenda en negra, con un punto de aspereza que supo limar este especialista en los de Núñez. Perfecto técnicamente, aprovechó la obediencia del Alcurrucén, como todo el conjunto ganadero, de estupenda presencia -no está de más recalcarlo en estos tiempos donde más de una vez dan gato por liebre por estas plazas de Dios- y buena condición.San Sebastián Coso de Illumbe Sábado, 15 de agosto de 2026. Tercera y última corrida. Alrededor de dos tercios de entrada. Toros de Alcurrucén (incluido el sobrero, lidiado en 6º lugar), cuatreños salvo el 2º, bien presentados y de variado juego, nobles y de buena condición en conjunto, con sus flecos mansitos. Sebastián Castella, de azul rey y oro: estocada caída perpendicular y dos descabellos (saludos); estocada (oreja). Alejandro Talavante, de catafalco y oro: estocada caída (petición y saludos); estocada trasera que escupe (saludos tras aviso). Andrés Roca Rey, de tabaco y oro: estocada rinconera y varios descabellos (saludos tras dos avisos); estocada que escupe y descabello (saludos tras aviso)Pasadas las seis y media sonó otra vez la Flauta y pisó el redondel un cinqueño que estuvo de sobrero en la Feria de Abril. Desastroso el tercio de banderillas, con Javier Ambel sin verlo claro con tal tacazo, con ese cuello que se descolgaba en el embroque zurdo. Momento de apuro de Talavante cuando por el derecho quiso trazar un largo redondo y se le quedó debajo. Ayudado del zapatillazo, sacó cuatro naturales en los que el colorado se abrió con largura, pero más se abrió el matador. Faltó mayor compromiso, pero la efectividad de la estocada provocó una ligera petición. Por delante se llevó el quinto al extremeño en el primer doblón rodilla en tierra, por fortuna sin consecuencias. Los nombres cantaban por sí solos: Flauta I y II, Palillito, Clarín, Pianero y Rompeplaza. Una corrida de Alcurrucén que evocaba a la familia de los músicos, como si la divisa de los Lozano hubiese compuesto una suite especial para la fecha más taurinísima del calendario. Faltaba un Pasodoble para completar el armónico elenco. Instrumentos de carne y hueso, de una seria belleza que no se vería en ninguna otra plaza. Seis estampas -siete con el sobrero- que conformaban una orquesta lista para interpretar la partitura de la tauromaquia, pero faltó alma. Variada fue la corrida, de noble fondo en conjunto y que debió de arrastrarse sin alguna oreja más. Por h o por b, eso no sucedió. Faltó esa forma especial de la música del toreo, esa que «es capaz de mover el corazón», que dejó como sentencia Johann Sebastian Bach. Y allí el órgano que impulsa la sangre quien lo puso más de verdad fue Roca Rey en una faena marrada con el descabello, que cambió el premio por los dos avisos. El niño de la barrera del 7 enrollaba y desenrollaba la cartulina blanca en la que había dibujado su ‘cuore’ rojo con el apellido del peruano en mayúsculas. Más que el propio matador lamentó el desacierto: ya no podría contar en su vuelta al cole que en su veraneo donostiarra vio triunfar a su torero. Sebastián Castella paseó el único trofeo del toro Clarín BMFSí les hablará de los dos tremendos arrimones que se pegó el Cóndor. Soberanísimos. Fusionado con los pitones, abandonado ante su lote después de series de muleta a rastras, de reencontrarse con su izquierda de vuelos echados y mando, sin necesidad de ayuda, que también arrojaría con la mano de la cuchara. Hasta tres toros paró después de que el palco asomara a la ligera el pañuelo verde por la forma en que el tercero frenaba con el tren posterior. Mal el presidente, que debió aguantar las protestas y dar un tiempo al tal Palillito, con esas hechuras tan prometedoras. Se corrió turno y apareció el previsto en sexto lugar, un ejemplar que transmitía con su serio comportamiento y con el que Roca, decidido a la verónica, tragó y se ancló en la arena desde la apertura de su valentísima faena, en la que no cedió un milímetro. Camino del triunfo grande iba, abortado por el descabello, que ya está escrito. Con disparo inicial el último, el sobrero