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  Cultura  ‘Los Estunmen’: una montaña rusa con firma de Albet, Borràs y Velázquez
Cultura

‘Los Estunmen’: una montaña rusa con firma de Albet, Borràs y Velázquez

junio 3, 2026
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Crítica de ópera ‘Los estunmen’ *** Música y dirección musical Fernando Velázquez Libreto y dirección Nao Albet y Marcel Borràs Escenografía Max Glaenzel Vestuario Sílvia Delagneau Iluminación Andreu Fàbregas Efectos especiales In Extremis Intérpretes Óscar Dorta, Carlos Robles, Óscar Pérez, Nao Albet, Marcel Borràs, Núria Lloansi, Marc Padró, Mael Borràs-Clotet, Cadmi Albet-Tamarit, Sandra Ferrández, Gabriel Díaz, Vicenç Esteve, José Ansaldi, Josep Ferrer, Julián Villagrán (voz en off), Joven Orquesta Nacional de España (Jonde) Especialistas Daniel Domínguez, Andreu Kreutzer, Ander Muñoz, Adrià Rosell, Pablo Sacristán, Emiliano Sosa, Nativo Suárez y Yeray VesgaLlega a Madrid la primera incursión operística de Nao Albet y Marcel Borràs que, según su propia definición, son actores, dramaturgos, directores, diseñadores escénicos, de sonido, de iluminación, de vestuario y asesores de artes marciales. Animales de la escena y referentes del teatro actual más gamberro y metateatral. ‘Los Estunmen’ incorpora una partitura de Fernando Velázquez, cuya fama popular corre en paralelo al cine. Se estrenó el 15 de abril de 2026 en la sala Fabià Puigserver del Teatre Lliure de Montjuïc. Se instala ahora en los madrileños Teatros del Canal, del 2 al 14 de junio, como parte de la coproducción participada por el Teatro del Liceu y el Teatro Real. El título de la obra es la transcripción fonética y castellanizada de ‘stuntmen’, es decir, los dobles de acción del cine: un grupo de actores que es parte esencial de la industria a pesar de estar obligados a permanecer en un segundo plano tras haber rodado por las escaleras, soportar golpes, sentir el fogonazo de las armas, saltar desde alturas imposibles y arder como cerillas. De todo ello hay en esta particular construcción teatral que Nao Albet y Marcel Borràs presentan como homenaje velado (o no tanto, a tenor de lo que se ve y se cuenta) a estos intérpretes, que asumen el centro de la acción como personificación del héroe contemporáneo. Albet y Borràs han afinado mucho al plantear esta analogía, que se sustancia espacialmente en el trabajo escenográfico de Max Glaenzel, a medio camino entre un plató de rodaje y un escenario aún en obras, y con el que los autores vuelven a cruzar la línea entre lo real y lo ficticio, la verdad y la mentira, lo posible y lo inviable. En ‘Los Estunmen’, la frontera entre contrarios es tan difusa como su propio cartel anunciador ‘tratado’ (¿hecho?) con IA. Que luego, a lo largo de la representación, se señale que todo consiste en ‘explicar sin artificio la tragedia de Evangelina’ es una conjetura imposible. Una mera aproximación. Porque, se vea desde un lado o se observe desde el otro, el engaño es parte esencial de ‘Los Estunmen’.La trama es sencilla y atroz: Evangelina y Claus sufren la desgracia de tener un hijo que perpetra una matanza colectiva; ella decide buscar razones y venganza. En el camino, una galería de héroes le aporta distintas claves y, mientras la sed de sangre la consume, se masculiniza hasta transformarse en un héroe musculoso y barbudo. Los autores hablan de algo testosterónico, en deconstrucción y reflexivo. Para ello, ‘Los Estunmen’ se presenta como ‘ópera contemporánea’, lo que quiere decir que se canta a veces, se recita en muchas otras ocasiones y se coreografía casi de continuo en un movimiento escénico imparable, al que se asocia el trabajo de los especialistas. Que se trate de una ópera o de un mero artefacto escénico queda en un lugar secundario a tenor de la falta de normalización que vive un género sometido a hibridaciones imprevisibles; que se la llame contemporánea es, simplemente, una obviedad. Lo inmediato es que ‘Los Estunmen’ es un formidable pastiche musical. Conocido sobre todo por sus bandas sonoras, Fernando Velázquez demuestra aquí su capacidad para la invención, con una partitura repleta de sutilezas, y para la interpretación, a tenor del cuidado con el que dirige a la Joven Orquesta Nacional de España. Su música añade ecos cinematográficos (por supuesto), wagnerianos, puccinianos, barrocos, en este caso centrados en un aria para contratenor que tiene mucho de caricatura y que, por eso, se asocia al olímpico salto que hace un especialista. Sin renunciar a la dimensión incidental, la música de Velázquez se fusiona con la obra en una mezcla paródica que incorpora un buen número de gags, como en el aria de las armas de fogueo que se convierten en instrumentos de percusión. Todo en ‘Los Estunmen’ es difícil de etiquetar. Los propios cantantes tienen su álter ego en actores que imitan al personaje. La amplificación de la voz adquiere un carácter irreverente frente a la tradición más culta. De ahí que lo vocal tenga un desarrollo irregular. La mezzosoprano Sandra Ferrández canta con oficio y el tenor Vicenç Esteve tropieza con su parte. El contratenor Gabriel Díaz resuelve la suya con voluntad. Tiene mucho peso la interpretación que la actriz Núria Lloansi hace de la Evangelina dramática. Humor, ironía, guiños metateatrales, personajes que se duplican y una escena que rompe la cuarta pared. La abundancia no sale gratis: ‘Los Estunmen’ maneja muchas referencias y no todas son comprensibles lo que significa que una buena parte de la obra se queda en la superficie: la palabrería se alarga con el mismo desparpajo con que lo hace el rapero, la borrachera verbal penetra en lo hueco y la sensación de confusión pone el potente trabajo escénico contra las cuerdas. También en ‘Los Estunmen’ se sugiere que el arte debería estar libre de tutela moral, pero no es más que un eslogan ante un proyecto que no deja de predicar mientras proclama su independencia. El estreno de anoche en Madrid se recibió con un entusiasmo desbordante. Comenzó entre risas durante la presentación, se sumió en la desolación al contemplar la matanza y, como una montaña rusa, acabó en alto viendo a un especialista devorado por las llamas. Para