Una cinta disuade a los visitantes del Museo Provincial de Valladolid de sentarse en una silla española del siglo XVI, que pasaría inadvertida si no se creyera maldita. En otro tiempo, el conocido Sillón del Diablo estuvo colgado en la sacristía de la capilla universitaria, sujeto a la pared con argollas de hierro, a una respetable altura y bocabajo, para evitar que nadie cometiera la imprudencia de usarlo, pues se le achacaban las muertes de dos bedeles y el infortunio de dos alumnas que desafiaron la maldición. Más recientemente, la desaparición inquietante de Laureano Candelario Huéscar, en torno al año 2000, alimentó esta escalofriante leyenda que una investigación liderada por el filólogo Francisco Javier Sánchez-Verdejo viene ahora a disipar con testimonios y datos.Este profesor de Universidad Nacional de Educación a Distancia (Uned) y su colega María Victoria Arenas han comprobado que el antiguo restaurador del museo que, al poco de osar sentarse en el Sillón del Diablo se marchó de Valladolid sin dejar rastro, murió veinte años después. «Todo un personaje, excéntrico, apasionado, atrevido en demasía, sabemos que en realidad se marchó a Francia , a Orange (región de Provenza-Alpes-Costa Azul). Y a fecha de hoy hemos constatado su fallecimiento el 27 de diciembre de 2021», revelan en el artículo ‘ De la realidad a la leyenda: el sillón del diablo ‘, publicado en la revista Clío.Los investigadores no han hallado pruebas documentales de las muertes de los bedeles que se atribuyeron a esta silla frailera, ni tampoco sobre Andrés de Proaza , el estudiante de medicina al que habría pertenecido el sillón en el siglo XVI. Según recogió Saturnino Rivera Manescau en las ‘ Tradiciones Universitarias (Historias y Fantasías) ‘ publicadas en 1948, este licenciado y aspirante a doctor asistió con destacado interés a las lecciones de anatomía del prestigioso cirujano granadino Alonso Rodríguez de Guevara , que incluían la disección y estudio anatómico de cadáveres procedentes del Hospital de Corte y del de la Resurrección. Obsesionado por esta materia, Proaza pasaba horas interminables en el sótano de su casa y pronto comenzó a correr el rumor de que practicaba magia negra. Los vecinos decían que por la noche escuchaban gemidos y que el río «llevaba teñidas sus aguas de rojo, como de sangre que en él se hubiera vertido», según el relato de Rivera Manescau. Las sospechas sobre el médico aumentaron con la desaparición de un niño del vecindario, que había sido visto cerca de su casa. Los alguaciles registraron la vivienda y encontraron al pequeño de diez años con signos evidentes de que haber muerto durante una vivisección o disección en vivo . Antes de ser ahorcado en la plaza pública por este crimen, el acusado confesó que poseía un sillón que le había regalado un nigromante navarro, en agradecimiento por haberle salvado de la persecución de fray Juan de Zumárraga en 1527. Proaza aseguró que cuando se sentaba en él entraba en trance y percibía sensaciones sobrenaturales que le ayudaban en la curación de enfermedades. Pero alertó también de que todo aquel que no fuera médico con elevada preparación moriría si se sentaba tres veces en él. También quien tratara de destruirlo . «Ni un solo papel»Sánchez-Verdejo señala a ABC en conversación telefónica que en archivos universitarios e inquisitoriales no han hallado «ni un solo papel» de la época que mencione a Andrés de Proaza. Tampoco ningún documento sobre el proceso judicial, que debió de llevar a cabo el Rectorado de la Universidad de Valladolid -«no la Inquisición», apunta-, ni un acta de defunción… A su juicio, la historia que se cuenta del Sillón del Diablo parece ser « una amplificación legendaria del siglo XX sobre el recelo real a las disecciones anatómicas en el Renacimiento». El profesor de la Uned cree que «hubo algo, una base de verdad, que el boca a boca fue acrecentando» porque «al poco de su muerte ya se habla de ello en Valladolid». A la tradición, que recogió