Doctorcito. Entregada de principio a fin la figura limeña y rendido al poderío de su muleta el animal, que pegó un arreón tras sentir el acero. Otro aviso se anotó en su tarde donostiarra, la de más espectadores a su reclamo y más importante que lo reflejado en la ficha, pero con el defecto del largo metraje. Extensísimo el festejo, que rondó las tres horas. Y eso que solo se dio una vuelta al ruedo. Castella fue el único en tocar pelo pasado el ecuador, que era cuando se cumplían las dos horas soñadas. Frenado de los cuartos traseros, manseó en varas y esperó en banderillas. Fenomenalmente lo corrió hacia atrás Chacón en la lidia y lo llevó hasta el burladero a punta de capote. Con su clásico inicio pendular, ceñidísimo, arrrancó el galo, que buscó el acople al natural y acabó entre los pitones dejándose lamer el bordado en una labor algo amontonada. Se tragó la muerte Clarín, que tuvo buena condición en las telas. Cabal la estocada, que desató la pañolada. Más méritos reunió su obra a la pintura berrenda en negra, con un punto de aspereza que supo limar este especialista en los de Núñez. Perfecto técnicamente, aprovechó la obediencia del Alcurrucén, como todo el conjunto ganadero, de estupenda presencia -no está de más recalcarlo en estos tiempos donde más de una vez dan gato por liebre por estas plazas de Dios- y buena condición.San Sebastián Coso de Illumbe Sábado, 15 de agosto de 2026. Tercera y última corrida. Alrededor de dos tercios de entrada. Toros de Alcurrucén (incluido el sobrero, lidiado en 6º lugar), cuatreños salvo el 2º, bien presentados y de variado juego, nobles y de buena condición en conjunto, con sus flecos mansitos. Sebastián Castella, de azul rey y oro: estocada caída perpendicular y dos descabellos (saludos); estocada (oreja). Alejandro Talavante, de catafalco y oro: estocada caída (petición y saludos); estocada trasera que escupe (saludos tras aviso). Andrés Roca Rey, de tabaco y oro: estocada rinconera y varios descabellos (saludos tras dos avisos); estocada que escupe y descabello (saludos tras aviso)Pasadas las seis y media sonó otra vez la Flauta y pisó el redondel un cinqueño que estuvo de sobrero en la Feria de Abril. Desastroso el tercio de banderillas, con Javier Ambel sin verlo claro con tal tacazo, con ese cuello que se descolgaba en el embroque zurdo. Momento de apuro de Talavante cuando por el derecho quiso trazar un largo redondo y se le quedó debajo. Ayudado del zapatillazo, sacó cuatro naturales en los que el colorado se abrió con largura, pero más se abrió el matador. Faltó mayor compromiso, pero la efectividad de la estocada provocó una ligera petición. Por delante se llevó el quinto al extremeño en el primer doblón rodilla en tierra, por fortuna sin consecuencias.
Los nombres cantaban por sí solos: Flauta I y II, Palillito, Clarín, Pianero y Rompeplaza. Una corrida de Alcurrucén que evocaba a la familia de los músicos, como si la divisa de los Lozano hubiese compuesto una suite especial para la fecha más taurinísima del … calendario. Faltaba un Pasodoble para completar el armónico elenco. Instrumentos de carne y hueso, de una seria belleza que no se vería en ninguna otra plaza. Seis estampas -siete con el sobrero- que conformaban una orquesta lista para interpretar la partitura de la tauromaquia, pero faltó alma. Variada fue la corrida, de noble fondo en conjunto y que debió de arrastrarse sin alguna oreja más. Por h o por b, eso no sucedió. Faltó esa forma especial de la música del toreo, esa que «es capaz de mover el corazón», que dejó como sentencia Johann Sebastian Bach. Y allí el órgano que impulsa la sangre quien lo puso más de verdad fue Roca Rey en una faena marrada con el descabello, que cambió el premio por los dos avisos. El niño de la barrera del 7 enrollaba y desenrollaba la cartulina blanca en la que había dibujado su ‘cuore’ rojo con el apellido del peruano en mayúsculas. Más que el propio matador lamentó el desacierto: ya no podría contar en su vuelta al cole que en su veraneo donostiarra vio triunfar a su torero.

