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  Cultura  Y Morante y Aguado se adelantaron al Papa para recitar la biblia del toreo
Cultura

Y Morante y Aguado se adelantaron al Papa para recitar la biblia del toreo

mayo 31, 2026
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Se adelantó Morante, el llamado Papa del toreo, a León XIV en su cita con las tierras madrileñas. Volvía el de La Puebla a la Comunidad después de arrancarse la coleta el 12 de octubre. Y lo hizo en domingo, día del Señor, del descanso y de la misa, con una faena en la que recitó la biblia de la Tauromaquia después de que Pablo Aguado, memorable, deletrease los pasajes más emotivos y convirtiera Aranjuez en un manicomio. De rabo su faena, la faena de su vida y de muchas vidas, con permiso de aquella de Sevilla. Doscientos treinta y un días habían transcurrido desde la despedida morantista en Las Ventas hasta este reencuentro con Aranjuez. Lo hizo con Jarandillo, un torito muy a modo, un alma de la caridad con una nobleza de convento, al que saludó con sabor a la verónica, pisando el sitio verdadero. Claro que el mérito de José Antonio es que se coloca con la misma pureza con un toro capitalino que con uno de segunda o tercera. Al ralentí toreó desde que descorchó la faena por alto. Suaves nacían los muletazos, que crecieron cuando enseñoreó su izquierda, con tres naturales excelsos, con los vuelos adelante y rematados atrás, aprovechando la clase del 111. No importó que se cayera el acero para la concesión de la oreja. Saboreó la vuelta al ruedo, que duró más que algunas faenas. No valía un alamar el manso, tardo y blando segundo -picado en el caballo que guarda puerta-, con el que Roca Rey había dibujado una bonita y despaciosa media. A la espalda se echó el capote en un lentificado quite por gaoneras. Se desplomó Bobito en el primer muletazo, pero todo lo plantearía luego con despaciosidad el peruano, aunque aquello no transmitiera. Poquísimo toro para tan poderoso torero. De una buena estocada lo envió a otra vida.Noticia relacionada general No No De la sangre brava de Ureña al presunto éxtasis de Ferrera Ángel González AbadBien valió sentarse cuatro horas en una plaza candidata al premio a la más incómoda (Olivenza parecía una sala de cine al lado de Aranjuez) por ver a Pablo Aguado. Inconmensurable. Pisó el sevillano el bicentenario coso desencadenado, poseído por el arte. ¡Qué manera de torear! A ese recital a la verónica que suspendía el tiempo le siguió un quite por chicuelinas pura sevillanía. Perdió pie en un momento de tremendo apuro, pero Aguado, tumbado en la arena, se hizo el quite a sí mismo con una larga para cincelar después a la madre de todas las medias. Arrebujada, sentida, de cartel. Sorprendió cuando pidió los palos -observen sus zapatillas al clavar-, colocados con torería: cómo jugueteó con Ponderoso tras el segundo par, crecido, extasiado. Como todo el graderío. A placer toreó al gran toro de Cuvillo, idílico, con entregado ritmo. Lo gozó y lo gozamos en una faena en la que el pecho se henchía y las gargantas se preñaban de oooles. Del auténtico ooole. Hasta el centro penitenciario llegaban mientras Pablo se desencadenaba, totalmente abandonado. Hasta el alma levitaba. Qué deliciosa maravilla, torero. Silencio de misa cuando se echó de rodillas a dos manos para bordar aquella faena de rabo, colosal de torería y naturalidad de principio a fin, con redondos que paraban hasta las obras de la capital, con naturales que encendían con hondura la llama del futuro, con carísimas trincherillas, con un pase de pecho inacabable que se fundía con el Tajo… La fábula más colosal de Aguado, que mató de una estocada a Ponderoso, premiado con la vuelta al ruedo. Después de aquel delirio colectivo, Morante, bajo los sones de Caridad del Guadalquivir, puso voz y poso al Evangelio del toreo con aquilatada pureza a un Jarandero de divinas hechuras, con una manera de colocar la cara que enamoraba. Sublimó el genio sevillano la torería ante la atenta mirada de Aguado -clavada la barbilla contra las tablas-, que de no estar vestido de torero le hubiese pedido también las orejas. Dos paseó el maestro, al que coreaban «¡Jo-sé-An-to-nio-Mo-ran-te-de-la-Pue-bla!» tras el profundo concierto brindado a la Infanta Elena.Aranjuez Corrida de San Fernando Domingo, 31 de mayo de 2026. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Núñez del Cuvillo, de muy agradables hechuras y de buen y noble juego, con bravo fondo; el 2º fue el más deslucido. Morante de la Puebla, de azul pavo y oro: estocada caída (oreja); estocada (dos orejas). Roca Rey, de habano y oro: estocada (silencio); estocada defectuosa y dos descabellos (petición y saludos). Pablo Aguado, de sangre de toro y azabache, con el chaleco en oro: estocada (dos orejas y rabo); estocada (silencio).Después de la memorable tarde de sus compañeros, Roca Rey buscó defender su condición de máxima figura desde que se postró de rodillas a la verónica. Toreando de verdad, con una media fabulosa. Y otra más en el quite. Prometía Encendido, de tan famosa reata. De hinojos se echó de nuevo en el inicio de faena, pero la tarde ya había empezado a leerse por otro palo. No cuajó lo suficiente la petición y saludó. Indecente la presencia del sexto dentro de un conjunto de agradables hechuras y notabilísimo juego. Pronto se acallaron las protestas: a esas alturas de la película ya estaba