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  Cultura  Pablo Aguado, sobre la posible retirada de Morante: «No lo sabrá ni él. Tendrá días que se querrá quitar y días que se verá para seguir diez años más»
Cultura

Pablo Aguado, sobre la posible retirada de Morante: «No lo sabrá ni él. Tendrá días que se querrá quitar y días que se verá para seguir diez años más»

octubre 8, 2026
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Pablo Aguado no se atreve a ponerle fecha al último paseíllo de Morante . Ni siquiera cree que el propio maestro tenga resuelto su futuro. «Me imagino que tendrá días que se querrá quitar y días que se verá para seguir diez años más. No lo sabrá ni él ». Lo que sí tiene claro es su deseo: « Ojalá que, en la medida que él crea, siga toreando ». Lo dice sentado en el ruedo de la Maestranza, con la plaza iluminada en la noche y la Puerta del Príncipe al fondo. El lugar de una felicidad reciente sirve ahora para hablar de quien ha sido uno de sus grandes referentes.El primer programa de la segunda temporada de ‘Silla de Enea’ , en colaboración con ABC de Sevilla , devuelve a Aguado al escenario de su triunfo de San Miguel, cuando cortó tres orejas a la corrida de Jandilla del sábado 26 de septiembre. Pero la conversación también viaja hacia quienes le enseñaron a mirar el toreo. Y hacia Morante, al que llama el maestro, cuya continuidad desea por lo que su presencia significa para todos.«La revolució n que ha creado» le parece «extraordinaria para la tauromaquia», especialmente por la cantidad de jóvenes y niños que se han acercado a un concepto clásico que, a priori, podría no resultarles el más vistoso. «Ha sido algo que no sé si lo volveremos a ver». Mientras mantenga ese ambiente a su alrededor, sostiene, «nos beneficiamos todos» .La admiración no le impide asumir el paso del tiempo. Los toreros que llegaron después tendrán que ocupar la primera fila y sostener el interés de las plazas. «Llega un momento que nos toca o nos tocará a nosotros tirar del carro ». Cambia la responsabilidad: del privilegio de compartir cartel con los ídolos a la obligación de convertirse en reclamo. Aguado lo acepta como una tarea «maravillosa» .«Ojalá que, en la medida que él crea, siga toreando»De ese privilegio guarda una imagen que no puede enseñar. Está en Gijón, ha llegado a la raya de picar y mira a uno y otro lado. Allí están Morante y El Juli, sus dos ídolos de niño . Se habla a sí mismo: «Pablo, guárdate esta imagen porque eres un privilegiado haciendo el paseíllo con estas dos grandiosas figuras del toreo». La conserva intacta. «Hacer un paseíllo con tus ídolos es algo que no hay oreja ni triunfo que lo iguale».Antes de Morante estuvo Curro Romero en las conversaciones de casa. Su padre, Julio Aguado , era muy currista. Pablo escuchaba cómo cogía aquel capote tan chico y aprendía también a vivir las tradiciones de Sevilla con pasión. «No cabe duda de que estás influido por lo que has mamado ». Su padre le inculcó una afición sin la que quizá no habría llegado a ser torero. Le duele que no haya podido disfrutar del momento que vive. «Estaría muy orgulloso». También se habría llevado disgustos, admite, aunque cree que lo bueno le habría compensado la dureza.En San Miguel volvió a pensar en los ausentes. Antonio Rojas , amigo íntimo de su padre y muy cercano a la familia, había fallecido dos días antes de la corrida. El triunfo le hizo sentir otra de esas coincidencias que lo llevan a pensar que recibe ayuda desde arriba. «También fue lo primero que pensé: que algo tendrá que ver ».Sus primeros recuerdos taurinos tienen una finca familiar en Carmona, un carretón y los juegos con su hermano Gonzalo. Toreaba sin imaginar una profesión. Después pidió hacerlo de verdad como regalo de primera comunión. La vocación, sin embargo, tuvo una pausa: amigos, estudios y la vida de cualquier muchacho. Siguió los toros desde el tendido hasta que, con veinte o veintiún años, los tentaderos en casas de amigos ganaderos —Algarra, Murube, Buendía— lo fueron devolviendo a aquello que llevaba dentro. « Toreaba porque me llenaba, me gustaba». No lo movían la fama ni «los fuegos artificiales» alrededor del torero.Esa manera de llegar explica también su cautela. Otros creían en él más de lo que creía él mismo. Bastaba que una becerra lo desbordara para recordar cuánto le quedaba por aprender. Pero esa exigencia tiene un reverso: «Los toreros cometemos muchas veces el error de vernos más lo malo que lo bueno». Habla de un «pozo de negatividad» en el que uno llega a pensar que no vale y que el reconocimiento responde sólo a la coincidencia de una tarde.