La natalidad, lógicamente, está estrechamente ligada a la demografía. Las tasas de natalidad llevan años reduciéndose de forma sistemática en prácticamente todo el mundo, con contadas excepciones. Cuando estas caen por debajo del nivel de reposición , el efecto sobre el crecimiento poblacional es inevitable: por pura aritmética, la población termina estancándose y, eventualmente, contrayéndose.Es cierto que los flujos migratorios influyen en la evolución demográfica de las distintas regiones, pero el hecho de que la población deje de crecer no es inocuo para la economía global. Detrás de las grandes tendencias macroeconómicas siempre está la demografía. Los ejemplos son numerosos. Lo ocurrido en China durante los últimos cincuenta años puede resumirse en la incorporación a la clase media de casi cuarenta millones de personas al año -prácticamente una España anual-. O lo que sucedió en España a finales de los noventa y comienzos de los 2000, cuando en poco más de una década se pasó de doce a veinte millones de cotizantes a la Seguridad Social. Todo es demografía.En el origen de la caída de la natalidad -un cambio estructural cuyas consecuencias apenas empezamos a intuir- confluyen distintas causas. En los países desarrollados, pesan factores como el acceso a la vivienda o la conciliación laboral y familiar. En los países en vías de desarrollo, influyen más elementos culturales.Existe, sin embargo, una causa que, aunque algunos demógrafos consideran espuria, está generando un intenso debate: la irrupción de los teléfonos inteligentes y su impacto en la socialización . Algunos análisis -como uno publicado recientemente en el Financial Times- muestran de forma muy visual una fuerte correlación entre la expansión de los smartphones y la brusca caída de la natalidad en muchos países. Es indudable que estos dispositivos han transformado radicalmente nuestra forma de relacionarnos. Pero también lo es que la natalidad llevaba descendiendo desde mucho antes, lo que dificulta separar causalidad de simple coincidencia.Lo que sí está fuera de duda es que la caída de la natalidad supone un riesgo para el crecimiento de la población. No es seguro, como sostiene Elon Musk , que sea el mayor riesgo para la humanidad. Aunque, en su caso, parte de la solución sería imitarle: hasta ahora ha tenido catorce hijos con cuatro mujeres distintas.La amenaza cuánticaEn los próximos años, el desarrollo exponencial del procesamiento asociado a la computación cuántica supondrá un salto tecnológico de enorme magnitud. Básicamente, se trata de un acelerador que reducirá drásticamente los tiempos de cálculo, lo que abre grandes oportunidades, pero también plantea desafíos considerables.El principal problema es que esta tecnología cuestiona los sistemas de criptografía actuales. De un día para otro, podrían quedar obsoletos los protocolos que protegen desde la información bancaria hasta los historiales médicos. Por ello, desde hace tiempo se trabaja en normativas y soluciones de criptografía poscuántica que permitan salvaguardar la información antes de que estos sistemas sean plenamente operativos.Uno de los sectores más expuestos es el de las criptomonedas . Los códigos que sustentan estos activos digitales podrían volverse vulnerables. La amenaza ya no es meramente teórica y empieza a percibirse como plausible. Lo que hasta ahora constituía uno de sus principales atractivos -el anonimato y la falta de trazabilidad- podría convertirse en su mayor problema.Los superordenadores cuánticos, con su enorme capacidad de procesamiento, podrían quebrar los sistemas de encriptación sobre los que se basan las transacciones de criptomonedas. Y es precisamente esa opacidad, clave en su relato de éxito, la que podría volverse en su contra. Los monederos digitales podrían dejar de ser seguros.Las criptomonedas nunca han sido realmente una divisa ni una reserva de valor. Ahora podrían dejar incluso de ser una forma fiable de pago. Su principal virtud se convierte así en su principal vulnerabilidad en un contexto de supercomputación. La falta de trazabilidad -que algunos consideraban una ventaja- deja de ser una garantía de seguridad. Lo que se construyó como un sistema de pagos alternativo podría encontrar en el propio avance tecnológico el factor que termine cuestionándolo. Al final, quien a hierro mata, a hierro muere. Y ahora ¿qué?Todo apunta a que el último acuerdo -o, más bien, memorando de entendimiento- entre Estados Unidos e Irán podría consolidarse. Y, aunque no lo hiciera, probablemente se acabará pareciendo mucho a un acuerdo efectivo. Los mercados, que no entienden de derecho internacional, no se detendrán en valorar si se trata de un éxito o un fracaso político. Como he señalado en otras ocasiones, el mercado es esencialmente pragmático: lo único relevante es si se reabre o no el estrecho de Ormuz y qué impacto tendrá en el precio de las materias primas y, en consecuencia, en la inflación.Y ese escenario parece cada vez más claro. El tráfico marítimo se normalizará y las consecuencias irán en la línea de lo que ya anticipaba el mercado: caída