todo el pescado vendido. Y el gentío que abarrotaba los tendidos se marchó feliz mientras Morante y Aguado ascendían a los cielos en volandas. Se adelantó Morante, el llamado Papa del toreo, a León XIV en su cita con las tierras madrileñas. Volvía el de La Puebla a la Comunidad después de arrancarse la coleta el 12 de octubre. Y lo hizo en domingo, día del Señor, del descanso y de la misa, con una faena en la que recitó la biblia de la Tauromaquia después de que Pablo Aguado, memorable, deletrease los pasajes más emotivos y convirtiera Aranjuez en un manicomio. De rabo su faena, la faena de su vida y de muchas vidas, con permiso de aquella de Sevilla. Doscientos treinta y un días habían transcurrido desde la despedida morantista en Las Ventas hasta este reencuentro con Aranjuez. Lo hizo con Jarandillo, un torito muy a modo, un alma de la caridad con una nobleza de convento, al que saludó con sabor a la verónica, pisando el sitio verdadero. Claro que el mérito de José Antonio es que se coloca con la misma pureza con un toro capitalino que con uno de segunda o tercera. Al ralentí toreó desde que descorchó la faena por alto. Suaves nacían los muletazos, que crecieron cuando enseñoreó su izquierda, con tres naturales excelsos, con los vuelos adelante y rematados atrás, aprovechando la clase del 111. No importó que se cayera el acero para la concesión de la oreja. Saboreó la vuelta al ruedo, que duró más que algunas faenas. No valía un alamar el manso, tardo y blando segundo -picado en el caballo que guarda puerta-, con el que Roca Rey había dibujado una bonita y despaciosa media. A la espalda se echó el capote en un lentificado quite por gaoneras. Se desplomó Bobito en el primer muletazo, pero todo lo plantearía luego con despaciosidad el peruano, aunque aquello no transmitiera. Poquísimo toro para tan poderoso torero. De una buena estocada lo envió a otra vida.Noticia relacionada general No No De la sangre brava de Ureña al presunto éxtasis de Ferrera Ángel González AbadBien valió sentarse cuatro horas en una plaza candidata al premio a la más incómoda (Olivenza parecía una sala de cine al lado de Aranjuez) por ver a Pablo Aguado. Inconmensurable. Pisó el sevillano el bicentenario coso desencadenado, poseído por el arte. ¡Qué manera de torear! A ese recital a la verónica que suspendía el tiempo le siguió un quite por chicuelinas pura sevillanía. Perdió pie en un momento de tremendo apuro, pero Aguado, tumbado en la arena, se hizo el quite a sí mismo con una larga para cincelar después a la madre de todas las medias. Arrebujada, sentida, de cartel. Sorprendió cuando pidió los palos -observen sus zapatillas al clavar-, colocados con torería: cómo jugueteó con Ponderoso tras el segundo par, crecido, extasiado. Como todo el graderío. A placer toreó al gran toro de Cuvillo, idílico, con entregado ritmo. Lo gozó y lo gozamos en una faena en la que el pecho se henchía y las gargantas se preñaban de oooles. Del auténtico ooole. Hasta el centro penitenciario llegaban mientras Pablo se desencadenaba, totalmente abandonado. Hasta el alma levitaba. Qué deliciosa maravilla, torero. Silencio de misa cuando se echó de rodillas a dos manos para bordar aquella faena de rabo, colosal de torería y naturalidad de principio a fin, con redondos que paraban hasta las obras de la capital, con naturales que encendían con hondura la llama del futuro, con carísimas trincherillas, con un pase de pecho inacabable que se fundía con el Tajo… La fábula más colosal de Aguado, que mató de una estocada a Ponderoso, premiado con la vuelta al ruedo. Después de aquel delirio colectivo, Morante, bajo los sones de Caridad del Guadalquivir, puso voz y poso al Evangelio del toreo con aquilatada pureza a un Jarandero de divinas hechuras, con una manera de colocar la cara que enamoraba. Sublimó el genio sevillano la torería ante la atenta mirada de Aguado -clavada la barbilla contra las tablas-, que de no estar vestido de torero le hubiese pedido también las orejas. Dos paseó el maestro, al que coreaban «¡Jo-sé-An-to-nio-Mo-ran-te-de-la-Pue-bla!» tras el profundo concierto brindado a la Infanta Elena.Aranjuez Corrida de San Fernando Domingo, 31 de mayo de 2026. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Núñez del Cuvillo, de muy agradables hechuras y de buen y noble juego, con bravo fondo; el 2º fue el más deslucido. Morante de la Puebla, de azul pavo y oro: estocada caída (oreja); estocada (dos orejas). Roca Rey, de habano y oro: estocada (silencio); estocada defectuosa y dos descabellos (petición y saludos). Pablo Aguado, de sangre de toro y azabache, con el chaleco en oro: estocada (dos orejas y rabo); estocada (silencio).Después de la memorable tarde de sus compañeros, Roca Rey buscó defender su condición de máxima figura desde que se postró de rodillas a la verónica. Toreando de verdad, con una media fabulosa. Y otra más en el quite. Prometía Encendido, de tan famosa reata. De hinojos se echó de nuevo en el inicio de faena, pero la tarde ya había empezado a leerse por otro palo. No cuajó lo suficiente la petición y saludó. Indecente la presencia del sexto dentro de un conjunto de agradables hechuras y notabilísimo juego. Pronto se acallaron las protestas: a esas alturas de la película ya estaba todo el pescado vendido. Y el gentío que abarrotaba los tendidos se marchó feliz mientras Morante y Aguado ascendían a los cielos en volandas.  