por escrito por primera vez Rivera Manescau, se le fueron añadiendo posteriormente aportaciones, como el supuesto origen judío o morisco de Proaza o que murió en la hoguera en lugar de en la horca.Este investigador considera «más que plausible», además, que Proaza no fuera en realidad el apellido del médico, sino su lugar de procedencia , pues existe un concejo en el Principado de Asturias del mismo nombre. Cuando emprendió este estudio con Arenas, Sánchez-Verdejo buscaba reconstruir la vida de Andrés de Proaza, pero no ha sido posible porque no ha dado con ninguna información fidedigna sobre él. Sin embargo, asegura que analizar por primera vez esta leyenda desde un punto de vista académico y una perspectiva interdisciplinar, que combina historia, folklore y estudios culturales, les ha «apasionado» a ambos expertos. «El aporte no es probar la historicidad de Proaza (que no es posible)», concluye, sino mostrar cómo la leyenda se construye sobre hechos reales para advertir contra la soberbia que conduce a transgredir límites éticos. Funciona como un « mecanismo moralizante » para advertir contra los atajos al saber e ilustra « cómo objetos reales (un sillón frailero del siglo XVI) se cargan de significado cultural , sirviendo de vehículo de ansiedades colectivas». Una cinta disuade a los visitantes del Museo Provincial de Valladolid de sentarse en una silla española del siglo XVI, que pasaría inadvertida si no se creyera maldita. En otro tiempo, el conocido Sillón del Diablo estuvo colgado en la sacristía de la capilla universitaria, sujeto a la pared con argollas de hierro, a una respetable altura y bocabajo, para evitar que nadie cometiera la imprudencia de usarlo, pues se le achacaban las muertes de dos bedeles y el infortunio de dos alumnas que desafiaron la maldición. Más recientemente, la desaparición inquietante de Laureano Candelario Huéscar, en torno al año 2000, alimentó esta escalofriante leyenda que una investigación liderada por el filólogo Francisco Javier Sánchez-Verdejo viene ahora a disipar con testimonios y datos.Este profesor de Universidad Nacional de Educación a Distancia (Uned) y su colega María Victoria Arenas han comprobado que el antiguo restaurador del museo que, al poco de osar sentarse en el Sillón del Diablo se marchó de Valladolid sin dejar rastro, murió veinte años después. «Todo un personaje, excéntrico, apasionado, atrevido en demasía, sabemos que en realidad se marchó a Francia , a Orange (región de Provenza-Alpes-Costa Azul). Y a fecha de hoy hemos constatado su fallecimiento el 27 de diciembre de 2021», revelan en el artículo ‘ De la realidad a la leyenda: el sillón del diablo ‘, publicado en la revista Clío.Los investigadores no han hallado pruebas documentales de las muertes de los bedeles que se atribuyeron a esta silla frailera, ni tampoco sobre Andrés de Proaza , el estudiante de medicina al que habría pertenecido el sillón en el siglo XVI. Según recogió Saturnino Rivera Manescau en las ‘ Tradiciones Universitarias (Historias y Fantasías) ‘ publicadas en 1948, este licenciado y aspirante a doctor asistió con destacado interés a las lecciones de anatomía del prestigioso cirujano granadino Alonso Rodríguez de Guevara , que incluían la disección y estudio anatómico de cadáveres procedentes del Hospital de Corte y del de la Resurrección. Obsesionado por esta materia, Proaza pasaba horas interminables en el sótano de su casa y pronto comenzó a correr el rumor de que practicaba magia negra. Los vecinos decían que por la noche escuchaban gemidos y que el río «llevaba teñidas sus aguas de rojo, como de sangre que en él se hubiera vertido», según el relato de Rivera Manescau. Las sospechas sobre el médico aumentaron con la desaparición de un niño del vecindario, que había sido visto cerca de su casa. Los alguaciles registraron la vivienda y encontraron al pequeño de diez años con signos evidentes de que haber muerto durante una vivisección o disección en vivo . Antes de ser