en los precios del petróleo , del gas y del resto de materias primas; disipación de los temores a un desabastecimiento; y una menor presión sobre los bancos centrales. En los mercados bursátiles, funcionará la lógica habitual: lo que lo ha hecho mal tenderá a recuperarse, y viceversa.Al margen de las implicaciones geopolíticas -como el impacto sobre Israel o el reforzamiento de la capacidad disuasoria de Irán-, lo relevante desde el punto de vista de los mercados es otro fenómeno: la buena acogida que suelen tener los discursos catastrofistas. Los agoreros suelen ser percibidos como más sensatos o mejor informados, cuando en realidad tienden a equivocarse de forma recurrente. Crisis tras crisis, anticipan el desastre, y aun así mantienen su credibilidad.Detrás de ello no hay más que un juego emocional: los sesgos con los que el ser humano interpreta la realidad, especialmente en lo relativo al dinero. Quizá la lección que deberíamos haber aprendido en los últimos años -que han sido especialmente intensos- es que el fin del mundo , por definición, solo ocurre una vez. Y la probabilidad de que nos toque vivirlo es, en realidad, baja.Mientras tanto, convendría reconocer la extraordinaria capacidad de adaptación del ser humano, sobradamente demostrada en episodios recientes. Por eso, la mejor recomendación sigue siendo no dejarnos arrastrar por las emociones, especialmente por el miedo. Y mantener en cuarentena a los profetas del desastre, cuya influencia suele crecer al calor de la incertidumbre colectiva . La natalidad, lógicamente, está estrechamente ligada a la demografía. Las tasas de natalidad llevan años reduciéndose de forma sistemática en prácticamente todo el mundo, con contadas excepciones. Cuando estas caen por debajo del nivel de reposición , el efecto sobre el crecimiento poblacional es inevitable: por pura aritmética, la población termina estancándose y, eventualmente, contrayéndose.Es cierto que los flujos migratorios influyen en la evolución demográfica de las distintas regiones, pero el hecho de que la población deje de crecer no es inocuo para la economía global. Detrás de las grandes tendencias macroeconómicas siempre está la demografía. Los ejemplos son numerosos. Lo ocurrido en China durante los últimos cincuenta años puede resumirse en la incorporación a la clase media de casi cuarenta millones de personas al año -prácticamente una España anual-. O lo que sucedió en España a finales de los noventa y comienzos de los 2000, cuando en poco más de una década se pasó de doce a veinte millones de cotizantes a la Seguridad Social. Todo es demografía.En el origen de la caída de la natalidad -un cambio estructural cuyas consecuencias apenas empezamos a intuir- confluyen distintas causas. En los países desarrollados, pesan factores como el acceso a la vivienda o la conciliación laboral y familiar. En los países en vías de desarrollo, influyen más elementos culturales.Existe, sin embargo, una causa que, aunque algunos demógrafos consideran espuria, está generando un intenso debate: la irrupción de los teléfonos inteligentes y su impacto en la socialización . Algunos análisis -como uno publicado recientemente en el Financial Times- muestran de forma muy visual una fuerte correlación entre la expansión de los smartphones y la brusca caída de la natalidad en muchos países. Es indudable que estos dispositivos han transformado radicalmente nuestra forma de relacionarnos. Pero también lo es que la natalidad llevaba descendiendo desde mucho antes, lo que dificulta separar causalidad de simple coincidencia.Lo que sí está fuera de duda es que la caída de la natalidad supone un riesgo para el crecimiento de la población. No es seguro, como sostiene Elon Musk , que sea el mayor riesgo para la humanidad. Aunque, en su caso, parte de la solución sería imitarle: hasta ahora ha tenido catorce hijos con cuatro mujeres distintas.La amenaza cuánticaEn los próximos años, el desarrollo exponencial del procesamiento asociado a la computación cuántica supondrá un salto tecnológico de enorme magnitud. Básicamente, se trata de un acelerador que reducirá drásticamente los tiempos de cálculo, lo que abre grandes oportunidades, pero también plantea desafíos considerables.El principal problema es que esta tecnología cuestiona los sistemas de criptografía actuales. De un día para otro, podrían quedar obsoletos los protocolos que protegen desde la información bancaria hasta los historiales médicos. Por ello, desde hace tiempo se trabaja en normativas y soluciones de criptografía poscuántica que permitan salvaguardar la información antes de que estos sistemas sean plenamente operativos.Uno de los sectores más expuestos es el de las criptomonedas . Los códigos que sustentan estos activos digitales podrían volverse vulnerables. La amenaza ya no es meramente teórica y empieza a percibirse como plausible. Lo que hasta ahora constituía uno de sus principales atractivos -el anonimato y la falta de trazabilidad- podría convertirse en su mayor problema.Los superordenadores cuánticos, con su enorme capacidad de procesamiento, podrían quebrar