entender el éxito hay que aceptar que semejante procedimiento, de naturaleza asimismo circense, manda sobre un fondo demasiado aparente. Crítica de ópera ‘Los estunmen’ *** Música y dirección musical Fernando Velázquez Libreto y dirección Nao Albet y Marcel Borràs Escenografía Max Glaenzel Vestuario Sílvia Delagneau Iluminación Andreu Fàbregas Efectos especiales In Extremis Intérpretes Óscar Dorta, Carlos Robles, Óscar Pérez, Nao Albet, Marcel Borràs, Núria Lloansi, Marc Padró, Mael Borràs-Clotet, Cadmi Albet-Tamarit, Sandra Ferrández, Gabriel Díaz, Vicenç Esteve, José Ansaldi, Josep Ferrer, Julián Villagrán (voz en off), Joven Orquesta Nacional de España (Jonde) Especialistas Daniel Domínguez, Andreu Kreutzer, Ander Muñoz, Adrià Rosell, Pablo Sacristán, Emiliano Sosa, Nativo Suárez y Yeray VesgaLlega a Madrid la primera incursión operística de Nao Albet y Marcel Borràs que, según su propia definición, son actores, dramaturgos, directores, diseñadores escénicos, de sonido, de iluminación, de vestuario y asesores de artes marciales. Animales de la escena y referentes del teatro actual más gamberro y metateatral. ‘Los Estunmen’ incorpora una partitura de Fernando Velázquez, cuya fama popular corre en paralelo al cine. Se estrenó el 15 de abril de 2026 en la sala Fabià Puigserver del Teatre Lliure de Montjuïc. Se instala ahora en los madrileños Teatros del Canal, del 2 al 14 de junio, como parte de la coproducción participada por el Teatro del Liceu y el Teatro Real. El título de la obra es la transcripción fonética y castellanizada de ‘stuntmen’, es decir, los dobles de acción del cine: un grupo de actores que es parte esencial de la industria a pesar de estar obligados a permanecer en un segundo plano tras haber rodado por las escaleras, soportar golpes, sentir el fogonazo de las armas, saltar desde alturas imposibles y arder como cerillas. De todo ello hay en esta particular construcción teatral que Nao Albet y Marcel Borràs presentan como homenaje velado (o no tanto, a tenor de lo que se ve y se cuenta) a estos intérpretes, que asumen el centro de la acción como personificación del héroe contemporáneo. Albet y Borràs han afinado mucho al plantear esta analogía, que se sustancia espacialmente en el trabajo escenográfico de Max Glaenzel, a medio camino entre un plató de rodaje y un escenario aún en obras, y con el que los autores vuelven a cruzar la línea entre lo real y lo ficticio, la verdad y la mentira, lo posible y lo inviable. En ‘Los Estunmen’, la frontera entre contrarios es tan difusa como su propio cartel anunciador ‘tratado’ (¿hecho?) con IA. Que luego, a lo largo de la representación, se señale que todo consiste en ‘explicar sin artificio la tragedia de Evangelina’ es una conjetura imposible. Una mera aproximación. Porque, se vea desde un lado o se observe desde el otro, el engaño es parte esencial de ‘Los Estunmen’.La trama es sencilla y atroz: Evangelina y Claus sufren la desgracia de tener un hijo que perpetra una matanza colectiva; ella decide buscar razones y venganza. En el camino, una galería de héroes le aporta distintas claves y, mientras la sed de sangre la consume, se masculiniza hasta transformarse en un héroe musculoso y barbudo. Los autores hablan de algo testosterónico, en deconstrucción y reflexivo. Para ello, ‘Los Estunmen’ se presenta como ‘ópera contemporánea’, lo que quiere decir que se canta a veces, se recita en muchas otras ocasiones y se coreografía casi de continuo en un movimiento escénico imparable, al que se asocia el trabajo de los especialistas. Que se trate de una ópera o de un mero artefacto escénico queda en un lugar secundario a tenor de la falta de normalización que vive un género sometido a hibridaciones imprevisibles; que se la llame contemporánea es, simplemente, una obviedad. Lo inmediato es que ‘Los Estunmen’ es un formidable pastiche musical. Conocido sobre todo por sus bandas sonoras, Fernando Velázquez demuestra aquí su capacidad para la invención, con una partitura repleta de sutilezas, y para la interpretación, a tenor del cuidado con el que dirige a la Joven Orquesta Nacional de España. Su música añade ecos cinematográficos (por supuesto), wagnerianos, puccinianos, barrocos, en este caso centrados en un aria para contratenor que tiene mucho de caricatura y que, por eso, se asocia al olímpico salto que hace un especialista. Sin renunciar a la dimensión incidental, la música de Velázquez se fusiona con la obra en una mezcla paródica que incorpora un buen número de gags, como en el aria de las armas de fogueo que se convierten en instrumentos de percusión. Todo en ‘Los Estunmen’ es difícil de etiquetar. Los propios cantantes tienen su álter ego en actores que imitan al personaje. La amplificación de la voz adquiere un carácter irreverente frente a la tradición más culta. De ahí que lo vocal tenga un desarrollo irregular. La mezzosoprano Sandra Ferrández canta con oficio y el tenor Vicenç Esteve tropieza con su parte. El contratenor Gabriel Díaz resuelve la suya con voluntad. Tiene mucho peso la interpretación que la actriz Núria Lloansi hace de la Evangelina dramática. Humor, ironía, guiños metateatrales, personajes que se duplican y una escena que rompe la cuarta pared. La abundancia no sale gratis: ‘Los Estunmen’ maneja muchas referencias y no todas son comprensibles lo que significa que una buena parte de la obra se queda en la superficie: la palabrería se alarga con el mismo desparpajo con que lo hace el rapero, la borrachera verbal penetra en lo hueco y la sensación de confusión pone el potente trabajo escénico contra las cuerdas. También en ‘Los Estunmen’ se sugiere que el arte debería estar libre de tutela moral, pero no es más que un eslogan ante un proyecto que no deja de predicar mientras proclama su independencia. El estreno de anoche en Madrid se recibió con un entusiasmo desbordante. Comenzó entre risas durante la presentación, se sumió en la desolación al contemplar la matanza y, como una montaña rusa, acabó en alto viendo a un especialista devorado por las llamas. Para entender el éxito hay que aceptar que semejante procedimiento, de naturaleza asimismo circense, manda sobre un fondo demasiado aparente.  