«Los toreros cometemos muchas veces el error de vernos más lo malo que lo bueno»Ha buscado ayuda psicológica y lo cuenta con naturalidad: «Yo he recurrido a ello y, cuando lo he hecho, lo he agradecido ». Le permitió entender que las dudas también aparecen en otras personas expuestas al público, a la presión y a las expectativas. «Los psicólogos te ayudan a gestionarlo y, sobre todo, a darte cuenta de que es algo totalmente normal ». A ese apoyo suma sus amigos de siempre, anteriores a la profesión, sus tres hermanos mayores y su madre. A veces, los más cercanos son también los más duros. Lo agradece.También necesita que le digan lo que ha hecho bien y lo que ha hecho mal, desde un criterio en el que pueda confiar. Fuera de la plaza disfruta del campo, de la caza y de las comidas con amigos que se alargan. Reírse, incluso de sí mismo después de una mala tarde, forma parte de su manera de llevar la profesión.En esa mirada cabe Juan Ortega . Aguado no entiende que disfrutar de uno obligue a renunciar al otro: «Quedarte sólo con un torero es limitarte el disfrute». El partidismo le parece bonito cuando conserva el arte, la gracia y la salud. Recuerda una anécdota de Curro Romero: alguien se presentó diciéndole que era de Paula y el maestro respondió: «Y yo también». Los toreros se admiran, aunque cada uno quiera ser el mejor. Reconoce los matices sevillanos de alegría y gracia en su concepto, pero entiende que ese toreo gusta en cualquier sitio.«Quedarte sólo con un torero es limitarte el disfrute»También agradece el trabajo del Círculo de Pablo Aguado, impulsado por amigos y partidarios para acercar la tauromaquia a los jóvenes y divulgar su historia. Lo considera algo externo a él, sostenido con esfuerzo y realizado «con mucha clase y con mucha categoría».Su fe , con la Virgen del Rocío muy presente, acompaña esa vida. En la capilla pide que no haya percances para nadie y que cada uno triunfe en la medida que lo merezca. Recuerda la enseñanza de José Miguel Arroyo ‘Joselito’ de volver al salir para dar gracias . No hace promesas a cambio de triunfos: entiende la religión desde el esfuerzo, el sacrificio, ser buena persona y ayudar a quien lo necesita. Echa de menos el camino del Rocío y los ratos de Feria, aunque sentirse libre delante del toro lo compense con creces.No querría un hijo torero . Conoce demasiado bien las tardes de fracaso, la crítica y los momentos en que todo se vuelve negro. Entiende lo difícil que sería negarle aquello que a él lo ha hecho feliz, pero verlo sufrir le resultaría muy duro. Para sí mismo pide que los toros lo respeten, aprender de los días malos y saborear los buenos. La petición de quien ha conocido la gloria y sabe cuánto cuesta llegar hasta ella. Pablo Aguado no se atreve a ponerle fecha al último paseíllo de Morante . Ni siquiera cree que el propio maestro tenga resuelto su futuro. «Me imagino que tendrá días que se querrá quitar y días que se verá para seguir diez años más. No lo sabrá ni él ». Lo que sí tiene claro es su deseo: « Ojalá que, en la medida que él crea, siga toreando ». Lo dice sentado en el ruedo de la Maestranza, con la plaza iluminada en la noche y la Puerta del Príncipe al fondo. El lugar de una felicidad reciente sirve ahora para hablar de quien ha sido uno de sus grandes referentes.El primer programa de la segunda temporada de ‘Silla de Enea’ , en colaboración con ABC de Sevilla , devuelve a Aguado al escenario de su triunfo de San Miguel, cuando cortó tres orejas a la corrida de Jandilla del sábado 26 de septiembre. Pero la conversación también viaja hacia quienes le enseñaron a mirar el toreo. Y hacia Morante, al que llama el maestro, cuya continuidad desea por lo que su presencia significa para todos.«La revolució n que ha creado» le parece «extraordinaria para la tauromaquia», especialmente por la cantidad de jóvenes y niños que se han acercado a un concepto clásico que, a priori, podría no resultarles el más vistoso. «Ha sido algo que no sé si lo volveremos a ver». Mientras mantenga ese ambiente a su alrededor, sostiene, «nos beneficiamos todos» .La admiración no le impide asumir el paso del tiempo. Los toreros que llegaron después tendrán que ocupar la primera fila y sostener el interés de las plazas. «Llega un momento que nos toca o nos tocará a nosotros tirar del carro ». Cambia la responsabilidad: del privilegio de compartir cartel con los ídolos a la obligación de convertirse en reclamo. Aguado lo acepta como una tarea «maravillosa» .