los sistemas de encriptación sobre los que se basan las transacciones de criptomonedas. Y es precisamente esa opacidad, clave en su relato de éxito, la que podría volverse en su contra. Los monederos digitales podrían dejar de ser seguros.Las criptomonedas nunca han sido realmente una divisa ni una reserva de valor. Ahora podrían dejar incluso de ser una forma fiable de pago. Su principal virtud se convierte así en su principal vulnerabilidad en un contexto de supercomputación. La falta de trazabilidad -que algunos consideraban una ventaja- deja de ser una garantía de seguridad. Lo que se construyó como un sistema de pagos alternativo podría encontrar en el propio avance tecnológico el factor que termine cuestionándolo. Al final, quien a hierro mata, a hierro muere. Y ahora ¿qué?Todo apunta a que el último acuerdo -o, más bien, memorando de entendimiento- entre Estados Unidos e Irán podría consolidarse. Y, aunque no lo hiciera, probablemente se acabará pareciendo mucho a un acuerdo efectivo. Los mercados, que no entienden de derecho internacional, no se detendrán en valorar si se trata de un éxito o un fracaso político. Como he señalado en otras ocasiones, el mercado es esencialmente pragmático: lo único relevante es si se reabre o no el estrecho de Ormuz y qué impacto tendrá en el precio de las materias primas y, en consecuencia, en la inflación.Y ese escenario parece cada vez más claro. El tráfico marítimo se normalizará y las consecuencias irán en la línea de lo que ya anticipaba el mercado: caída en los precios del petróleo , del gas y del resto de materias primas; disipación de los temores a un desabastecimiento; y una menor presión sobre los bancos centrales. En los mercados bursátiles, funcionará la lógica habitual: lo que lo ha hecho mal tenderá a recuperarse, y viceversa.Al margen de las implicaciones geopolíticas -como el impacto sobre Israel o el reforzamiento de la capacidad disuasoria de Irán-, lo relevante desde el punto de vista de los mercados es otro fenómeno: la buena acogida que suelen tener los discursos catastrofistas. Los agoreros suelen ser percibidos como más sensatos o mejor informados, cuando en realidad tienden a equivocarse de forma recurrente. Crisis tras crisis, anticipan el desastre, y aun así mantienen su credibilidad.Detrás de ello no hay más que un juego emocional: los sesgos con los que el ser humano interpreta la realidad, especialmente en lo relativo al dinero. Quizá la lección que deberíamos haber aprendido en los últimos años -que han sido especialmente intensos- es que el fin del mundo , por definición, solo ocurre una vez. Y la probabilidad de que nos toque vivirlo es, en realidad, baja.Mientras tanto, convendría reconocer la extraordinaria capacidad de adaptación del ser humano, sobradamente demostrada en episodios recientes. Por eso, la mejor recomendación sigue siendo no dejarnos arrastrar por las emociones, especialmente por el miedo. Y mantener en cuarentena a los profetas del desastre, cuya influencia suele crecer al calor de la incertidumbre colectiva .
La natalidad, lógicamente, está estrechamente ligada a la demografía. Las tasas de natalidad llevan años reduciéndose de forma sistemática en prácticamente todo el mundo, con contadas excepciones. Cuando estas caen por debajo del nivel de reposición, el efecto sobre el crecimiento poblacional es inevitable: … por pura aritmética, la población termina estancándose y, eventualmente, contrayéndose.
Es cierto que los flujos migratorios influyen en la evolución demográfica de las distintas regiones, pero el hecho de que la población deje de crecer no es inocuo para la economía global. Detrás de las grandes tendencias macroeconómicas siempre está la demografía. Los ejemplos son numerosos. Lo ocurrido en China durante los últimos cincuenta años puede resumirse en la incorporación a la clase media de casi cuarenta millones de personas al año -prácticamente una España anual-. O lo que sucedió en España a finales de los noventa y comienzos de los 2000, cuando en poco más de una década se pasó de doce a veinte millones de cotizantes a la Seguridad Social. Todo es demografía.
En el origen de la caída de la natalidad -un cambio estructural cuyas consecuencias apenas empezamos a intuir- confluyen distintas causas. En los países desarrollados, pesan factores como el acceso a la vivienda o la conciliación laboral y familiar. En los países en vías de desarrollo, influyen más elementos culturales.
Existe, sin embargo, una causa que, aunque algunos demógrafos consideran espuria, está generando un intenso debate: la irrupción de los teléfonos inteligentes y su impacto en la socialización. Algunos análisis -como uno publicado recientemente en el Financial Times- muestran de forma muy visual una fuerte correlación entre la expansión de los smartphones y la brusca caída de la natalidad en muchos países. Es indudable que estos dispositivos han transformado radicalmente nuestra forma de relacionarnos. Pero también lo es que la natalidad llevaba descendiendo desde mucho antes, lo que dificulta separar causalidad de simple coincidencia.