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El título de la obra es la transcripción fonética y castellanizada de ‘stuntmen’, es decir, los dobles de acción del cine: un grupo de actores que es parte esencial de la industria a pesar de estar obligados a permanecer en un segundo plano tras haber rodado por las escaleras, soportar golpes, sentir el fogonazo de las armas, saltar desde alturas imposibles y arder como cerillas. De todo ello hay en esta particular construcción teatral que Nao Albet y Marcel Borràs presentan como homenaje velado (o no tanto, a tenor de lo que se ve y se cuenta) a estos intérpretes, que asumen el centro de la acción como personificación del héroe contemporáneo. Albet y Borràs han afinado mucho al plantear esta analogía, que se sustancia espacialmente en el trabajo escenográfico de Max Glaenzel, a medio camino entre un plató de rodaje y un escenario aún en obras, y con el que los autores vuelven a cruzar la línea entre lo real y lo ficticio, la verdad y la mentira, lo posible y lo inviable. En ‘Los Estunmen’, la frontera entre contrarios es tan difusa como su propio cartel anunciador ‘tratado’ (¿hecho?) con IA. Que luego, a lo largo de la representación, se señale que todo consiste en ‘explicar sin artificio la tragedia de Evangelina’ es una conjetura imposible. Una mera aproximación. Porque, se vea desde un lado o se observe desde el otro, el engaño es parte esencial de ‘Los Estunmen’.