«Ojalá que, en la medida que él crea, siga toreando»De ese privilegio guarda una imagen que no puede enseñar. Está en Gijón, ha llegado a la raya de picar y mira a uno y otro lado. Allí están Morante y El Juli, sus dos ídolos de niño . Se habla a sí mismo: «Pablo, guárdate esta imagen porque eres un privilegiado haciendo el paseíllo con estas dos grandiosas figuras del toreo». La conserva intacta. «Hacer un paseíllo con tus ídolos es algo que no hay oreja ni triunfo que lo iguale».Antes de Morante estuvo Curro Romero en las conversaciones de casa. Su padre, Julio Aguado , era muy currista. Pablo escuchaba cómo cogía aquel capote tan chico y aprendía también a vivir las tradiciones de Sevilla con pasión. «No cabe duda de que estás influido por lo que has mamado ». Su padre le inculcó una afición sin la que quizá no habría llegado a ser torero. Le duele que no haya podido disfrutar del momento que vive. «Estaría muy orgulloso». También se habría llevado disgustos, admite, aunque cree que lo bueno le habría compensado la dureza.En San Miguel volvió a pensar en los ausentes. Antonio Rojas , amigo íntimo de su padre y muy cercano a la familia, había fallecido dos días antes de la corrida. El triunfo le hizo sentir otra de esas coincidencias que lo llevan a pensar que recibe ayuda desde arriba. «También fue lo primero que pensé: que algo tendrá que ver ».Sus primeros recuerdos taurinos tienen una finca familiar en Carmona, un carretón y los juegos con su hermano Gonzalo. Toreaba sin imaginar una profesión. Después pidió hacerlo de verdad como regalo de primera comunión. La vocación, sin embargo, tuvo una pausa: amigos, estudios y la vida de cualquier muchacho. Siguió los toros desde el tendido hasta que, con veinte o veintiún años, los tentaderos en casas de amigos ganaderos —Algarra, Murube, Buendía— lo fueron devolviendo a aquello que llevaba dentro. « Toreaba porque me llenaba, me gustaba». No lo movían la fama ni «los fuegos artificiales» alrededor del torero.Esa manera de llegar explica también su cautela. Otros creían en él más de lo que creía él mismo. Bastaba que una becerra lo desbordara para recordar cuánto le quedaba por aprender. Pero esa exigencia tiene un reverso: «Los toreros cometemos muchas veces el error de vernos más lo malo que lo bueno». Habla de un «pozo de negatividad» en el que uno llega a pensar que no vale y que el reconocimiento responde sólo a la coincidencia de una tarde.«Los toreros cometemos muchas veces el error de vernos más lo malo que lo bueno»Ha buscado ayuda psicológica y lo cuenta con naturalidad: «Yo he recurrido a ello y, cuando lo he hecho, lo he agradecido ». Le permitió entender que las dudas también aparecen en otras personas expuestas al público, a la presión y a las expectativas. «Los psicólogos te ayudan a gestionarlo y, sobre todo, a darte cuenta de que es algo totalmente normal ». A ese apoyo suma sus amigos de siempre, anteriores a la profesión, sus tres hermanos mayores y su madre. A veces, los más cercanos son también los más duros. Lo agradece.También necesita que le digan lo que ha hecho bien y lo que ha hecho mal, desde un criterio en el que pueda confiar. Fuera de la plaza disfruta del campo, de la caza y de las comidas con amigos que se alargan. Reírse, incluso de sí mismo después de una mala tarde, forma parte de su manera de llevar la profesión.En esa mirada cabe Juan Ortega . Aguado no entiende que disfrutar de uno obligue a renunciar al otro: «Quedarte sólo con un torero es limitarte el disfrute». El partidismo le parece bonito cuando conserva el arte, la gracia y la salud. Recuerda una anécdota de Curro Romero: alguien se presentó diciéndole que era de Paula y el maestro respondió: «Y yo también». Los toreros se admiran, aunque cada uno quiera ser el mejor. Reconoce los matices sevillanos de alegría y gracia en su concepto, pero entiende que ese toreo gusta en cualquier sitio.«Quedarte sólo con un torero es limitarte el disfrute»También agradece el trabajo del Círculo de Pablo Aguado, impulsado por amigos y partidarios para acercar la tauromaquia a los jóvenes y divulgar su historia. Lo considera algo externo a él, sostenido con esfuerzo y realizado «con mucha clase y con mucha categoría».Su fe , con la Virgen del Rocío muy presente, acompaña esa vida. En la capilla pide que no haya percances para nadie y que cada uno triunfe en la medida que lo merezca. Recuerda la enseñanza de José Miguel Arroyo ‘Joselito’ de volver al salir para dar gracias . No hace promesas a cambio de triunfos: entiende la religión desde el esfuerzo, el sacrificio, ser buena persona y ayudar a quien lo necesita. Echa de menos el camino del Rocío y los ratos de Feria, aunque sentirse libre delante del toro lo compense con creces.No querría un hijo torero . Conoce demasiado bien las tardes de fracaso, la crítica y los momentos en que todo se vuelve negro. Entiende lo difícil que sería negarle aquello que a él lo ha hecho feliz, pero verlo sufrir le resultaría muy duro. Para sí mismo pide que los toros lo respeten, aprender de los días malos y saborear los buenos. La petición de quien ha conocido la gloria y sabe cuánto cuesta llegar hasta ella.  