ahorcado en la plaza pública por este crimen, el acusado confesó que poseía un sillón que le había regalado un nigromante navarro, en agradecimiento por haberle salvado de la persecución de fray Juan de Zumárraga en 1527. Proaza aseguró que cuando se sentaba en él entraba en trance y percibía sensaciones sobrenaturales que le ayudaban en la curación de enfermedades. Pero alertó también de que todo aquel que no fuera médico con elevada preparación moriría si se sentaba tres veces en él. También quien tratara de destruirlo . «Ni un solo papel»Sánchez-Verdejo señala a ABC en conversación telefónica que en archivos universitarios e inquisitoriales no han hallado «ni un solo papel» de la época que mencione a Andrés de Proaza. Tampoco ningún documento sobre el proceso judicial, que debió de llevar a cabo el Rectorado de la Universidad de Valladolid -«no la Inquisición», apunta-, ni un acta de defunción… A su juicio, la historia que se cuenta del Sillón del Diablo parece ser « una amplificación legendaria del siglo XX sobre el recelo real a las disecciones anatómicas en el Renacimiento». El profesor de la Uned cree que «hubo algo, una base de verdad, que el boca a boca fue acrecentando» porque «al poco de su muerte ya se habla de ello en Valladolid». A la tradición, que recogió por escrito por primera vez Rivera Manescau, se le fueron añadiendo posteriormente aportaciones, como el supuesto origen judío o morisco de Proaza o que murió en la hoguera en lugar de en la horca.Este investigador considera «más que plausible», además, que Proaza no fuera en realidad el apellido del médico, sino su lugar de procedencia , pues existe un concejo en el Principado de Asturias del mismo nombre. Cuando emprendió este estudio con Arenas, Sánchez-Verdejo buscaba reconstruir la vida de Andrés de Proaza, pero no ha sido posible porque no ha dado con ninguna información fidedigna sobre él. Sin embargo, asegura que analizar por primera vez esta leyenda desde un punto de vista académico y una perspectiva interdisciplinar, que combina historia, folklore y estudios culturales, les ha «apasionado» a ambos expertos. «El aporte no es probar la historicidad de Proaza (que no es posible)», concluye, sino mostrar cómo la leyenda se construye sobre hechos reales para advertir contra la soberbia que conduce a transgredir límites éticos. Funciona como un « mecanismo moralizante » para advertir contra los atajos al saber e ilustra « cómo objetos reales (un sillón frailero del siglo XVI) se cargan de significado cultural , sirviendo de vehículo de ansiedades colectivas».
Una cinta disuade a los visitantes del Museo Provincial de Valladolid de sentarse en una silla española del siglo XVI, que pasaría inadvertida si no se creyera maldita. En otro tiempo, el conocido Sillón del Diablo estuvo colgado en la sacristía de la capilla … universitaria, sujeto a la pared con argollas de hierro, a una respetable altura y bocabajo, para evitar que nadie cometiera la imprudencia de usarlo, pues se le achacaban las muertes de dos bedeles y el infortunio de dos alumnas que desafiaron la maldición. Más recientemente, la desaparición inquietante de Laureano Candelario Huéscar, en torno al año 2000, alimentó esta escalofriante leyenda que una investigación liderada por el filólogo Francisco Javier Sánchez-Verdejo viene ahora a disipar con testimonios y datos.
Este profesor de Universidad Nacional de Educación a Distancia (Uned) y su colega María Victoria Arenas han comprobado que el antiguo restaurador del museo que, al poco de osar sentarse en el Sillón del Diablo se marchó de Valladolid sin dejar rastro, murió veinte años después. «Todo un personaje, excéntrico, apasionado, atrevido en demasía, sabemos que en realidad se marchó a Francia, a Orange (región de Provenza-Alpes-Costa Azul). Y a fecha de hoy hemos constatado su fallecimiento el 27 de diciembre de 2021», revelan en el artículo ‘De la realidad a la leyenda: el sillón del diablo‘, publicado en la revista Clío.