(BMF)
Sí les hablará de los dos tremendos arrimones que se pegó el Cóndor. Soberanísimos. Fusionado con los pitones, abandonado ante su lote después de series de muleta a rastras, de reencontrarse con su izquierda de vuelos echados y mando, sin necesidad de ayuda, que también arrojaría con la mano de la cuchara. Hasta tres toros paró después de que el palco asomara a la ligera el pañuelo verde por la forma en que el tercero frenaba con el tren posterior. Mal el presidente, que debió aguantar las protestas y dar un tiempo al tal Palillito, con esas hechuras tan prometedoras. Se corrió turno y apareció el previsto en sexto lugar, un ejemplar que transmitía con su serio comportamiento y con el que Roca, decidido a la verónica, tragó y se ancló en la arena desde la apertura de su valentísima faena, en la que no cedió un milímetro. Camino del triunfo grande iba, abortado por el descabello, que ya está escrito.
Con disparo inicial el último, el sobrero Doctorcito. Entregada de principio a fin la figura limeña y rendido al poderío de su muleta el animal, que pegó un arreón tras sentir el acero. Otro aviso se anotó en su tarde donostiarra, la de más espectadores a su reclamo y más importante que lo reflejado en la ficha, pero con el defecto del largo metraje.
Extensísimo el festejo, que rondó las tres horas. Y eso que solo se dio una vuelta al ruedo. Castella fue el único en tocar pelo pasado el ecuador, que era cuando se cumplían las dos horas soñadas. Frenado de los cuartos traseros, manseó en varas y esperó en banderillas. Fenomenalmente lo corrió hacia atrás Chacón en la lidia y lo llevó hasta el burladero a punta de capote. Con su clásico inicio pendular, ceñidísimo, arrrancó el galo, que buscó el acople al natural y acabó entre los pitones dejándose lamer el bordado en una labor algo amontonada. Se tragó la muerte Clarín, que tuvo buena condición en las telas. Cabal la estocada, que desató la pañolada. Más méritos reunió su obra a la pintura berrenda en negra, con un punto de aspereza que supo limar este especialista en los de Núñez. Perfecto técnicamente, aprovechó la obediencia del Alcurrucén, como todo el conjunto ganadero, de estupenda presencia -no está de más recalcarlo en estos tiempos donde más de una vez dan gato por liebre por estas plazas de Dios- y buena condición.
San Sebastián
-
Coso de Illumbe
Sábado, 15 de agosto de 2026. Tercera y última corrida. Alrededor de dos tercios de entrada. Toros de Alcurrucén (incluido el sobrero, lidiado en 6º lugar), cuatreños salvo el 2º, bien presentados y de variado juego, nobles y de buena condición en conjunto, con sus flecos mansitos.
-
Sebastián Castella,
de azul rey y oro: estocada caída perpendicular y dos descabellos (saludos); estocada (oreja). -
Alejandro Talavante,
de catafalco y oro: estocada caída (petición y saludos); estocada trasera que escupe (saludos tras aviso). -
Andrés Roca Rey,
de tabaco y oro: estocada rinconera y varios descabellos (saludos tras dos avisos); estocada que escupe y descabello (saludos tras aviso)
-
Pasadas las seis y media sonó otra vez la Flauta y pisó el redondel un cinqueño que estuvo de sobrero en la Feria de Abril. Desastroso el tercio de banderillas, con Javier Ambel sin verlo claro con tal tacazo, con ese cuello que se descolgaba en el embroque zurdo. Momento de apuro de Talavante cuando por el derecho quiso trazar un largo redondo y se le quedó debajo. Ayudado del zapatillazo, sacó cuatro naturales en los que el colorado se abrió con largura, pero más se abrió el matador. Faltó mayor compromiso, pero la efectividad de la estocada provocó una ligera petición. Por delante se llevó el quinto al extremeño en el primer doblón rodilla en tierra, por fortuna sin consecuencias.
RSS de noticias de cultura