Pablo Aguado no se atreve a ponerle fecha al último paseíllo de Morante. Ni siquiera cree que el propio maestro tenga resuelto su futuro. «Me imagino que tendrá días que se querrá quitar y días que se verá para seguir diez años más. … No lo sabrá ni él». Lo que sí tiene claro es su deseo: «Ojalá que, en la medida que él crea, siga toreando». Lo dice sentado en el ruedo de la Maestranza, con la plaza iluminada en la noche y la Puerta del Príncipe al fondo. El lugar de una felicidad reciente sirve ahora para hablar de quien ha sido uno de sus grandes referentes.

El primer programa de la segunda temporada de ‘Silla de Enea’, en colaboración con ABC de Sevilla, devuelve a Aguado al escenario de su triunfo de San Miguel, cuando cortó tres orejas a la corrida de Jandilla del sábado 26 de septiembre. Pero la conversación también viaja hacia quienes le enseñaron a mirar el toreo. Y hacia Morante, al que llama el maestro, cuya continuidad desea por lo que su presencia significa para todos.

«La revolución que ha creado» le parece «extraordinaria para la tauromaquia», especialmente por la cantidad de jóvenes y niños que se han acercado a un concepto clásico que, a priori, podría no resultarles el más vistoso. «Ha sido algo que no sé si lo volveremos a ver». Mientras mantenga ese ambiente a su alrededor, sostiene, «nos beneficiamos todos».

La admiración no le impide asumir el paso del tiempo. Los toreros que llegaron después tendrán que ocupar la primera fila y sostener el interés de las plazas. «Llega un momento que nos toca o nos tocará a nosotros tirar del carro». Cambia la responsabilidad: del privilegio de compartir cartel con los ídolos a la obligación de convertirse en reclamo. Aguado lo acepta como una tarea «maravillosa».

«Ojalá que, en la medida que él crea, siga toreando»

De ese privilegio guarda una imagen que no puede enseñar. Está en Gijón, ha llegado a la raya de picar y mira a uno y otro lado. Allí están Morante y El Juli, sus dos ídolos de niño. Se habla a sí mismo: «Pablo, guárdate esta imagen porque eres un privilegiado haciendo el paseíllo con estas dos grandiosas figuras del toreo». La conserva intacta. «Hacer un paseíllo con tus ídolos es algo que no hay oreja ni triunfo que lo iguale».