Los investigadores no han hallado pruebas documentales de las muertes de los bedeles que se atribuyeron a esta silla frailera, ni tampoco sobre Andrés de Proaza, el estudiante de medicina al que habría pertenecido el sillón en el siglo XVI. Según recogió Saturnino Rivera Manescau en las ‘Tradiciones Universitarias (Historias y Fantasías)‘ publicadas en 1948, este licenciado y aspirante a doctor asistió con destacado interés a las lecciones de anatomía del prestigioso cirujano granadino Alonso Rodríguez de Guevara, que incluían la disección y estudio anatómico de cadáveres procedentes del Hospital de Corte y del de la Resurrección.
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Obsesionado por esta materia, Proaza pasaba horas interminables en el sótano de su casa y pronto comenzó a correr el rumor de que practicaba magia negra. Los vecinos decían que por la noche escuchaban gemidos y que el río «llevaba teñidas sus aguas de rojo, como de sangre que en él se hubiera vertido», según el relato de Rivera Manescau. Las sospechas sobre el médico aumentaron con la desaparición de un niño del vecindario, que había sido visto cerca de su casa. Los alguaciles registraron la vivienda y encontraron al pequeño de diez años con signos evidentes de que haber muerto durante una vivisección o disección en vivo.
Antes de ser ahorcado en la plaza pública por este crimen, el acusado confesó que poseía un sillón que le había regalado un nigromante navarro, en agradecimiento por haberle salvado de la persecución de fray Juan de Zumárraga en 1527. Proaza aseguró que cuando se sentaba en él entraba en trance y percibía sensaciones sobrenaturales que le ayudaban en la curación de enfermedades. Pero alertó también de que todo aquel que no fuera médico con elevada preparación moriría si se sentaba tres veces en él. También quien tratara de destruirlo.
«Ni un solo papel»
Sánchez-Verdejo señala a ABC en conversación telefónica que en archivos universitarios e inquisitoriales no han hallado «ni un solo papel» de la época que mencione a Andrés de Proaza. Tampoco ningún documento sobre el proceso judicial, que debió de llevar a cabo el Rectorado de la Universidad de Valladolid -«no la Inquisición», apunta-, ni un acta de defunción… A su juicio, la historia que se cuenta del Sillón del Diablo parece ser «una amplificación legendaria del siglo XX sobre el recelo real a las disecciones anatómicas en el Renacimiento». El profesor de la Uned cree que «hubo algo, una base de verdad, que el boca a boca fue acrecentando» porque «al poco de su muerte ya se habla de ello en Valladolid». A la tradición, que recogió por escrito por primera vez Rivera Manescau, se le fueron añadiendo posteriormente aportaciones, como el supuesto origen judío o morisco de Proaza o que murió en la hoguera en lugar de en la horca.
Este investigador considera «más que plausible», además, que Proaza no fuera en realidad el apellido del médico, sino su lugar de procedencia, pues existe un concejo en el Principado de Asturias del mismo nombre.
Cuando emprendió este estudio con Arenas, Sánchez-Verdejo buscaba reconstruir la vida de Andrés de Proaza, pero no ha sido posible porque no ha dado con ninguna información fidedigna sobre él. Sin embargo, asegura que analizar por primera vez esta leyenda desde un punto de vista académico y una perspectiva interdisciplinar, que combina historia, folklore y estudios culturales, les ha «apasionado» a ambos expertos.
«El aporte no es probar la historicidad de Proaza (que no es posible)», concluye, sino mostrar cómo la leyenda se construye sobre hechos reales para advertir contra la soberbia que conduce a transgredir límites éticos. Funciona como un «mecanismo moralizante» para advertir contra los atajos al saber e ilustra «cómo objetos reales (un sillón frailero del siglo XVI) se cargan de significado cultural, sirviendo de vehículo de ansiedades colectivas».
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