La trama es sencilla y atroz: Evangelina y Claus sufren la desgracia de tener un hijo que perpetra una matanza colectiva; ella decide buscar razones y venganza. En el camino, una galería de héroes le aporta distintas claves y, mientras la sed de sangre la consume, se masculiniza hasta transformarse en un héroe musculoso y barbudo. Los autores hablan de algo testosterónico, en deconstrucción y reflexivo. Para ello, ‘Los Estunmen’ se presenta como ‘ópera contemporánea’, lo que quiere decir que se canta a veces, se recita en muchas otras ocasiones y se coreografía casi de continuo en un movimiento escénico imparable, al que se asocia el trabajo de los especialistas. Que se trate de una ópera o de un mero artefacto escénico queda en un lugar secundario a tenor de la falta de normalización que vive un género sometido a hibridaciones imprevisibles; que se la llame contemporánea es, simplemente, una obviedad.

Lo inmediato es que ‘Los Estunmen’ es un formidable pastiche musical. Conocido sobre todo por sus bandas sonoras, Fernando Velázquez demuestra aquí su capacidad para la invención, con una partitura repleta de sutilezas, y para la interpretación, a tenor del cuidado con el que dirige a la Joven Orquesta Nacional de España. Su música añade ecos cinematográficos (por supuesto), wagnerianos, puccinianos, barrocos, en este caso centrados en un aria para contratenor que tiene mucho de caricatura y que, por eso, se asocia al olímpico salto que hace un especialista. Sin renunciar a la dimensión incidental, la música de Velázquez se fusiona con la obra en una mezcla paródica que incorpora un buen número de gags, como en el aria de las armas de fogueo que se convierten en instrumentos de percusión. Todo en ‘Los Estunmen’ es difícil de etiquetar. Los propios cantantes tienen su álter ego en actores que imitan al personaje. La amplificación de la voz adquiere un carácter irreverente frente a la tradición más culta.

De ahí que lo vocal tenga un desarrollo irregular. La mezzosoprano Sandra Ferrández canta con oficio y el tenor Vicenç Esteve tropieza con su parte. El contratenor Gabriel Díaz resuelve la suya con voluntad. Tiene mucho peso la interpretación que la actriz Núria Lloansi hace de la Evangelina dramática. Humor, ironía, guiños metateatrales, personajes que se duplican y una escena que rompe la cuarta pared. La abundancia no sale gratis: ‘Los Estunmen’ maneja muchas referencias y no todas son comprensibles lo que significa que una buena parte de la obra se queda en la superficie: la palabrería se alarga con el mismo desparpajo con que lo hace el rapero, la borrachera verbal penetra en lo hueco y la sensación de confusión pone el potente trabajo escénico contra las cuerdas. También en ‘Los Estunmen’ se sugiere que el arte debería estar libre de tutela moral, pero no es más que un eslogan ante un proyecto que no deja de predicar mientras proclama su independencia. El estreno de anoche en Madrid se recibió con un entusiasmo desbordante. Comenzó entre risas durante la presentación, se sumió en la desolación al contemplar la matanza y, como una montaña rusa, acabó en alto viendo a un especialista devorado por las llamas. Para entender el éxito hay que aceptar que semejante procedimiento, de naturaleza asimismo circense, manda sobre un fondo demasiado aparente.

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