Se adelantó Morante, el llamado Papa del toreo, a León XIV en su cita con las tierras madrileñas. Volvía Morante de la Puebla a la Comunidad después de haber arrancado la coleta el 12 de octubre en Las Ventas. Doscientos treinta y un días habían … transcurrido. Aranjuez fue testigo de su rencuentro. Lo hizo con Jarandillo, que en nada se parecía, lógicamente, al de su despedida venteña. Un torito muy a modo, un alma de la caridad con una nobleza de convento, al que saludó con torero sabor a la verónica. Claro que el mérito de José Antonio es que se coloca con la misma pureza con un toro capitalino que con uno de segunda o tercera. Al ralentí toreó desde que descorchó la faena por alto. Suaves nacían los muletazos, que crecieron cuando enseñoreó su izquierda, con tres naturales extraordinarios, con los vuelos adelante y rematados atrás, aprovechando la humillada embestida del 111. Un afarolado y la zocata a pies juntos antes de la estocada. No importó que se cayera para la concesión de la oreja por la naturalidad de su obra. Saboreó la vuelta al ruedo, que duró más que algunas faenas.

No valía un alamar el manso, tardo y blando segundo, con el que Roca Rey había dibunado una bonita y despaciosa media. Tuvo que ser picado en el caballo que guarda puerta entre cierto desorden. A la espalda se echó el capote el peruano en un lentificado quite por gaoneras. Se desplomó Bobito en el primer muletazo, pero todo lo plantearía luego con despaciosidad, aunque aquello no dijera nada. Muy poco toro para tan poderoso torero. De una buena estocada lo envió a otra vida.

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Bien valió sentarse en la plaza más incómoda de España (Olivenza es una sala de cine al lado de Aranjuez) por ver a Pablo Aguado. Inconmensurable. Pisó el sevillano el bicenteniaro desencadenado, poseído por el arte del torero. ¡Qué manera de torear! A ese recital a la verónica que suspendía el tiempo le siguió un quite por chicuelinas pura sevillanía. Perdió pie en un momento de tremendo apuro, pero Aguado, tumbado en la arena, se hizo el quite a sí mismo con una larga para cincelar después a la madre de todas las medias. Arrebujada, sentida, deletreada. Sorprendió cuando pidió los palos, clavados con torería, aunque en el par al quiebro cayese uno. Cómo jugueteó con Ponderoso, un gran toro de Cuvillo, ideal para su concepto. A placer lo toreó. Lo gozó y lo gozamos en una faena en la que el pechó se henchía y las gargantas se preñaba de oooles. Del auténtico ooole. Qué maravilla, torero. Que deliciosa maravilla. Silencio de misa cuando se echó de rodillas a dos manos para bordar una faena de rabo, colosal de torería y naturalidad de principio a fin. Y de máximos trofeos fue con un toro de Cuvillo premiado con la vuelta al ruedo.

Después de aquel delirio colectivo, Morante de la Puebla, bajo los sones de Caridad del Guadalquivir, puso voz a la Biblia de la tauromaquia con una obra de grandiosa pureza a un Jarandero de divinas hechuras, con una manera de colocar la cara que enamoraba. Sublimó el genio sevillano la torería ante la atenta mirada de Aguado -clavada la barbilla contra las tablas-, que de no estar vestido de torero le hubiese pedido también las orejas. Dos paseó el maestro, al que coreaba ¡Jo-sé-An-to-nio-Mo-ran-te-de-la-Pue-bla!

Aranjuez

  • Corrida de San Fernando

    Domingo, 31 de mayo de 2026. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Núñez del Cuvillo,

    • Morante de la Puebla,
      de azul pavo y oro: estocada caída (oreja); estocada (dos orejas).

    • Roca Rey,
      de habano y oro: estocada (silencio); estocada

    • Pablo Aguado,
      de sangre de toro y azabache, con el chaleco en oro: estocada (dos orejas y rabo);

Después de las memorables faenas de sus compañeros, Roca Rey defendió su condición de máxima figura desde que se postró de rodillas a la verónica. Toreando de verdad, con una media fabulosa. Y otra más en el quite, andando con torería. Prometía encendido, de tan famosa reata.

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