
Los Dragones de Lavapiés han entrenado este viernes en mitad de la calle. El club, que reúne a unos 600 jugadores de cerca de 60 nacionalidades, ha cortado uno de los carriles de la ronda de Valencia para denunciar la falta de instalaciones deportivas en el barrio. Las obras, retrasadas y todavía sin terminar, en el campo de Embajadores, 18, y en el Casino de la Reina han dejado a sus equipos sin dos de los espacios que utilizaban para jugar. Ante la falta de alternativas, la entidad ha trasladado el entrenamiento a la vía pública para reclamar al Ayuntamiento de Madrid que los niños puedan volver a jugar en su barrio.
El club, con 600 jugadores de cerca de 60 nacionalidades, denuncia que las obras en dos instalaciones del barrio les han dejado sin espacios deportivos y reclama al Ayuntamiento una solución
Los Dragones de Lavapiés han entrenado este viernes en mitad de la calle. El club, que reúne a unos 600 jugadores de cerca de 60 nacionalidades, ha cortado uno de los carriles de la ronda de Valencia para denunciar la falta de instalaciones deportivas en el barrio. Las obras, retrasadas y todavía sin terminar, en el campo de Embajadores, 18, y en el Casino de la Reina han dejado a sus equipos sin dos de los espacios que utilizaban para jugar. Ante la falta de alternativas, la entidad ha trasladado el entrenamiento a la vía pública para reclamar al Ayuntamiento de Madrid que los niños puedan volver a jugar en su barrio.
La protesta ha reunido a unas 150 personas, entre niños, padres y vecinos. Cerca de 50 o 60 menores han participado en el entrenamiento, con dos porterías plegables instaladas sobre el asfalto. Mientras un grupo de músicos senegaleses acompaña la convocatoria con su música, los pequeños corren detrás del balón y ensayan jugadas. En un momento de la concentración, uno de los organizadores agarra el megáfono y lanza las consignas que resumen la reivindicación: “Estos Dragones sin instalaciones”, mientras el resto de asistentes le siguen. Los niños siguen jugando mientras sus familias observan desde los márgenes de la calle.
“La niñez tiene otros plazos. Un niño crece de los 12 a los 13 años y se ha quedado un año sin tener su juego”, denuncia Dolores Galindo, presidenta y fundadora del club. Para ella, la espera no es un asunto menor: cada mes sin campo supone perder entrenamientos, partidos y una parte de la vida en común que el fútbol ha construido entre los menores de Lavapiés.
El club llevaba años utilizando el solar de Embajadores, 18, acondicionado como campo con césped y alumbrado. Según Galindo, el Ayuntamiento conocía la existencia de los sótanos bajo el terreno. Desde el Consistorio se señala la presencia de estas estructuras como motivo del retraso de unas obras que continúan paralizadas. A este problema se suma el cierre del espacio deportivo del Casino de la Reina. La alternativa durante estos meses ha sido desplazarse al parque de Atenas, pero, según denuncia Galindo, “no resuelve la situación”: no todas las familias pueden llegar hasta allí y el club debe compartir el espacio con otros usuarios.
Camilo, de 11 años, y Aayan, de 10, conocen de cerca las consecuencias de esta falta de instalaciones y ambos lo tienen claro: “queremos volver a jugar en nuestro campo”. Los dos niños viven en en el barrio y forman parte de un equipo en el que han encontrado un lugar para jugar y hacer amigos. Ahora, entrenar en el parque de Atenas les obliga a desplazarse en autobús. Hay familias que no pueden asumir ese trayecto y, según cuentan, tres niños del equipo llevan meses sin poder acudir a los entrenamientos porque sus padres no pueden acompañarlos.
Aayan está triste por no poder jugar en el campo de su barrio. Entró en los Dragones cuando tenía seis años, pasó un tiempo fuera del equipo y regresó hace aproximadamente un año. En el club ha hecho amigos y ha encontrado un espacio en el que compartir su afición por el fútbol. Sus padres también lamentan que haya menores que se estén quedando fuera de los entrenamientos por las dificultades para llegar a las instalaciones alternativas.
Los Dragones nacieron hace 12 años, cuando una convocatoria en el barrio reunió a unos 80 niños de alrededor de 30 países. Hoy, el proyecto cuenta con cerca de 600 jugadores de unas 60 nacionalidades y ha extendido su actividad a equipos femeninos, personas refugiadas, personas amputadas y personas sin hogar. Su objetivo va más allá de formar futbolistas: hacer del deporte un lugar de encuentro y combatir el racismo desde la infancia.
Galindo recuerda que los insultos racistas escuchados durante uno de los primeros partidos marcaron el rumbo de la entidad. “Dijimos: si no nos retiramos de esta competición, es para cambiar esto”, cuenta. Desde entonces, el club ha defendido que el fútbol puede reunir a niños y familias de orígenes muy distintos alrededor de un mismo balón.
Ahora, la entidad reclama recuperar los espacios que permitían mantener esa comunidad en el barrio. Este viernes, la ronda de Valencia se ha convertido en el escenario de esa protesta: mientras los músicos senegaleses acompañan los pases y las voces del megáfono reclaman instalaciones, los Dragones sacan el fútbol a la calle para recordar que sus jugadores siguen creciendo, aunque no tengan un campo donde entrenar cerca de casa.