Lo que sí está fuera de duda es que la caída de la natalidad supone un riesgo para el crecimiento de la población. No es seguro, como sostiene Elon Musk, que sea el mayor riesgo para la humanidad. Aunque, en su caso, parte de la solución sería imitarle: hasta ahora ha tenido catorce hijos con cuatro mujeres distintas.
La amenaza cuántica
En los próximos años, el desarrollo exponencial del procesamiento asociado a la computación cuántica supondrá un salto tecnológico de enorme magnitud. Básicamente, se trata de un acelerador que reducirá drásticamente los tiempos de cálculo, lo que abre grandes oportunidades, pero también plantea desafíos considerables.
El principal problema es que esta tecnología cuestiona los sistemas de criptografía actuales. De un día para otro, podrían quedar obsoletos los protocolos que protegen desde la información bancaria hasta los historiales médicos. Por ello, desde hace tiempo se trabaja en normativas y soluciones de criptografía poscuántica que permitan salvaguardar la información antes de que estos sistemas sean plenamente operativos.
Uno de los sectores más expuestos es el de las criptomonedas. Los códigos que sustentan estos activos digitales podrían volverse vulnerables. La amenaza ya no es meramente teórica y empieza a percibirse como plausible. Lo que hasta ahora constituía uno de sus principales atractivos -el anonimato y la falta de trazabilidad- podría convertirse en su mayor problema.
Los superordenadores cuánticos, con su enorme capacidad de procesamiento, podrían quebrar los sistemas de encriptación sobre los que se basan las transacciones de criptomonedas. Y es precisamente esa opacidad, clave en su relato de éxito, la que podría volverse en su contra. Los monederos digitales podrían dejar de ser seguros.
Las criptomonedas nunca han sido realmente una divisa ni una reserva de valor. Ahora podrían dejar incluso de ser una forma fiable de pago. Su principal virtud se convierte así en su principal vulnerabilidad en un contexto de supercomputación. La falta de trazabilidad -que algunos consideraban una ventaja- deja de ser una garantía de seguridad. Lo que se construyó como un sistema de pagos alternativo podría encontrar en el propio avance tecnológico el factor que termine cuestionándolo. Al final, quien a hierro mata, a hierro muere.
Y ahora ¿qué?
Todo apunta a que el último acuerdo -o, más bien, memorando de entendimiento- entre Estados Unidos e Irán podría consolidarse. Y, aunque no lo hiciera, probablemente se acabará pareciendo mucho a un acuerdo efectivo. Los mercados, que no entienden de derecho internacional, no se detendrán en valorar si se trata de un éxito o un fracaso político. Como he señalado en otras ocasiones, el mercado es esencialmente pragmático: lo único relevante es si se reabre o no el estrecho de Ormuz y qué impacto tendrá en el precio de las materias primas y, en consecuencia, en la inflación.
Y ese escenario parece cada vez más claro. El tráfico marítimo se normalizará y las consecuencias irán en la línea de lo que ya anticipaba el mercado: caída en los precios del petróleo, del gas y del resto de materias primas; disipación de los temores a un desabastecimiento; y una menor presión sobre los bancos centrales. En los mercados bursátiles, funcionará la lógica habitual: lo que lo ha hecho mal tenderá a recuperarse, y viceversa.
Al margen de las implicaciones geopolíticas -como el impacto sobre Israel o el reforzamiento de la capacidad disuasoria de Irán-, lo relevante desde el punto de vista de los mercados es otro fenómeno: la buena acogida que suelen tener los discursos catastrofistas. Los agoreros suelen ser percibidos como más sensatos o mejor informados, cuando en realidad tienden a equivocarse de forma recurrente. Crisis tras crisis, anticipan el desastre, y aun así mantienen su credibilidad.
Detrás de ello no hay más que un juego emocional: los sesgos con los que el ser humano interpreta la realidad, especialmente en lo relativo al dinero. Quizá la lección que deberíamos haber aprendido en los últimos años -que han sido especialmente intensos- es que el fin del mundo, por definición, solo ocurre una vez. Y la probabilidad de que nos toque vivirlo es, en realidad, baja.
Mientras tanto, convendría reconocer la extraordinaria capacidad de adaptación del ser humano, sobradamente demostrada en episodios recientes. Por eso, la mejor recomendación sigue siendo no dejarnos arrastrar por las emociones, especialmente por el miedo. Y mantener en cuarentena a los profetas del desastre, cuya influencia suele crecer al calor de la incertidumbre colectiva.
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