Antes de Morante estuvo Curro Romero en las conversaciones de casa. Su padre, Julio Aguado, era muy currista. Pablo escuchaba cómo cogía aquel capote tan chico y aprendía también a vivir las tradiciones de Sevilla con pasión. «No cabe duda de que estás influido por lo que has mamado». Su padre le inculcó una afición sin la que quizá no habría llegado a ser torero. Le duele que no haya podido disfrutar del momento que vive. «Estaría muy orgulloso». También se habría llevado disgustos, admite, aunque cree que lo bueno le habría compensado la dureza.

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Sus primeros recuerdos taurinos tienen una finca familiar en Carmona, un carretón y los juegos con su hermano Gonzalo. Toreaba sin imaginar una profesión. Después pidió hacerlo de verdad como regalo de primera comunión. La vocación, sin embargo, tuvo una pausa: amigos, estudios y la vida de cualquier muchacho. Siguió los toros desde el tendido hasta que, con veinte o veintiún años, los tentaderos en casas de amigos ganaderos —Algarra, Murube, Buendía— lo fueron devolviendo a aquello que llevaba dentro. «Toreaba porque me llenaba, me gustaba». No lo movían la fama ni «los fuegos artificiales» alrededor del torero.

Esa manera de llegar explica también su cautela. Otros creían en él más de lo que creía él mismo. Bastaba que una becerra lo desbordara para recordar cuánto le quedaba por aprender. Pero esa exigencia tiene un reverso: «Los toreros cometemos muchas veces el error de vernos más lo malo que lo bueno». Habla de un «pozo de negatividad» en el que uno llega a pensar que no vale y que el reconocimiento responde sólo a la coincidencia de una tarde.

«Los toreros cometemos muchas veces el error de vernos más lo malo que lo bueno»

Ha buscado ayuda psicológica y lo cuenta con naturalidad: «Yo he recurrido a ello y, cuando lo he hecho, lo he agradecido». Le permitió entender que las dudas también aparecen en otras personas expuestas al público, a la presión y a las expectativas. «Los psicólogos te ayudan a gestionarlo y, sobre todo, a darte cuenta de que es algo totalmente normal». A ese apoyo suma sus amigos de siempre, anteriores a la profesión, sus tres hermanos mayores y su madre. A veces, los más cercanos son también los más duros. Lo agradece.

También necesita que le digan lo que ha hecho bien y lo que ha hecho mal, desde un criterio en el que pueda confiar. Fuera de la plaza disfruta del campo, de la caza y de las comidas con amigos que se alargan. Reírse, incluso de sí mismo después de una mala tarde, forma parte de su manera de llevar la profesión.

En esa mirada cabe Juan Ortega. Aguado no entiende que disfrutar de uno obligue a renunciar al otro: «Quedarte sólo con un torero es limitarte el disfrute». El partidismo le parece bonito cuando conserva el arte, la gracia y la salud. Recuerda una anécdota de Curro Romero: alguien se presentó diciéndole que era de Paula y el maestro respondió: «Y yo también». Los toreros se admiran, aunque cada uno quiera ser el mejor. Reconoce los matices sevillanos de alegría y gracia en su concepto, pero entiende que ese toreo gusta en cualquier sitio.

«Quedarte sólo con un torero es limitarte el disfrute»

También agradece el trabajo del Círculo de Pablo Aguado, impulsado por amigos y partidarios para acercar la tauromaquia a los jóvenes y divulgar su historia. Lo considera algo externo a él, sostenido con esfuerzo y realizado «con mucha clase y con mucha categoría».

Su fe, con la Virgen del Rocío muy presente, acompaña esa vida. En la capilla pide que no haya percances para nadie y que cada uno triunfe en la medida que lo merezca. Recuerda la enseñanza de José Miguel Arroyo ‘Joselito’ de volver al salir para dar gracias. No hace promesas a cambio de triunfos: entiende la religión desde el esfuerzo, el sacrificio, ser buena persona y ayudar a quien lo necesita. Echa de menos el camino del Rocío y los ratos de Feria, aunque sentirse libre delante del toro lo compense con creces.

No querría un hijo torero. Conoce demasiado bien las tardes de fracaso, la crítica y los momentos en que todo se vuelve negro. Entiende lo difícil que sería negarle aquello que a él lo ha hecho feliz, pero verlo sufrir le resultaría muy duro. Para sí mismo pide que los toros lo respeten, aprender de los días malos y saborear los buenos. La petición de quien ha conocido la gloria y sabe cuánto cuesta llegar hasta ella.

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